Sobre el Taller Literario "Punto Seguido"

Este Taller Literario es coordinado por la escritora Leticia Marconi y tiene lugar en Punta Alta, Prov. de Buenos Aires, Argentina.

sábado, 11 de abril de 2020

Tercera consigna en cuarentena

#yomequedoencasa
Lenguaje universal

Lo descubrió una tarde de domingo al caminar por el parque. Una suave y melancólica melodía guio sus pasos hasta donde se encontraba él, junto a un banco de madera de varillas blancas. Un grupo de personas lo escuchaban, respetuosas, mientras arrancaba dulces notas de su violín. Al terminar, colocaban dinero dentro del estuche del instrumento, enfrente del artista. Era un fresco atardecer de verano.
A partir de ese día, cada domingo se dirigió a ese mágico lugar. Las ejecuciones eran variadas: a veces tristes, otras alegres, la mayoría soñadoras. Y ella, allí; le gustaba escucharlo. Le parecía como una caricia, una conversación sin palabras entre ambos, sólo con el lenguaje de la música y el corazón.
Pasaron las semanas y llegó el otoño. Como siempre, se encaminó hacia "su" rincón preferido, en un recodo del camino, rodeado por frondosos árboles que perdían poco a poco sus hojas. No encontró al violinista, ni a la gente. Tampoco había música. Eso la desorientó y la confundió. ¿Qué había pasado? El violín apoyado sobre el banco, mudo. Sólo el tibio sol entre las ramas casi desnudas y el canto de algún pájaro.
De pronto, tras un árbol, apareció él: una flor en la mano, una sonrisa en los labios y el amor en los ojos. Le indicó sentarse en su banco, que a partir de ese momento sería de los dos. Y del violín, empezaron a surgir sones de amor. Sólo para ella. (Liliana)

La esencia del abuelo

Salvador es un apasionado de las Bellas Artes. Algunos amigos lo llaman Dalí, otros Quinque por su lugar de nacimiento.
Su padre, el último de una larga estirpe de pescadores, jamás volvió después de una tormenta recordada por su crueldad.
La madre lo crio y educó con su trabajo de diseñadora de vestidos para novias. En lo suyo, una artista.
Él llevó el arte de su mamá a un nivel más elevado. Se dedica a pintar cuadros personalizados. Los clientes le comentan sus deseos, recuerdos, sueños y los plasma en la tela.
El hijo de su novia le pidió una pintura muy especial para homenajear a su abuelo. Le contó que suelen ir al Parque de la Música. Sentados en un banco de madera, el nono hace sonar las cuerdas de su violín con melodías que acompañan los relatos de su pueblo natal.
Entre pinceladas y anécdotas, surgió un atardecer apacible con el encanto que solo la naturaleza puede prodigar. Una imagen serena, de luminosos claroscuros. El jovencito quedó satisfecho. Es un reflejo de la esencia del abuelo. Los árboles, el banco, el violín… casi puede escuchar su voz suave, armoniosa, siguiendo la cadencia de la música.
Corre con el cuadro bajo el brazo. Quiere llegar a tiempo para ayudar al nono a soplar las velitas, que no son pocas. (Alcira)


A la hora justa

Hace rato que espera. No sabe si volver a llamar, si regresar a casa, si seguir aguardando…
Se citaron a las 18, una hora antes de que caiga el sol. Acordaron que 18:30 sería el horario ideal, con la luz indicada para hacer las fotografías.
Esta mañana, estuvieron los empleados municipales limpiando las hojas caídas. Ella llegó a las 17, a repasar el barrido, a elegir el mejor lugar para el violín y a esperarlo.
Todo está impecable, de acuerdo como lo habían planeado. Es la primera vez que él se demora a una cita, hace más de 10 años que ella es su fotógrafa. Varias tomas, una delicada selección de las imágenes y elegir dónde va impreso el nombre de él, se conocían bien y disfrutaban trabajar juntos, las ideas fluían rápido y siempre resultaban exitosas.
18:30 en punto. Las campanadas breves de la iglesia se confunden con el ruido de los autos y las sirenas que se escuchan a lo lejos. Los nervios no le permiten reparar en eso. Decide llamarlo. Si no llega pronto, deberán suspender la tarea, ¡con todo el esfuerzo que hicieron para organizarla! No responde, nunca nadie más volvería a responder a ese número.
18:40 lentamente comienza a guardar el violín en su estuche. No volverá a salir de allí en mucho tiempo, pero ella aun no lo sabe.
Justo un año después, logra tomar la fotografía para la tapa de la producción. El escenario es casi el mismo: árboles de otoño en un atardecer soleado. Esta vez no habrá que elegir en qué lugar imprimir el nombre. Se lee en la lápida que reemplaza al banco. (Fabiana)


Plaza

La brisa encanta con su música y el asiento vacío llora la espera de quien no vendrá. El mortecino rayo de sol penetra el ámbar del follaje intentado iluminar el lugar.
Solía sentarse allí todas las tardes de los miércoles y desgranaba notas en fa, en re, en sol y algunos bemoles. A veces, fluían corcheas y silencios angustiantes en medio de una fusa y semifusa.
Ya no vendrá; quién sabe cuándo lo hará. En la radio, primero, y después en la televisión escuchó el anuncio: ¡Quedate en casa!
Ahora el viento ulula melodías tristes, vacías. (Gerónimo) 


Alucinando

Tantos días de encierro me hacen alucinar.  Estoy merendando y desde la ventana de mi cocina miro hacia la plaza de enfrente, como siempre.
¡No! ¿Qué hace un violín apoyado en el banco? Estoy tomando café no whisky. Y los que vienen a la plaza, de violines, nada. Cumbia, bachata, algo de folklore puede ser, pero  sin violines.
En ese banco, el día de la siembra dejé un libro pero no era de música. En el secundario la profe nos hacía solfear: doooo, reeee, sin embargo mucho no aprendí. Me gusta cantar sin pentagramas delante. Total, no me importa ser famosa.
¿Qué hace ahí un violín? Los pájaros no lo necesitan, ellos tienen sus propios instrumentos. Los perros que usan la plaza como baño, no cantan. ¡Y en cuarentena!
Están pasando cosas raras. Un bicho chiquito que puede con un mundo grande. La gente que había empezado a entender que caminar es saludable, ahora no debe caminar. El amor al prójimo que tanto nos inculcaron, debe ser a distancia. Los que tenemos algunos años aprendimos con Roberto Galán que “hay que besarse más” y ahora no nos dejan. Hasta el mate debemos tomar solos, nada de compartir la bombilla.
Una de las veces que fui a la podóloga, me regalo un frasquito de alcohol en gel. Me dijo: “lleválo en el auto, nunca sabés cuándo podés necesitarlo”. Una visionaria la podóloga.
El baño de casa nunca estuvo tan limpio ni mis manos tan contentas por tanto lavado, el problema es que ya estoy como Juan y Juan y ahora canto: “Qué lindo el olor a lavandina /a lavandina, a lavandina/ qué lindo el olor a lavandina/ a lavandina, que siento yo.
Olor a lavandina me despierta/ también me duerme, también me duerme/ qué lindo el olor a lavandina/ a veces mezclo con a jabón.” Ellos le cantaban en Mar del Plata; yo, en Punta Alta.
¡¿Qué hace un violín en la plaza?! (Adela)


Paseo

Me he cansado de caminar bajo esta persistente llovizna y busco refugio. Entro en una biblioteca. Hay una exposición de fotografías, el escaso público circula observándolas. Me sumo a ellos mientras espero que el clima mejore.
Recorro el lugar, realmente hay muy buenos trabajos. Uno en especial atrae mi atención. Es la foto de un parque en medio del bosque.
Es frondoso, el sol del atardecer tiñe los árboles de una múltiple gama de marrones, desde el dorado hasta el ocre; los árboles, rectos como vigilantes centinelas, rodean un banco de plaza. La luz solar se filtra entre las ramas concentrándose en el violín apoyado en el asiento, igual que la iluminación en un escenario.
Me concentro en la naturaleza, imagino la brisa enfriándose a medida de que el sol se retira. El aroma a otoño, las aves silenciándose de a poco, a medida de que la oscuridad gana terreno.
Miro el banco con el violín apoyado, la presencia humana. El músico se acaba de retirar; quizá estuvo tocando su instrumento en medio de la soledad. ¿Por qué lo dejó ahí? ¿Lo tentó el bosque con su paz?
Trato de imaginar qué melodías habrá invocado en esas cuerdas ahora mudas: algo romántico, tal vez, recordando un amor pasado; o quizás pretendió recrear los sonidos del bosque en un intento por acercarse a lo divino.
Como fotógrafa aficionada no puedo evitar sentir un poco de envidia ante esta imagen perfecta, que invita al espectador a sumergirse en ella. Suspiro… ¡Ay! Cómo deseo caminar por esos senderos… Pero están avisando que es la hora de cierre y me dirijo hacia un paisaje muy diferente.
El gris plomizo de la lluvia fue sustituido por la oscuridad nocturna; el cemento húmedo está iluminado por los carteles publicitarios y yo camino por veredas mojadas cuyas baldosas tienden barrosas trampas a mis zapatos.(Alicia)




sábado, 4 de abril de 2020

Segunda consigna en cuarentena


El baúl que guarda el tesoro


Desde la pequeña ventana de mi rincón preferido veo el patio de mi casa. Conozco de memoria cada centímetro de ese espacio, sé todo lo que hay y cómo llegó hasta allí. Desde la grande, veo la calle, que es como una proyección del futuro: no sé qué es lo que voy a encontrar, ni cómo llegó, ni quien lo puso. En el medio de ambos está mi lugarcito que siempre huele a lavandas o a jazmines; a veces crecen naturales en una pequeña maceta. Si no es época, emana de la esencia con que mojo la lámpara de sal. Creo que esos aromas dan calidez al ambiente y tranquilizan mi alma.
Depende la estación del año, abrazan mi cuerpo varias horas durante el día la mecedora con almohadones de textura suave frente al hogar con leños, o la hamaca paraguaya muy cerquita del aire acondicionado.
En la notebook suelen acompañarme: Joaquín Sabina, Charly García, Ricardo Arjona, los clásicos lentos en inglés, el recién descubierto Pepino Gagliardi, o a quien mis oídos tengan ganas de recibir, casi siempre voces masculinas. Y desde el fondo, el agua que cae de la cascada artificial.
Sobre la mesita del rincón siempre hay algo para comer y beber: queso, jugos de futa y café durante el día; chocolate, vino y café durante la noche. Mi matrimonio con el café es muy conocido, somos una pareja firme y fiel.
Las paredes blancas están casi desnudas, un espejo grande con marco de hierro y una biblioteca mediana desbordante de libros y cuadernos, son la única vestimenta. Me gusta la simplicidad del lugar, me invita a permanecer y crear; con adornos sentiría que ya todo está listo y no hay mucho más para aportar. No hay reloj, la notebook suele dar una idea de la hora y el sol la certeza. Excepto por la necesidad del baño, puedo permanecer días allí con todo lo necesario para sobrevivir.
A un lado, cerca de una de las paredes, se luce una mesa alta con un par de banquetas que invitan a una charla intima. La llamo “la mesa de las confesiones” porque con el tiempo me di cuenta de que cualquier persona que se sienta a ella acoda su brazo, sostiene la cabeza con la mano y comienza a contar intimidades, a hablar de sus preocupaciones, de sus sueños. Es raro, pero mis allegados también la llaman así, y en vez de temerle ¡la aman!
Pese a que es un lugar muy íntimo y pequeño, siempre hay tazas y copas para compartir una charla. Te va a gustar. (Fabiana)


Lo que hace la cuarentena

One table, one chair, one bed and only one window.
¿Qué te pasa, Lola? ¿Desde cuándo hablás  Inglés? ¡Dios!, ¡lo que hace el encierro!
La coordinadora nos pidió que habláramos de nuestro lugar preferido y enloquecí. ¡Sí! Ese es el lugar, mi lugar preferido.
Ahí me siento YO. No necesito nada más. No me importa estar encerrada, ahí tengo todo: una mesa con la notebook; una taza con café y algunas galletitas; una silla alta con respaldo cómodo; una cama para recostarme cuando mis glúteos me dicen ¡pará un poco, loca! y una ventana con muuuucha luz.
La única que puede acompañarme es mi musa (confieso que a ella le debo las palabras que escribo). Bueno, hoy también dejé entrar a mi amiga Lamoni.
El decorado: un tapiz con un Sagrado Corazón, un rosario, muchos peluches, estantes con adornos, un graffiti en la pared (no les digo lo que dice porque no quiero que la dueña del lugar se entere que lo usurpé), un espejo y un tele que no prendo.
Desde la ventana veo la plaza y sé cuándo mi mascota quiere entrar. Ella tiene piedra libre para salir cuando quiere.
El café está más sabroso que otras veces, las galletitas craquean, a la silla le agradezco porque no me duele la espalda aunque hace tiempo que estoy sentada; pero, a la cama no la miro, no la miro, no la miro… Me llama y la ignoro. Ya sé lo que pasa si le hago caso. Se me caen las manos, la pantalla de la compu se oscurece, por la ventana no entra luz, la silla siente que ya nada le pesa, zzzZZ, ¡qué floja soy!  ¿Entienden por qué es mi lugar preferido? (Adela)


Íntimo

El lugar que prefiero de mi casa es donde me encuentro más tranquila, donde me desentiendo del bombardeo de demandas familiares. Es el más fresco y limpio de toda la casa y a la vez donde puedo dejar mi mugre, lo peor de mi misma.

Como hay un espejo puedo hablarme sinceramente, sin temor a ser escuchada ni interrumpida. Puedo insultarme cruelmente, darme ánimos o mirarme con dulzura en total intimidad. Aunque lo describa con los más bellos detalles, dudo que te despierten deseos de conocerlo; hablar de él remite a imágenes poco atractivas.  
A veces me encierro allí solo para estar sola. Para mí, es el sitio donde, una vez cerrada la puerta, todo lo demás no existe.
Amo mi baño. (Viviana)


Mi mundo aparte

Desde muy temprano en la mañana preparo el mate, busco las galletitas en la alacena y me siento en la silla que combina con la pared de la cocina. Comienzo a escribir. Concentrada en cómo los futuros docentes de cualquier área podemos hacer las clases virtuales entretenidas, mi cocina con azulejos rosas y paredes celestes me inspiran. Pienso en nuevas ideas para trabajar con mis alumnos. Se me ocurre que podrían aprender los diferentes tipos de textos utilizando avioncitos pintados con lápices rosa y celeste…  o incorporar, tal vez, amarillo, rojo y azul.
Aquí también me gusta leer libros; descubro que en la novela " cenizas del pasado" muchas de sus escenas ocurren en esta parte de la casa.
Cuando llega la noche, disfruto la rica cena familiar. Luego, mi imaginación sigue activa para que, al día siguiente, pueda volver a sentarme en esa misma silla a crear espacios con diferentes contenidos, continuar leyendo la novela y compartir, como de costumbre, una exquisita cena. (Yamila)



Mi rincón (obligado) favorito

Estoy en el comedor de mi casa, bancando esta cuarentena que ya se torna tediosa. En el centro de nuestro dulce hogar está la tele, ventana que nos entretiene, mostrándonos un mundo al que no podemos sumarnos. También aquí tenemos una máquina para caminar; hacer ejercicio mientras miramos tele nos libera, un poco, del forzado sedentarismo.
Para variar actualizamos una bicicleta que habíamos adaptado para hacerla fija hace tiempo. La instalamos también en el comedor; si nos duelen los pies de tanto caminar, pedaleamos hasta que nos duela el… En fin, hay que ejercitarse.
Transformado en oficina, computadora mediante, es el lugar donde pagamos los servicios, evitando esas colas que indignan en la tele. Por suerte, nos aggiornamos con el uso de la tecnología para todo tipo de trámites, y también, por qué no, para entretenimiento. Aunque soy bastante inútil para bajar películas.
Cuando lo audiovisual no basta, en lo personal, recurro a lo manual y mi comedor se transforma en un taller de “hazlo tú misma”.

Tal vez no sea el lugar más alegre, mejor decorado o más soleado; pero es nuestro rincón “pasacuarenrena”. (Alicia)


Hoy, que las circunstancias nos obligan a permanecer dentro de casa,
quisimos compartir con ustedes el espacio preferido de nuestros hogares.

sábado, 28 de marzo de 2020

Primera consigna en cuarentena


Caos en Loma Arenosa

Ese día, Eduardo quiso hacer algo distinto. Eso supongo, no sé, nunca se oponía a lo que yo le indicaba; sin embargo, ese anochecer, al ver el portón abierto tiró con fuerza de la soga que lo sostenía y en vez de ingresar, corrió velozmente por las calles angostas de Loma Arenosa.
¡Eduardo! ¡Eduardo!, grité muy fuerte, a la vez que se asomaban a la calle mi vecino Eduardo Pérez, el carnicero Eduardo Costilla, el psicólogo Eduardo Cabezas, el cura Eduardo del Santo de la parroquia Sagrado Corazón y hasta mi ex novio del preescolar Eduardo Infante. Ellos entre otros Eduardos del pueblo, porque eran decenas de hombres asomándose por la calle a mi paso.
A todo esto, mi cabeza me llenaba de reproches: ¿por qué se me ocurrió llamar así a mi pastor alemán? Podría haberlo llamado Sultán; pero no, no me gustaba porque muchos de los perros que conocía se llamaban así.
Llevaba recorridas unas diez cuadras, corriendo. Me seguían no menos de veinticinco hombres, varios de ellos repetían mi nombre llamándome, y comenzaban a salir de sus casas mujeres que se llamaban igual que yo. Mi Eduardo no aparecía y mis pulmones ya estaban sin aire. De pronto, empezamos a sentir sirenas. No supe si era la policía, los bomberos o la emergencia médica, pero me asusté mucho. Me detuve, y ahí lo vi: enredado entre las ruedas de una bicicleta. Su soga no le permitía moverse, las luces de la ambulancia me encandilaban. El conductor del pequeño rodado me miró y dijo:
—¿Usted me llamaba? Yo venía rápido porque escuché que alguien me llamaba con desesperación, y se me cruzó este perro que corría como loco.
—No señor, no lo llamaba… no lo conozco.
—Soy Eduardo Salvatierra, médico cardiólogo.
Mientras yo desenredaba a “mi Eduardo” y controlaba que no estuviera herido, Salvatierra se sacudía la ropa de arena y trataba de peinarse. A nuestro alrededor, una centena de personas llamadas Eduardo o Fabiana, esperaban entre risas una explicación que mi vergüenza me impedía dar.
El Padre Eduardo dio una bendición a todos y me emocioné; los nervios me jugaron una mala pasada y mis lágrimas empezaron a correr. El ovejero no tenía golpes importantes y el cardiólogo, tampoco. Como pude, expliqué que solo quería entrar a mi perro. Todos se rieron y lentamente se marcharon, bromeando que por fin había pasado algo diferente en Loma Arenosa.
Ya caminé diez cuadras. Creo que alguien debería haber convidado con agua al perro. Entre su jadeo y las preguntas inquisidoras de Eduardo Infante que quería saber por qué elegí ese nombre, y su discurso de que tal vez no deberíamos haber cortado la relación, estoy pensando que mi próximo perro se llamará Sultán. (Fabiana)


El dibujo

Ese día, Eduardo quiso hacer algo distinto. Estábamos disfrutando de unos hermosos días en el pueblo costero La Almeja Dorada, enclavado en la provincia de Del Agua.
Éramos una pareja en su primer viaje de novios, hace ya muchos años.
Me despertó muy temprano por la mañana. Parecía que no había dormido en toda la noche. Quiso darme una sorpresa… y sí, me sorprendí.
Había dibujado mi retrato con lápices de colores. Contentísimo, con una amplia sonrisa dijo que le había salido perfecto. Atónita, encontré algunas diferencias notables: mi cara con espinillas no tenía nada que ver con la piel tersa y casi transparente que imaginó; mi cabello lacio y finito no se parecía en nada a la cabellera del Rey León; los labios finos como corte de navaja siempre estuvieron muy lejos de ser los rosados y carnosos que destacó con tanto amor.
Me contemplé con detenimiento en el espejo, que nunca miente. Con mis enormes ojos estrábicos miré a mi enceguecido amado y sólo atiné a preguntarle: ¿qué ves cuando me ves?
Acto seguido, me pidió que nos casáramos. ¿Cómo decirle que no a un hombre que mira con los ojos del alma?
Envió a enmarcar su dibujo. Lo colgó en un lugar privilegiado de nuestra sala. Aún hoy, sigue diciendo que es mi “vivo retrato”. (Alcira)


Descubrimiento

Ese día, Eduardo quiso hacer algo distinto. Para mí sería una sorpresa. Había descubierto una ciudad escondida y me iba a llevar.
Cuando salimos a la ruta, me sorprendió porque ese no era el camino que siempre seguíamos.
Le pregunté y se rió. Me dijo: si es una sorpresa no te puedo adelantar nada.
El paisaje era distinto, la vegetación abundante, muchos trinos.
Nosotros, el mate y la música que nos acompañaba; sólo ese decorado. Mi ansiedad por llegar se demostraba en mis pies que querían bajarse del vehículo.
Eduardo bromeó con que el mate estaba lavado y había que cambiar la yerba. Yo, con mi intriga y mi eterno despiste no lo había notado. Sonreí. Ese no era el momento para discutir con la media naranja.
Un auto de alta gama nos pasó y llamó nuestra atención. En una ruta poco concurrida eso era raro.
Luego de una larga recta, un pilar con una bandera y un cartel nos esperaba: “Bienvenidos a la ciudad escondida, Dos Adelas”. Cuando la visiten conocerán el porqué del nombre.
Quisimos entrar pero unas vacas nos impidieron el paso. Le dejé una nota al Intendente del lugar para que en mi próxima visita nos recibiera. Creí que no me iba a responder, sin embargo me equivoqué; unos días después el político, vía whatsapp, me invitó a conocer el lugar. En eso quedamos. Cuando vaya, les cuento.  (Adela)


La voz de Vero (Basado en un hecho real)

Ese día, Eduardo quiso hacer algo distinto y se arriesgó. Todavía no lo puedo entender muy bien.
Hay solo una emisora de radio en la ciudad, y desde que Vero y Dina conducen el programa radial nocturno, las noches de Almendruria son atractivas y duces. Dina es la veterana, mujer estrictamente coqueta. Vero, una veinteañera que lucha por bajar sus veinte kilos de sobrepeso.
Hoy, Gonzalo, el nuevo operador que reemplaza al viejo Saúl que acaba de jubilarse, acompaña a las mujeres. Aprovechando el intermedio musical, los tres van hasta el vestíbulo a cambiar de aire. Vero asegura con trabas, puertas y ventanas.  Gonzalo, intrigado, pregunta por qué lo hace.
Entonces, ambas le cuentan que una noche lluviosa de verano llamó a la puerta con insistencia, un hombre que dijo ser Eduardo “el caballo”. Antes de que se lo atendiera, entró alterado exigiendo a los gritos la presencia de Vero. Estaba embarrado hasta las rodillas y su ropa, ropa de fajina, se encontraba mojada.  
Vero se le acercó diciéndole que era ella a quien buscaba; pero el muchacho, poniéndose serio y muy enojado, repetía: “¡No!, vos no sos Vero. No podés ser vos, sos gorda. ¡Mirá! Estoy todo mojado, pasé por los charcos para venir, y ahora tengo que volver ¿Y qué voy a decir? Nosotros todos te escuchamos allá, y estamos todos enamorados de Vero. Pero Vero no es así.”
Paradógicamente, las dos locutoras no supieron qué decir. Eduardo se movía de un lado a otro, agarrándose de los pelos como si tratara de entender.  No le entraba en la cabeza que la suave voz que “allá” escuchaban “todos” provenía de una chica robusta sin curvas femeninas.
Una y otra vez, su retórica era: “¡¿Qué les voy a decir?!”
Mientras Dina trataba de contenerlo, Vero llamaba a la policía desde su celular. Eduardo se dio cuenta y amenazando con un arma que traía escondida entre sus húmedas ropas, saltó contra la muchacha. Por fortuna, el ulular de los móviles policiales cortó esa situación y el misterioso visitante se fue tan rápido como pudo, hacia quién sabe dónde.

Desde entonces, siempre que salen al vestíbulo a tomar un descanso, especialmente si es de noche, Vero corrobora que puertas y ventanas estén bien cerradas; a la vez que se pregunta si Eduardo habrá vuelto a “allá” mojado y embarrado, a contar que la dulce voz de la que todos se habían enamorado, no era la de una frágil y delicada mujer. (Viviana)


Un día diferente

Ese día, Eduardo quiso hacer algo distinto. No es que estuviera disconforme con su vida, para nada; pero sentía que la monotonía lo estaba invadiendo. Decidió que era el momento de hacer algo diferente.
Primero, llamó a su oficina para avisar que se tomaba el día y para asegurarle a Marisa, su asistente, que no estaba enfermo. En los cinco años que había vivido en Lucinda, no había faltado al trabajo ni un solo día. Ni vacaciones había tomado. Su dedicación le había valido un ascenso como gerente general en la sucursal de ese lugar que, a pesar de su nombre de pueblo, era una urbe pujante.
Después de desayunar se puso su equipo de gimnasia favorito, salió a caminar. Realmente disfrutaba la caminata, ver gente, respirar aire fresco. Desde que se había mudado, jamás se había tomado el tiempo de conocer la ciudad que era su hogar.
Mientras andaba vio, del otro lado de la calle, un parque donde grupos de personas hacían ejercicios. Decidió sumarse, un poco de actividad al aire libre no le haría mal.
Matías iba retrasado; venía de la casa de su novia, había pasado la noche con ella y ambos se habían quedado dormidos. Después de acercarla a su trabajo, se dirigía al suyo. Aceleró algo más de la cuenta; había poco tráfico a esa hora. Para evitar un problema con su jefe, buscó su celular para avisar que llegaría tarde, ya inventaría una excusa.
Un segundo de distracción, alguien que cruza la calle desprevenido, la tragedia.
—Solo quería un día para romper la rutina  —sollozaba Marisa en el velatorio. (Alicia)

                             

domingo, 22 de marzo de 2020

Siembra de Libros en casa

El 21 de marzo se llevó a cabo una nueva siembra de libros con una característica muy especial.



Y las redes sociales se colmaron de poesía.

YO SIEMBRO EN CASA

¡Gracias por sumarte a esta propuesta cuidándote y cuidándonos!

sábado, 21 de diciembre de 2019

Siembra de libros, última del ciclo 2019


Hoy salimos nuevamente junto al Club de lectura de la Biblioteca Alberdi a sembrar libros en varios sectores de nuestra ciudad.


Recordamos que el propósito de esta actividad es promover la lectura, acercando los libros a la gente.


Un libro guardado, sin lectores, sin manos ni ojos que lo acaricien es un libro muerto, y vos podés revivirlo.


¡Sumate a la próxima siembra!  

lunes, 11 de noviembre de 2019

El Taller en La Noche de los Libros

El Taller Literario Punto Seguido y el Taller Literario Infantil Contame Qué dijeron presente en la cuarta edición de La Noche de los Libros, organizada por la Biblioteca Juan Bautista Alberdi de nuestra ciudad. 



Ambos talleres participaron con un stand en el cual se brindó información y folletería a quienes se acercaron a compartir sus inquietudes.



Además, los talleristas leyeron sus textos  en el espacio de  Micrófono abierto que tuvo lugar en el jardín de lectura de la institución, junto a otros escritores y público en general.



¡¡Muchas gracias por visitar nuestro stand e interesarse por las tareas que realizamos!!

viernes, 1 de noviembre de 2019

Visitas y algo más

Nuevamente, Daiana Sosa Mamczur  y Carolina Rojas han escogido talleres de la Biblioteca Alberdi de Punta Alta, para realizar prácticas de la materia "Intervenciones en el campo educativo no formal" de la carrera Licenciatura en Psicopedagogía, de la Universidad Salesiana de Bahía Blanca.



En esta oportunidad, el Taller Literario Infantil “Contame Qué” fue el ámbito en el cual se desarrolló el proyecto propuesto por las alumnas.  La actividad constó de tareas literarias conjuntas entre dicho taller y el de adultos “Punto Seguido”, promoviendo de esta manera la integración de ambos espacios para fomentar un mayor acercamiento generacional.


La creación de un blog destinado a difundir la labor del taller infantil y la recopilación de los textos generados por chicos y adultos en soporte papel, han sido el producto final de esta enriquecedora  experiencia.


¡Gracias por elegirnos nuevamente y compartir nuestros encuentros!