Sobre el Taller Literario "Punto Seguido"

Este Taller Literario es coordinado por la escritora Leticia Marconi y tiene lugar en Punta Alta, Prov. de Buenos Aires, Argentina.

domingo, 18 de julio de 2021

Frase final

 


Una familia ¿feliz?

Valeria suspiró y se sentó en el frío banco de cemento. El ocaso teñía de sangre las sucias aguas de la costanera. Agotada, repasó los últimos detalles de su plan. Todo tenía que parecer consecuencia de un robo violento. Era la única manera de que terminase la pesadilla.
El suave murmullo del río la retrotrajo a la alegre época cuando toda la familia se divertía recorriendo el lugar, tomando un helado, paseando. Estaban todos, el dichoso clan de los Martínez. Pero la muerte, envidiosa, se llevó a su madre en un accidente de tránsito provocado por un borracho. Su padre, devastado, con dos niños y un bebé, siguió adelante como pudo. Los años trajeron resignación y, aparentemente, una nueva oportunidad.
Ella estaba en el último año de la secundaria cuando su padre les presentó a Bárbara. La había conocido en un viaje de trabajo y habían simpatizado. Era una hermosa mujer y bastante más joven que él. Ese detalle no les gustaba ni a ella ni a su hermana Marina, pero la aceptaron porque lo veían feliz. El pequeño Agustín la sintió como una nueva mamá.
Pasaron un par de años. La familia parecía estar completa otra vez. Aunque ella notaba en Bárbara, actitudes que ponían en duda el cariño que pudiera sentir por su padre y por ellos. Con el hombre se mostraba dulce y afectuosa, pero, cuando él se ausentaba por negocios, los hijos eran desatendidos y tratados con indiferencia. Sin embargo, ante los demás eran una familia feliz.
La muerte volvió a ensañarse, esta vez bajo la forma de un cáncer que consumió lentamente a su querido papá. Durante ese tiempo aciago, mientras los hijos sufrían y asistían al enfermo, Bárbara mostraba un desapego creciente hacia su esposo y sus hijastros. Iba cada vez menos al hospital y ni siquiera llegó a tiempo para despedirlo en sus últimos momentos.
La larga enfermedad mermó (y mucho) las arcas familiares. Valeria pospuso sus estudios y empezó a trabajar. Sus hermanos, todavía menores, dejaron la escuela privada para seguir en la pública. Pero Bárbara no se resignaba a dejar de lado los lujos a los que se había acostumbrado a partir de su casamiento. Además de verse sin dinero, resentía estar a cargo de sus tres hijastros.
Las discusiones eran cada vez más seguidas y ásperas, Bárbara descargaba su malhumor con los hermanos y los trataba con crueldad. El que más sufría era Agustín, a tal punto que empezó a manifestar retrocesos en su maduración.
Ese día, Bárbara llegó furiosa; había intentado poner en venta la casa pero se había enterado de que la vivienda era herencia de los hijos por parte de su madre y ella no podía disponer de ese capital. Reprochó agriamente a Agustín por sus bajas notas en la escuela y llegó a pegarle una cachetada. Marina salió en defensa de su hermano y fue golpeada también. Su madrastra estaba fuera de sí y su violencia los asustó. Intentaron evitar sus golpes empujándola. Bárbara perdió pie y cayó; su cabeza golpeó en el borde de una mesa. Quedó inmóvil.
Valeria, que había oído los gritos llegó cuando la mujer se desplomaba, y al verla inmóvil comprobó que había muerto. En ese momento comprendió que era la única que podía proteger a sus hermanos. Ellos estaban en estado de shock y apenas atinaban a entender lo sucedido.
Los obligó a dejar la casa. Les ordenó que salieran por la parte trasera sin que nadie les viera, que fueran al parque como si estuvieran de paseo y que la esperaran allí. Ella se dedicó a desordenar la casa y a tomar dinero y objetos de valor que iba introduciendo en su mochila. Con renuencia se acercó al cadáver y lo despojó de sus alhajas. Luego salió por el mismo lugar que sus hermanos y dejó la puerta entreabierta, procurando no dejar huellas digitales.
Se alejó rápidamente y cuando estuvo a una buena distancia tomó un ómnibus que la llevó al puerto. Buscó un lugar solitario, que le permitiera consumar su plan. Luego se encontraría con sus hermanos y acordarían qué declarar a la policía.
Decidió que, si todo salía bien, los tres se irían muy lejos; ella se encargaría de mantenerlos a salvo. Respiró hondo y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila.
(Alicia M.)


Rencor

Pasados ya quince años de aquella terrible discusión con Greta, Soraya creyó que ya era tiempo de dejar a un lado los rencores y decidió enviarle un mensaje. Habían sido amigas durante la niñez, la adolescencia y parte de la juventud. Tiempos de lágrimas, risas, amores, desamores, recitales, nacimientos, cumpleaños, duelos… todo compartido.
Aquella inolvidable tarde de octubre, Facundo, hijo de Greta y ahijado de Soraya, cumplía cinco años. Habían llevado un auto a control remoto de regalo, tan lindo que Agustín, hijo de Soraya, no permitió que el cumpleañero lo estrenara y comenzó a jugar con él. Esto originó una pelea de niños tan intensa que, en un momento de nerviosismo, Greta dijo que el invitado era un niño malcriado. Una palabra, otra y otra. Un insulto, otro más. Un grito, otro. Un portazo. Lágrimas varias. Otros niños también lloraron del susto. En síntesis: cumpleaños arruinado, amistad destruida.
Ese día de 2018, cumpleaños número veinte de Facundo, apenas se levantó, la madrina le mandó un mensaje cariñoso como todos los años, que él respondió con un frío: Gracias, como hacía siempre. Pero ella dio un paso más. Le mandó un mensaje a Greta que decía: Hoy nuestra enemistad pasó a ser una niña bonita, tengo muchas ganas de conversar con vos, te espero a las 16:30 en la orilla del río, bajo el árbol de nuestro primer cigarrillo.
Pasaron las horas y Greta no respondía. De todas maneras, Soraya compró un chocolate blanco gigante (suponía que a pesar de los años aún era su vicio y sería un lindo detalle). Un rato antes de lo pautado, ya estaba allí ansiosa. Llegó la hora, pasaron veinte, treinta, cuarenta, sesenta, cien minutos. En el estéreo del auto la música de Divididos y Caballeros de la Quema, que habían sido el fondo de tantas confesiones, sonaban agotadas y tristes. Decidió no esperar ni un segundo más. Bajó del auto con furia, se acercó a la orilla y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila. (Fabiana)


Hombre lobo

Séptimo hijo varón de una familia humilde. Vivían en la periferia más pobre de una ciudad norteña, muy cerca del monte.
Nacido a comienzos de la década del 40 del siglo pasado. Siempre se sintió distinto a los demás chicos, así lo consideraban.
En las noches de luna llena sus padres lo encerraban en el galponcito. Tenían miedo de que se convirtiera en lobizón. Los hombres de la comarca lo miraban de reojo; las mujeres ocultaban a sus niños detrás de las faldas cuando lo veían pasar.
Su madre tan religiosa como supersticiosa lo bautizó Mariano, en homenaje a la Virgen para anular la maldición.
En cuanto la milicia lo llamó a sus filas se sintió aliviado. Nadie sabría sobre su maleficio. En una caja de zapatos cargó algunas fotos. En la valija de cartón, sus escasas prendas de vestir. Años después, los recuerdos fueron a una mochila.
Lo destinaron a la cocina del cuartel, en el sur del país. Mientras sus compañeros usaban las armas en alguna revolución -de esas que nunca faltaron-, él aprendía y perfeccionaba el oficio de cocinero.
Finalizada la instrucción militar escribió una carta sin remitente a sus familiares. Les decía que jamás volvería al lugar que lo hizo tan desdichado.
Sin tener en claro qué sería de su vida, subió a un tren que lo dejó en la provincia de Córdoba. Se estableció en un pueblito turístico rodeado de montañas. Consiguió trabajo en un comedor familiar. El sueldo alcanzaba para pagar un cuarto de pensión. La comida estaba asegurada.
A través de los años adquirió experiencia. Consiguió mejores empleos, hasta convertirse en gerente del restaurante del mejor hotel de la zona.
Conoció y se enamoró de la más linda. Se casaron, tuvieron dos hijos; soy el menor.
Nos contó que el día que nací, fue a caminar pensando con orgullo cuánto había progresado a fuerza de trabajo y perseverancia. Cerró viejas heridas y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila. (Alcira Elena)


Fin del viaje

Matilda embarcó en el ferry de las nueve de la mañana con destino a Colonia de Sacramento. Las llevaba en la mochila. Con “ellas” mantenía una relación complicada, pero no le podían faltar.
Cada vez que salía de su casa las guardaba en su cartera. Las necesitaba para enfrentarse al mundo exterior. Lentamente y sin tregua, las insignificantes se adueñaron de su vida.
Un médico conocido se las había recetado hacía más de veinte años luego de un episodio postraumático. Al principio, recurría a ellas ante circunstancias puntuales y cuando el estrés laboral la aplastaba como una pesada viga, podía llegar a ingerirlas hasta perder la cuenta.
Apoyada en la baranda de la cubierta del buque, comenzó a pensar en todo lo que podría hacer si finalmente tomaba una decisión. En ese instante, dimensionó los propios pensamientos. Algo en su interior se modificó y sintió alivio. Era una sensación nueva porque hasta ese momento nunca había asumido su adicción.
Visualizó la posibilidad de dar un vuelco en su vida. Imaginó entonces una vida distinta, una vida plena. Respiró hondo, miró hacia el cielo y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila. (Analía)


El agua es vida

Árboles, eso buscaba. Donde hay árboles hay agua y la sed lo estaba acosando.
El campamento soñado había resultado un fracaso. Los acampantes no eran solidarios. Uno de ellos se quedó con su novia, otro huyó con su auto mientras él dormía. El camping carecía de las comodidades mínimas y debía rezar para bañarse cuando el agua estuviera -al menos- tibia. Se cortaba la luz y el encargado brillaba por su mal carácter.
Cinco días necesitó para darse cuenta de que eso no era lo que necesitaba para descansar. Sonrió. Sabía que era lento para avivarse, pero esta vez se había pasado. Cinco días. Ya tenía una exnovia y un exauto, para qué seguir ahí.
Tomó su ropa y algunas provisiones y se lanzó a la aventura. "Mejor solo que mal acompañado", pensó.
De día caminaba, de noche dormía. El clima era cálido, al menos había elegido bien el periodo de vacaciones.
Vio hermosos paisajes, proyectó un nuevo futuro para la vuelta a su casa y a su trabajo.
La noche anterior había sido la más relajada de todas las vacaciones. Se durmió, casi sin darse cuenta, apoyado en el tronco de un sauce y soñó. Era un prestigioso arquitecto con una fortuna heredada, que le permitía viajar por el mundo. Mucha gente a su servicio le facilitaba las cosas. Vivía en una mansión, con pileta, con gimnasio, con una sala de juegos para reunirse con sus amigos. Los planetas estaban alineados para que fuera feliz.
El sol del amanecer lo despertó antes de concluir su sueño. Pensó: "No soy prestigioso, no soy arquitecto, pero si me lo propongo puedo viajar por el mundo".
El dulce murmullo de agua corriendo le dio aliento. Caminó guiado por el sonido, llegó a una ribera y arrojó al río lo que aún conservaba en la mochila. (Adela)


Maldito anillo

Aquella tarde se encontraba en el funeral de su propia madre. Inesperadamente sentía tristeza, no sabía por qué. A pesar de tantos años de maltrato y sufrimiento esperando el día que se termine, ahora estaba llorando su partida.
Sus hermanos se quedaron con todas sus cosas. Él solo tomó un anillo, un simple anillo, solo para conservar algo de ella, sin saber que le haría tanto mal. Lo guardó en su mochila, no le dio importancia.
El resto de los días pasaron de una manera extraña y a la misma vez tranquila; sin embargo, en el fondo había algo que le perturbaba. Cada vez que iba a buscar algo a la mochila, en cualquier situación, mientras escarbaba para encontrar lo que necesitaba, entre tantas cosas, terminaba viendo ¡ese maldito anillo!
Esto lo llevaba a rememorar cosas que había guardado en su mente, escondido para no volver a recordar nunca. Le causaba escalofríos. Todos esos pensamientos eran sobre ella y en su mayoría malos. La solución parecía muy fácil: sacarlo de su mochila y guardarlo en algún otro lugar, porque en ese momento no era una opción deshacerse de él. Eso hizo. Lo sacó de la mochila y lo guardó en un cofre antiguo con llave. Desde ahí se quedó tranquilo, pero no por mucho tiempo. Luego comenzó a verlo en distintos lugares de su casa, como si pudiese moverse; no obstante, cuando iba a revisar el cofre ¡estaba allí!
Decidió que no podía hacer nada y continuó con su vida. Cada vez estaba más paranoico; se sentía vigilado, perseguido. Pensó que, ahora sí, lo mejor sería deshacerse de él. Aunque fuese lo único que tuviese de su madre, todavía conservaría sus memorias por más que no siempre fueran agradables.
Lo guardó de nuevo en la mochila, se dirigió a la ribera más cercana y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila.
(Julieta)




domingo, 11 de julio de 2021

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Viaje corto

Madre Antonia amanece ansiosa. Su corazón late con amor de saber que está por cumplir su sueño: caminar por el playón del Vaticano a escasos metros de su Santidad. Desayuna con prisa. Se viste con la misma túnica blanca hasta la media pierna, zapatitos negros como los que usan los alumnos del colegio y la infaltable cofia, sujeta con dos invisibles muy visibles de color amarillo.
A los pocos minutos controla el pasaje, el documento, y el pasaporte. “Todo en orden”, piensa. Toma su bolsa y sale para el aeropuerto.
Al llegar vuelve a controlar: pasaje, documento y pasaporte. —¡Correcto! —grita de la emoción.
Se dirige por el pasillo hasta los mostradores y consulta por el vuelo 555 con destino a Roma. El hombre la mira con desconcierto sin comprender y continua su camino. Más adelante vuelve a preguntar a una señora con su bebe en un carrito:
—¿Cuánto falta para que salga el vuelo 555 con destino a Roma? —y de nuevo no recibe respuesta alguna. La señora hace un gesto de incomodidad y se apresura a distanciarse.
Ya cansada de esperar, Madre Antonia se sienta en uno de los bancos de madera. Se recuesta y su mirada se pierde en la copa de los árboles con el canto de las aves. El aroma a jazmines de los canteros le recuerda su infancia en la costa mediterránea.
—Dios te salve María, llena eres de gracia… —reza mientras escucha las turbinas de los aviones y piensa con anhelo en su inminente encuentro con el Papa.
La mañana transcurre rápido y ella tiene hambre. Con ilusión se acerca a la cafetería del centro comercial y pide un capuchino con canela y doble crema. En su codo, lleva colgada la bolsa de ratán que le dio Madre Superiora.
Sirenas fuertes la sorprenden. Mira hacia todos lados. A lo lejos, alcanza a distinguir al Papa que se acerca corriendo. Su sonrisa se dibuja y las mejillas con hoyuelos se pronuncian.
—¡Madre Antonia!, ¿qué hizo… por qué se escapó?, ¿qué hace en el parque Sarmiento? —le reclama Fabio, el enfermero del psiquiátrico.
(Silvia)


Un paseo por el humedal

Las linternas dibujan una línea en la noche cerrada. La temperatura es la ideal para disfrutar del paseo en Arroyo Pareja. Martita y Jimena se suman entusiasmadas a la propuesta de hacer un recorrido nocturno en absoluto silencio, agudizando los sentidos.
Mientras avanzan en fila con las linternas, observan cómo se agigantan las sombras de las espartillas que bordean el camino. Martita juega un poco con eso, y lo hace a propósito porque sabe lo que provoca en su hermana. Al mover el artefacto, la imaginación de Jimena comienza a volar.
—¿Alguien podrá esconderse detrás de las espartillas, detrás del palo azul o del matorro negro? —se pregunta Jimena. “Si así lo hiciera, nunca nos daríamos cuenta”, piensa. Los arbustos pinchudos y agrestes amplifican su ingenio. Su mente se sumerge en una historia de terror. Mira para el costado e imagina que, a lo lejos, en los salitrales, hay decenas de cuerpos enterrados y que sus almas ascienden en la oscuridad de la noche para observar con recelo a esos “vivos”, usurpadores de un territorio que les pertenece.
Una pequeña brisa acaricia los olivillos platinados y el sonido de las varas, apenas perceptible, atrae la atención de Jimena. Un escalofrío recorre todo su cuerpo al escuchar el ululato amenazante de una lechuza. Al girar la cabeza, la encuentra sobre un poste del tendido eléctrico, mirándola fijamente desde lo alto.
Las dos hermanas cruzan el puente siguiendo al resto. Los siete se desvían por el humedal con la intención de bordear la orilla izquierda de Arroyo Pareja. El terreno fangoso de la Isla Cantarelli los desestabiliza un poco. En ese momento, Martita y Jimena divisan un pequeño bulto entre sus pies. Lanzan un grito y las linternas vuelan por el aire. La mancha oscura desaparece súbitamente entre el pasto hilo y la paja vizcachera. —¡Son topos! —aclara el guía, un poco tarde.
Los últimos de la fila se resbalan e intentan aferrarse a los que caminan adelante. La línea se rompe y sobreviene el desastre cuando una señora y un señor, equipados con mochilas de exploradores, pierden el equilibrio. Al hundirse en el humedal arrastran a los demás y, en efecto dominó, hacen caer de culo en el barro perfumado con afluentes cloacales a todo el grupo. (Analía)


Anhelo

Viene de Salta, la linda, como otras mujeres provincianas casadas con los que trabajan acá.
Viven en un departamento cerca de un parque y le encanta caminar después del almuerzo.
El parque es hermoso, tiene senderos que la hacen extrañar menos a su familia y a su lugar de origen. Acá no hay cerros, pero las caras de muchos habitantes tienen el color de la suya.
Hoy decide cambiar el recorrido de vuelta a su casa y descubre, en una esquina, un monumento que la conmueve: una madre con su hijo en brazos. Recuerda una foto en un portarretrato que tiene su madre, sobre la cómoda. "¿Las madres siempre tienen a sus hijos en brazos?", piensa.
Sueña con embellecer el lugar. Ve a otras madres como la de la estatua haciendo artesanías mientras los niños juegan. Imagina un día de verano con mucha gente en el predio y puestos de comida representando a distintas culturas. Viaja mentalmente por la Argentina -que aún no conoce-, porque es mujer y las mujeres somos expertas en construir anhelos. Cuando el celular le indica que tiene un mensaje, la madre de la estatua es ella y el niño… el que tiene en su vientre. (Adela)


El monumento del reencuentro

Ana y Leo se conocen desde el secundario. Fueron algo así como inocentes noviecitos. Concluida esa etapa escolar cada uno siguió su camino. Iniciaron su vida personal y laboral en lugares muy distantes entre ellos. Sin saberlo desarrollaron similares existencias. Trabajo, casamiento, hijos. A lo largo de los años volvieron al terruño natal, pero nunca coincidieron.
Con la llegada de las redes sociales ambos tuvieron el mismo impulso: buscarse, algo había quedado inconcluso.
Fue así como entablaron una relación a distancia. Una cámara los unía y separaba a la vez.
El deseo de reencontrarse personalmente fue mutuo. Sólo necesitaban la excusa perfecta que los situara en la ciudad.
El casamiento de la prima de ella; un irrefrenable deseo de ver a sus padres por parte de él – surgido de repente y con suma urgencia-, y el plan se puso en marcha.
Acordaron verse en el monumento a las provincias; la casa de la abuela de Ana está cerca y desocupada.
Después del primer saludo, un tanto formal -dada la situación- para no llamar la atención de los ocasionales transeúntes, se abocaron a observar el lugar que no visitaban desde su época estudiantil.
Lo encuentran sin grandes cambios. Es un paseo soso, frío, casi abandonado, nada invita a quedarse mucho tiempo. Se lo ve como el día de la inauguración. A nadie se le ocurrió darle una pátina de belleza y modernidad.
De común acuerdo, caminan las pocas cuadras que los separan de la vivienda de la nonnina.
Llega la oportunidad de continuar la relación como adultos o, quizás, sea el comienzo del final. (Alcira Elena)


Fermín y el skate

Contempla la flamante pista de skate, inaugurada hace pocos días. Desde que la anunciaron ha estado pendiente de su construcción ya que vive enfrente del predio donde la levantaron. Marcos y Justino, entusiasmadísimos, renuevan sus equipos y preparan sus patinetas. Ellos practican skateboarding desde muy pequeños y son muy habilidosos con sus trucos y piruetas. Están ansiosos por practicar, ya que se dice que el Municipio organizará un campeonato local con el fin de elegir representantes para las competencias regionales. Y es que esta actividad se está volviendo muy popular.
Cada vez que insinúa que le gustaría practicarla, Marta pone el grito en el cielo. "Que cómo se le ocurre, que es peligroso, que no entiende cómo la madre de Justino y Marcos se los permite. Que en cualquier momento pueden lastimarse seriamente". Él la escucha mientras mira de reojo sus trofeos de campeonatos de patinaje. Bueno, tan mal no lo hacía, ¿verdad?
Por eso se prepara a hurtadillas, el equipo que usaba cuando competía en carreras de patines es más que adecuado para lo que se propone. Las rodilleras y las coderas están como nuevas, se ajusta el casco y toma el skate que compró a escondidas. Empezará por la parte más sencilla de la pista, para familiarizarse con ella.
Se desliza por la suave pendiente un poco inseguro; hace mucho que no realiza algo como eso, pero pronto se siente seguro para atreverse a más. Encara la pendiente pronunciada, por un momento disfruta el aire en su rostro pero, de pronto, el piso cubre el cielo y su cabeza choca con algo duro. El casco lo protege pero no impide que la pista se mueva a su alrededor.
—¡Abuelo, abuelo! —la voz de Justino le llega de lejos— ¡Marcos, llamá a la abuela!
—Pero, Fermín. ¿Cómo se te ocurre? Con vos no se gana para sustos—.El reproche de Marta se escucha tembloroso.
Entre los tres llevan al maltrecho Fermín hasta la casa, mientras Marta regaña a su esposo y le pide a los nietos que llamen al médico. (Alicia M.)


Soledad

Vuelve al lugar donde lo vio partir por última vez.
Recorre paso a paso el mismo sendero, cada sitio, cada espacio.
El aeropuerto es para ella símbolo de nostalgias, recuerdos, bienvenidas y despedidas.
Aquel día caminaron por ese sendero despacio hasta la puerta de entrada, divagando sobre la arquitectura y el paisaje del lugar, para no pensar en los próximos minutos.
Hoy, sola, contempla aquel sueño de cambios hecho realidad: en el exterior, nuevos árboles dan sombra sobre espaciosos bancos y canteros con flores de estación que alegran el lugar.
Adentro, pisos nuevos lucen en la confitería dónde los aromas a café perfuman el ambiente.
Cambios, transformaciones en el sitio como en su alma.
No salen ni llegan aviones. Silencio. Los empleados aguardan a los pasajeros. Ella espera un milagro.
Pasaron diez años desde aquel día. Nunca volvió a tener noticias de él.
Ahora, el aeropuerto cambiado despliega aromas y silencio. Ella, con sabor a tristeza, evoca recuerdos.
De regreso a su casa, se pregunta qué fue a buscar o a enterrar para siempre.
(Alicia G.)


El club de sus amores

Natalia se encuentra en la ciudad visitando a su hermano y deciden ir a ver las instalaciones de su amado club Rosario Puerto Belgrano.
Ella observa las nuevas plantas y carteles que lo dejan increíblemente lindo.
Mientras su hermano juega, ella se sienta en el banco de una de las gradas y toma muchas fotos.
El partido le resulta muy divertido y finalmente el equipo de su hermano gana. Cuando se van del club recordando viejos momentos de su infancia, Natalia encuentra a su mejor amiga de aquellos tiempos. Se sorprende de verla, y su amiga también. La saluda y charlan por un buen rato. No se hablaban desde que se mudó a otra ciudad por trabajo. Se pone al día con ella y luego parte del club muy contenta hasta la casa de su hermano Pablo.
Mientras cenan, ambos hermanos hacen una videollamada con su madre que no se encuentra allí, y aprovechan a contarle sobre los nuevos cambios de la cancha. La mamá también se alegra, pues es su amado Rosario.
(Julieta)


Tiritando

Vacaciones de invierno, tarde soleada en Pehuen-Có. Demasiado frío para ir a la playa; el bosque encantado es la opción. Árboles, senderos para caminar, sol, sombra, y más allá el mar. Ideal para una mateada con amigos y guitarras.
Todo está perfecto, hasta que al comenzar a ponerse el sol se termina el agua caliente. El frío avanza y decidimos regresar. Matías y Gimena en su moto. Jesús y Florencia en el cuatriciclo, Baltasar, Lorena y Fernanda en la camioneta, y yo en mi auto.
Cric, cric, brum… no arranca. Cric, cric, tampoco… Cric… Seguramente es la batería, los días de baja temperatura suele fallar. A mi alrededor ya no hay nadie. Toco bocina: no funciona. ¡Es la batería! Busco con la mirada y confirmo que no hay nadie.
Son las diecisiete, caminar hasta las viviendas más cercanas lleva dos horas por lo menos, y en esta época del año no hay muchas casas habitadas. Tendré que llegar hasta la mía que está en el centro. Por la playa es más cerca, pero tengo que apurarme, la luz natural comienza a mermar.
Bajo a la playa. Decido correr para ganar tiempo. Al minuto estoy agotada y con muchas ganas de hacer pis. Me escondo entre los tamariscos y me río sola. ¿Esconderme de quién? me siento más sola que el demonio en el día del amigo. Me invade la angustia. Lloro. Camino. Lloro. Corro. Me río. En el cielo ya no hay rastros del sol. Se acerca la noche y no veo luces ni a lo lejos. Me pregunto si estoy en la dirección correcta y se me acelera el corazón. Casi imperceptible, la luz del faro de Monte Hermoso me dice que sí. Respiro aliviada, aún falta mucho. Pienso en el auto: ¡que hoy duerma en el bosque!
En mi cabeza se cruza la letra de una vieja canción: Resistiré. Canto en voz alta y me siento mejor. Miro la marea que está subiendo; salvo en raras excepciones la costa no queda sin playa. Ruego que no suceda. El frío me pone mal. Sigo cantando. A lo lejos observo una construcción. Lloro, por la emoción y por el frío. Otra vez siento ganas de hacer pis. Esta vez no me escondo. Maldigo los mates.
A las veinte llego a casa. Sin pensar y sin dudar me ducho. Me hago un café fuerte. Caliento la bolsa con semillas y me acuesto. Siento calor y tirito; creo que tengo fiebre. ¿Por qué será?
(Fabiana)

domingo, 4 de julio de 2021

Abecegramas

 



Fabiana

Karen wedding planner

Aquel banquete colorido del egreso fracasó. Gastaron hasta ideas jocosas.
Karen, la más nerviosa, ñiquiñaque ordinaria, prepotente, que rogaba solidaridad tras una vitrina Windsor. ¡Xenofóbica y zorra! Atacaba bravucona cada desafío. ¡Energúmena! Fiesta grosera, ¡había insectos! ¡Jilgueros! ¿karaoke? ¡la… madre: no ordenó! …¿por qué, rata sudorosa, tuvimos una velada western?
                   Ximena y Zoila.


Analía

Así, buscando cada detalle en falsas gacetillas, hemos identificado juicios kilométricos. Los menos nocivos, ñoños o pacatos que repiten sin transmitir una verdad.
Wilson, xenófobo y zonzo, acusador bien cogotudo, decidió esos firmar.


Alcira Elena

Amigos

Alina, Bautista, Carlos, Dalila encuentran felicidad gozosa. Hacen interminables jineteadas. Kilómetros laberínticos. Más nunca ñandúes ocuparon pajas que rozaran sus talegas únicas, verdaderas.
Wilson xilografía ya zaparrastroso.
Además beben, cantan, desafinan entre felices grescas hasta intensificar jolgorios; karaokes lúcidos, menos narraciones ñañosas. Ocupados para que retornen saberes, tararean veleidosos.
Walter xerocopia, yuxtapone, zoncea.


Adela

Ayer Beba Caleaga despertó en Francia. Gangosa habló imprecando juramentos. Kimono loco, maravilloso naturalizaba ñusta. Objetó preguntas que Ramón, su tío, urdió. Vagabunda xilofoneó yacente, zalamera.


Alicia G.

Andaba bailando como doncella elegante, fabulosa, genial, habilidosa ignorando jovialmente kilos lamentables; magras nalgas ñiquiñaque ostentando. ¿Para qué? ¡Recórcholis! Salí trotando usando velo, walkman. Xecudo, yerbeé zumbando.


Alicia M.

Trampas y tramposos.

Ay, Benicio ¿cómo decís eso? Fortunato Gutiérrez había ideado jocosas, kilométricas láminas memorables. Norberto objetó para que Rosana Soto tuviera una ventaja. Willy, Xenia y Zulma, aviesos, botaron con descaro esas figuras grandiosas. Katia Lucero mantuvo numerosas objeciones para que Rosana, sinvergüenza, tambaleara unida víboras Wily, Xenia y Zulma.



miércoles, 30 de junio de 2021

Un mundo para admirar

Ojos negros de mi humano

compañeros amigos, la ausencia nos une

ojos tristes, me conmueven

tierna curiosidad inocente ¿qué mirás?

sorprendida complicidad

admirando aquella libertad que no disfrutaba

sueño compartido de destellos y aventuras.





(Adela, Alcira Elena, Analía, Alicia M., Fabiana, Julieta, Alicia G.)








domingo, 27 de junio de 2021

¡No lo puedo creer!

 


Tarde caliente

No tengo balcón, pero sí una amplia ventana que permite entrar la tibieza primaveral del sol. Vivo en un piso quince con una vista inmejorable de la ciudad. Me gusta sentarme a su lado cuando trabajo, leo un libro o simplemente me dedico a disfrutar el paisaje.
Hay un edificio vecino del que puedo ver la terraza. Tiene un jardín hermoso, los ocupantes han tenido una idea excelente y todos lo cuidan. Seguramente, se han asesorado con algún paisajista por el tipo de plantas y las coloridas flores que prosperan en el lugar. También han colocado algunas reposeras y sombrillas, como las de la playa. Es usual ver gente disfrutando una bebida o simplemente tomando sol.
Una tarde había dos mujeres adelantando el verano. Eran frecuentes adoradoras de Febo. Creo, por la diferencia de edad, que se trataba de madre e hija. Ambas lucían unos espectaculares bikinis en unos cuerpos acordes. Y sí, yo, con unos kilitos de más, un poco de envidia sentí.
En eso llegó un muchacho, o mejor dicho, un bombonazo. Alto, castaño, lucía una bata que apenas cubría su amplio pecho y le llegaba a los muslos, mostrando unas piernas largas y musculosas.
Las mujeres lo saludaron y se pusieron a conversar, imaginé que se trataría del novio de la más joven porque comenzó a frotarle la espalda con lo que supuse que era bronceador y delante de la que parecía la madre. Los tres se veían distendidos y alegres.
En un momento deben de haber puesto música, el joven se sacó la bata y se puso a bailar. ¡Lamenté no tener un largavista! Vestía una sunga roja y movía su cuerpo perfecto como un profesional, tal vez fuera bailarín o stripper. Realmente era un regalo (y de los gordos) para los ojos. Las mujeres reían y aplaudían, pero no aceptaban su invitación a unírsele.
De repente, llegó otro muchacho con vaqueros y remera y empezó a gesticular como si estuviera furioso. Inferí que sería la verdadera pareja de la más joven y le estaba haciendo una tremenda escena de celos. Por los semblantes, deduje que la cosa estaba pasando de castaño a oscuro y esperé sinceramente que nadie volara por sobre la baranda.
El furibundo se acercó al bombonazo, pero en lugar de darle una trompada lo tomó del brazo y se lo llevó a los tirones; el otro apenas pudo recuperar su bata antes de seguirlo mansamente. Las mujeres se veían atónitas y al poco rato también se retiraron.
Por lo visto, había malinterpretado la escena y no era a la joven a la que le reprochaban su conducta. De todos modos, durante mucho tiempo, ni las mujeres ni el bailarín disfrutaron de las bondades de la terraza. (Alicia M.)


Y de pronto, el viento

Domingo, once de la mañana. Hace calor. Desde la ventana de la habitación de mi departamento en el piso 13, veo a mis vecinos que están tomando sol en su terraza. Padre, madre, hija. Distendidos, con jugo y mate, con la piel protegida, con los lentes recién comprados.
Los envidio, yo estoy sola y ni loca tomo sol, le temo desde aquella vez que me tosté demasiado y me quedó una mancha tatuada en la espalda.
La cortina de mi ventana comienza a flamear; primero suave, luego con mayor intensidad.
Miro hacia la terraza vecina y una lluvia de bombachas, corpiños y ligas con y sin lentejuelas cae como efectos especiales.
El trío que antes descansaba, salta de sus reposeras. No entiende lo que ocurre. Yo me río. Parece que las chicas pulposas y las no pulposas del club nocturno de la esquina colgaron sus pertenencias en el larguero, pero no colocaron broches.
Suele ocurrir que luego de una intensa noche, uno olvide algunos detalles y el viento travieso haga volar lo que, con prolijidad, colgamos. (Adela)


Luces y secretos

Desde mi ventana del segundo piso, miro a tres personas que están tomando sol en una terraza vecina. Hace varias horas que los observo. Tienen auriculares puestos. Los veo muy quietos, creo que están muertos. Una reposera vacía me hace pensar que la ocupaba el asesino que huyó y, seguramente, ya está muy lejos.
Están rodeados de termos, mates, botellas, vasos, tortas y galletitas.
Sobre ellos, desde el cielo, aparece una nave con aspecto de transporte escolar. Plateado y dorado, muy brillante, rodeado de luces rojas. Me siento encandilada con tanta iluminación y colores. De él se desprende otra nave más chica, con forma de auto, tan resplandeciente como la más grande.
Apoyo la cara en los gruesos vidrios para ver mejor; aplasto la nariz hasta casi sofocarme.
De la navecita se desprende un haz de luz multicolor que eleva hacia sí los mates, las tortas; todo sube con lentitud.
Me conviene olvidar lo que vi, esto lo llevo a la tumba.
Suena un timbre en mi edificio. Marca la hora en la que comienza la ronda de visitas. Seguro viene el bonito de ojos malos y centelleantes; le gusta poner inyecciones y atarme a la cama. “No le cuentes…” Se escuchan pasos en el pasillo. “Estás obligada a guardar el secreto de lo sucedido…” Entra, me mira de manera encantadora. “No hables…” Clava su mirada pálida en mí. “Boca cerrada, boca cerrada…” Su insistencia examinadora hurga una y otra vez en mi mente. “No pienses ni recuerdes”. Mis ideas se nublan. Me siento confundida. “Seguí con los labios sellados…”
—¡Hola doctor! ¡Acabo de ver cómo un fitito tomó mates y... comió tortas y...! (Alcira Elena)


Fue allí

Carlitos: hombre simpático, aventurero, carismático, atractivo y muy admirador del sexo femenino.
Vive en un edificio con una buena vista hacia la calle y también hacia la terraza del edificio de enfrente al que le gusta husmear en las tardes veraniegas.
Hoy, camina cabizbajo, desalentado. Acaba de ser despedido del trabajo. Su buen humor se ve interrumpido por una nube de tristeza y desolación. Si bien es joven, treinta y cinco años, son tiempos difíciles para conseguir una nueva ocupación.
Camina y piensa en las deudas adquiridas que no va a poder afrontar.
Ahorros no le quedan. Gastó los últimos en las vacaciones.
Piensa, suspira y resuelve que, hasta obtener un nuevo trabajo, empeñará o venderá el reloj (herencia de su abuelo) que guarda con tanto amor: un Omega Speedmaster Pro, líder entre las marcas de relojes suizos. Su abuelo Paco se había sentido orgulloso de poseerlo; era igual al que había lucido Buz Aldrin mientras daba sus primeros pasos por la superficie lunar. Paco se lo había obsequiado a Carlitos, único nieto varón, sabiendo que lo conservaría con todo el cariño que significaba ese objeto para él.
Con dolor y congoja, decide que no tiene otra posibilidad. Servirá para pagar los créditos adquiridos y su sustento por un tiempo.
Llega a su departamento y con sorpresa verifica que la puerta está abierta. Le han robado varias pertenencias, entre ellas el recuerdo de su abuelo.
Después de un mes, aun no hay novedades sobre el robo. Gracias a la generosidad de amigos, puede sobrevivir. Además, consiguió una prórroga en sus créditos.
Ha enviado cantidad de currículums. Espera en su departamento la respuesta a los pedidos. Ya no sale ni tiene ánimo para encontrarse con amigos.
Su única distracción es ver pasar desde la ventana, gente apurada, preocupada. Él siente que nada lo moviliza, ni siquiera dirigir su mirada hacia esa terraza del edificio de enfrente, que tanto placer le daba.
Su amigo Frank lo visita preocupado por la situación y la falta de respuesta a sus llamadas.
—¡Vamos, amigo! Miremos esas morochas descomunales que disfrutan del sol como girasoles en el campo. ¿Para qué gastaste tanto dinero en esos binoculares profesionales? Dale, me quedo y observamos un rato. Con este día de calor y la temperatura alta, seguro hacen topless en la terraza.
Carlitos sabe que no está bien, pero siempre fue un trasgresor. Tampoco hace mal a nadie mirando bellas y esculturales mujeres.
Cuando ellas visitan a una amiga que vive en su edificio, las cruza en el ascensor o en el pasillo de entrada. Sus cuerpos torneados y el perfume exquisito lo dejan flotando en una nube.
“¡Bombas totales!”, les decía a sus amigos. “¡Si tuviera que elegir, me quedó con las dos!” y sus amigos reían y guiñaban un ojo, cómplices de sus dichos.
Mientras recuerdan anécdotas compartidas, se ubican en la ventana y, enfocando los prismáticos, esperan la llegada de “las morochas”.
Cuatro de la tarde. La temperatura indica 33° en el exterior.
—Es la hora —dice Carlos—, ya están por llegar.
Quedan sorprendidos cuando, en lugar de ver dos mujeres (como era costumbre), son tres personas: dos chicas y un hombre.
—Sonamos —exclama Frank —, vienen acompañadas. Quizá no se saquen el corpiño.
—Conformate —contesta su amigo. —Hace tanto que no las veo que me alcanza con observarlas en bikini.
Los tres se sacan sus ropas; ellas quedan en bikini y él, en short.
—Che —pregunta Frank —¿Ese no es el flaco que vive en el departamento de abajo? Mirá como le pasa el bronceador en la espalda y lo va intercalando con besitos. ¡Se ha formado una pareja! —bromea.
—A ver, a ver. Pasame los binoculares —responde Carlitos.
Cuando mira, comienza a gritar y lanzar insultos: —¡Desgraciado! Hijo de…. Te voy a matar…
Sale hacia la puerta. Frank trata de tomarlo de un brazo y calmarlo.
—No seas loco. ¿Te vas a calentar porque la mina está acompañada? ¡Tranquilizate! Es dueña de salir con quien se le antoje… Estás muy alterado….
—¡Qué tranquilizate, ni tranquilízate! ¡Lo matooooo! Fijate lo que tiene en la muñeca del brazo. Sí, ese que viste, el que acaricia la espalda de la morocha y le pone bronceador, TIENE MI RELOJ, EL QUE ME ROBARON. ¡Lo voy a destrozar a piñas!
Logra zafarse de las manos de su amigo y sale corriendo escaleras abajo, sin esperar el ascensor. (Alicia G.)


Los vecinos

Siesta de primavera. Primer día con treinta grados de calor. Mis hermanas y yo disfrutábamos del hermoso sol a través de la ventana del comedor. Habíamos improvisado unas reposeras con toallas y almohadas y por primera vez en la temporada, nos pusimos las bikinis y preparamos jugos de frutas. Reíamos bromeando que estábamos en “el ensayo de enero en Pinamar”.
De pronto, escuchamos ruidos en la terraza de enfrente. Allí también había un preludio de verano, pero mientras tomaban sol y escuchaban buena música limpiaban una pileta enorme. Eran dos varones y una mujer; hermanos, y como tales, discutían, se peleaban, se mojaban y avanzaban poco con el trabajo. La joven hizo un mal movimiento y derramó una lata de pintura, salpicando pileta, piso y césped. Nosotras nos reíamos tanto y tan fuerte que notaron nuestra presencia y, mediante señas y risas, nos llamaron para que nos sumemos a la tarea de limpieza. Estábamos muy avergonzadas, pero parecían ser muy amables y divertidos.
Fuimos. No sólo por solidarias, también con la esperanza de hacernos amigos y recibir invitaciones a disfrutar del agua. Fue un día de muchísimo trabajo. Al regresar teníamos las manos llenas de aguarrás y ampollas, dolores de espalda y quemaduras de sol sin bronceador sobre la piel. Todo quedó hermosísimo y preparado para un chapuzón.
Esperamos un día, dos; una semana, dos; un mes, dos; nunca llegó la deseada invitación. Desde nuestra ventana veíamos cómo disfrutaban de la pileta con otros amigos, y nosotras no recibíamos ni un mensaje, ni un saludo a través de la ventana.
Ya pasaron varios meses. Ayer hizo muchísimo frío, hoy también. Me crucé a uno de los chicos en el kiosco de la esquina y me preguntó qué tenía que hacer el sábado.
—Espiar por la ventana —respondí—, pero por la que da a la avenida, no a los patios. (Fabiana)


El infierno

Juan Manuel vivía en la torre tres desde hacía un par de meses. Se había instalado en la ciudad de Buenos Aires para comenzar sus estudios universitarios. Esa tarde, al regresar al departamento, encontró la tarjeta de invitación que habían deslizado por debajo de la puerta. Lo esperaban a las quince horas en la terraza para disfrutar de una fiesta.
Pocos jóvenes estudiantes permanecían en la ciudad los fines de semana, soportando las temperaturas elevadas. Para un joven del interior, aceptar la invitación significaba dar un paso importante. Juan Manuel, sin dudarlo, confirmó su asistencia enviando un mensaje al número de celular que figuraba en la tarjeta.
La terraza ambientada como local bailable, reunía todos los ingredientes: buena música, bebidas y una pista en las alturas. Juan Manuel se había ubicado en una de las reposeras junto a otras dos jóvenes y conversaban entretenidos. No eran los únicos que estaban en el lugar. De manera sorpresiva, a las tres y cuarto, se cortó la música. Un desperfecto técnico provocó el cortocircuito cerca del parlante. Las chispas encendieron las telas sintéticas de los sillones y los tejidos que cubrían las pérgolas. El fuego avanzó rápidamente sobre los materiales inflamables, devorando todo combustible que encontraba en el camino. En pocos segundos, la azotea se transformó en una trampa mortal y en un verdadero infierno.
El desconcierto de los presentes por el impetuoso avance de las llamas sobre sí mismos, les jugó en contra en el momento de resolver de otra manera la salida. Juan Manuel no podía ver nada por el humo. Aterrorizado, se preguntaba si lo que estaba viviendo era una pesadilla.
La desesperación por escapar de ahí y el amontonamiento de los cuerpos envueltos en llamas, llevaron a unos a lanzarse desde el piso treinta, y a otros (con empujones y manotazos inútiles) a comprimirse salvajemente cerca de la puerta de acceso.
Los gritos descarnados de los dueños de esos cuerpos consumidos por el dolor, atravesaron la tarde porteña y resonaron por unos minutos hasta que sobrevino el silencio absoluto.
Unas horas después, entre la veintena de víctimas identificadas, encontraron el cuerpo de un joven de diecisiete años. Era Juan Manuel. (Analía)


Corazón hechizado

El tintineo de los cubos helados contra el vidrio y el silbido del motor del aire acondicionado, son los sonidos que se escuchan en el departamento. Afuera: gritos, risas y música animan la tarde.
Son las dos y un descanso corto de los libros y apuntes la lleva a la cocina. Pronto rendirá un examen que la mantiene muy ansiosa. “¡Uno más y me recibo!”, exclama mirando por la ventana.
“El del 5° B con sus amigos ¡coparon la terraza!”, suspira. Tres machos alfa, musculosos, atléticos de un tostado caribeño, posan para las selfis que de inmediato suben a las redes sociales, mientras toman sol. A un costado la infaltable conservadora repleta de cervezas y en un rincón, un tanto olvidado, el mate. Sus cuerpos se mueven al compás de la música y cantan como los dioses.
Con la frente en el vidrio, Paula los observa atenta, con la ilusión de formar parte de aquella fiesta. Le gusta mucho ese muchacho, tiene su corazón hechizado. Lo mira con embeleso, como cuando por accidente se encuentran en la vereda y él ni la registra.
El calor insoportable del verano y la humedad, típica de los conglomerados, la ponen de mal humor; pero recrear la vista con ese paisaje, le hace perder la noción del tiempo. En su mente disfruta de la playa mientras camina descalza por la orilla, el agua fresca moja sus pies y algún caracol le golpea los tobillos.
Una gota de sudor rueda por sus mejillas y la despierta de ese encantador sueño. La tentación de espiar la lleva a otro nivel, se asoma en puntitas de pie por el ventiluz del baño y mira cómo menean las caderas los vecinos.
El sol aparece y desaparece. A lo lejos, unos nubarrones oscuros se aproximan. De pronto una ráfaga de viento cálido se presenta y todos salen disparados, a su paso levantan toallones y tropiezan con las sillas.
En su casa, las puertas se golpean con fuerza y tiemblan los cristales. Una tormenta de verano se formó en un instante. Sorpresivamente, un grito aterrador ensombrece la tarde: Joaco suspendido en el abismo entre el piso y la terraza sujeto apenas de un caño corroído de luz. Su instinto le dicta llamar a los bomberos. Como puede, en medio del viento y objetos volando por doquier, se acerca a la cornisa. En cuclillas le pasa una soga por debajo de los brazos, lo sujeta con fuerza y juntos tiran hacia arriba. Sus amigos se suman y pronto Joaco está tirado boca arriba temblando en el techo. Sus miradas se cruzan por primera vez… y conectan. Sentimientos de agradecimiento afloran y se le eriza la piel; sus manos entrelazadas aún, mantienen el calor del momento.
Algunas gotas comienzan a caer y la magia desaparece. La sirena de los bomberos se escucha cerca, y el móvil policial llega.
Paula mira con sorpresa la cuerda. “¿De dónde salió esto?”, se pregunta. Y recuerda que, en la corrida y desesperación, arrancó el cordel del lavadero. (Silvia)


¡Una pelea horrible!

Estaba de vacaciones con mi familia en Bariloche, celebrando las Pascuas. Habíamos ido a un hotel hermoso y lujoso. Nuestra habitación estaba en el cuarto piso. Esta tenía una cama matrimonial, dos individuales, dos baños y todo con una preciosa decoración. Lo que más me llamó la atención fue esa terraza gigante, ¡me encantó! Lo primero que hice fue dirigirme a ella y contemplar el divino paisaje: un bello lago de aguas relucientes rodeado de árboles y flores de todos los colores que pudiera imaginar.
Miré hacia ambos lados y vi muchas terrazas más. En una de ellas, muy cerca de la mía, se encontraban tres personas tomando sol; supuse que eran padre, madre e hija. De repente pasó algo que no pude creer. Los padres comenzaron a pelearse y a gritarse cosas horribles, la pequeña lloraba (parecía de unos 4 o 5 años). Estaban gritando muy fuerte porque absolutamente todos los vecinos salieron a sus terrazas a ver lo que sucedía. No les importó que los estuvieran mirando y continuaron con su riña por unos minutos más. Por lo visto no tuvo consecuencias graves, terminó “bien” y pudieron consolar a la niña.
Luego, nos informaron que la pareja estaba inmensamente arrepentida y pedía disculpas a todos los vecinos por el escándalo causado.
De estas vacaciones me llevo recuerdos y experiencias muy lindas que no podré olvidar, pero también una experiencia mala que tampoco podré olvidar, pues esa pelea realmente me conmovió mucho y me dejó sorprendida. (Julieta)

 

domingo, 20 de junio de 2021

Canciones fragmentadas

 


Aprendizaje

Nació en pleno verano. Juani, hija de unos padres trabajadores y sufridos, se crio entre hortalizas y animales.
La casa era humilde, pero en ella sobraba el amor y a Juani la acunaron en ese ambiente.
Esos recuerdos sellaron su vida, corrieron como ríos y le dieron la fuerza que necesitó para ignorar las voces que murmuran cuando llega una desconocida al lugar.
Pasar por la vereda y sentir los ojos de las chusmas en la espalda y el murmullo del viento con las risas de las criticonas.
Los días en la ciudad y los inviernos, a veces, le hacían extrañar a sus padres, pero su tesón le dio la fuerza necesaria para vencer la tristeza.
Nuevos amigos, una carrera que le da de comer, la ciudad que la va acogiendo y hace que llorar sea algo del pasado. (Adela)


A fuego lento

A ella le encantaba celebrar. "¿A quién no?", se preguntaba.
Había terminado de hornear los clásicos budines de vainilla y, sobre el fuego, había colocado una ollita de cobre con el chocolate negro. Lo derretía a fuego lento, bien despacito mientras las nietas jugaban envueltas en el aroma exquisito. Revoltosas afuera, se acercaban de puntas de pie a la cocina con alguna excusa, buscando las caricias de la abuela. Ella sí que sabía mimarlas.
¿Cómo olvidar esos momentos de la vida, que a la distancia le parecen llenos de magia?
Atrapar mariposas era uno de sus planes preferidos. “¡Se escapan, se cuelan por la red, no van a poder!”, les decía ella, mirándolas por la ventana de la cocina. Y sí, tenía razón, se escapaban. Por alguna razón, las chispitas de colores se escapaban.
Cuando se cansaban de correr, las pequeñas se sentaban en ronda, debajo de la inmensa parra cargada de hojas de un intenso verde: refugio privado y fresco en la calurosa tarde de diciembre; territorio secreto donde podían circular sus historias inventadas.
Dejaban de jugar justo a la hora del baño y luego se vestían con ropa nueva, preparada para la ocasión: soleros confeccionados por sus mamás con telas frescas y puntillas de algodón.
“¡Apúrense niñas! ¡Van a venir todos y ustedes todavía no están listas!”, les decía entonces la abuela, dejando traslucir la emoción y, al mismo tiempo, un sentimiento de melancolía por las inevitables ausencias.
Con pequeños gestos y mucho amor, la abuela había convertido cada encuentro en una celebración. Había forjado la unión en ellos, y a cada uno, de una u otra forma, los había marcado a fuego. Como a ella le gustaba, con ternura y delicadeza. Así, a fuego lento. (Analía)


Curiosidad sin límites

Esa grieta en la medianera me tenía muy intrigada, inquieta. Una y otra vez me preguntaba lo mismo: ¿Qué habría más allá de esto tan conocido para mí? ¿Qué habría después de mi pequeño espacio, tan aburrido y solitario? ¿A qué se deberían esos ruidos que se escuchaban, palabras que llegaban?
Una mañana, la curiosidad me derrotó. Con timidez me asomé por la hendija hacia el patio de la vecina. Crecí con sigilo, me deslicé poco a poco y pude mirar sin que nadie lo notara. Me gustó, comencé a derrochar vida y logré que la señora me diera de beber. El agua fresca me permitió abrazar el tronco cercano.
Mis brazos crecieron, conocieron y exploraron otro mundo ¡tan distinto al anterior! Todo el terreno a mi disposición y, más que nada, respondí al cariño que me brindaron. Mil veces me regó. Mi sueño de andar sin más límites que los que me marcaba el terreno se hizo realidad. Debo reconocer que muy a menudo pequé de confianzuda, me dejé llevar por los bríos primaverales. El castigo fue una recia podada que me marcó el camino a recorrer.
Viví donde quise, a pesar de que mi antigua dueña siempre estuvo celosa. Su modo de demostrarlo fue arrancando mis raíces antiguas. No me importó demasiado; mi nueva amiga ya se había encargado de enraizarme con esmero y dedicación.
Cada amanecer trae el desafío de extenderme para cobijar a diez mil luciérnagas que, por las noches, alumbran el sendero de los solitarios que caminan en la oscuridad. (Alcira Elena)


Bajamar

El reloj marca las 20, o las 21. No se distingue bien; el atardecer está tal cual lo soñó una vez. Sólo que en esa oportunidad la sombra viene del norte.
Paloma piensa en lo sabia que es la mente, que algunas veces se adelanta inconscientemente a los acontecimientos. Ahora se tumba a la izquierda de Erick preguntándole: —¿puedo sentarme a tu lado?
Él la mira y niega con un gesto. Ella se pone de pie y permanece en la vereda de la plaza, mientras el adolescente continúa llorando sobre la alfombra de hojas secas.
“A veces la vida es injusta”, susurra Paloma sin estar segura si se lo dice a él o a ella misma. Es su frase preferida, y puede leerse en la orilla de varias hojas de sus cuadernos escolares.
Hace ya varias horas que volvieron del puerto. La tarde de hoy quedará eternizada en la memoria de los dos. El humo de la chimenea del buque que lleva a Cristal para siempre a otro país ayudó a disimular las primeras lágrimas; las siguientes no necesitaron disimulo.
Queda esperar que la vida haga su trabajo y que el dólar suba o no, para que el destino decida una visita.
Como la marea que parece que sube mientras baja, Paloma siente su corazón contrariado. No sabe si está triste por la partida de su amiga o feliz porque, ahora, Erick está libre. (Fabiana)


Amelie

Un llamado anónimo alerta que, en el 211 de la Avenida Suipacha, se escuchan ruidos y un gran alboroto.
El forense, con mucha cautela, destapa el cuerpo. Dubitativo, observa la habitación; los colores estridentes y el fuerte olor a legía le estremecen los sentidos.
El champán sobre la mesa con dos copas a medio servir, suponen que en la casa hubo más personas. Camina muy lento alrededor del fallecido. Apaga el radio para no distraerse. De su bolso azul, saca el luminol y rocía de manera uniforme sobre las paredes. Con cuidado presiona el interruptor y automáticamente las luces desaparecen.
Como estrellas en la noche, rastros de sangre se detectan por todo el lugar. “Pero ¿qué es lo que sucedió?”, se pregunta Pedro totalmente desorientado.
–Dejemos el cuerpo aquí, hasta que llegue el sargento –le sugiere a su compañera que mira hacia un punto fijo. En la mesita ratona, las velas aún están encendidas.
–Parece una sesión de macumba –comenta ella horrorizada.
Con la llegada del sargento y el comandante al edificio, el caso se vuelve más intenso. Traen órdenes estrictas de resolverlo de inmediato.
Afuera, los medios se agolpan sobre la acera sin respetar el cordón policial; el gentío curioso murmura acaloradamente. Es la hija del intendente, una joven artista plástica de renombre en la ciudad. 
Las horas pasan. Sus heridas y el desorden en la escena, manifiestan que hubo una loca noche de alcohol y descontrol. (Silvia)


Salió el sol


Soñaba dormida y despierta. Te pensaba y te sentía en la panza de mi hija Carolina.
Esperé que asomaras al mundo.
Día de invierno, 27 de junio. Espléndido sol… frío afuera y tibieza de espera en ese vientre voluminoso.
Tejiste un hilo de sueños con la dulce promesa de tu venida.
Cuando llegaste, la emoción desbordó todo límite: luz de primavera, calor de verano en ese día destemplado de invierno.
Fuiste sol tibio de otoño, pimpollo fragante meciéndose en el aire de tu cuna.
Tu diminuta persona hizo vibrar las fibras de mi vida, música que acompañó mis sueños.
Y como dice la canción que “cada vez que nace un niño sale el sol”, el astro brotó como pimpollo naciente, perfumado, meciéndose en brazos de tu mamá.
Mediodía, el brillo de esa luz se opacaba ante el resplandor de tu existencia en aquella habitación otoñal.
“Después de todas las tormentas sale el sol”, continúa el autor. Tormentas de nervios, espera, ansiedad, expectativa. Ellas pasaron para verlo asomar representado en la personita radiante que se abría camino a una nueva vida.
Francisco, primer nieto, me diste el título más honorable que se puede poseer: “ABUELA”. (Alicia G.)


Herencia inesperada

El lugar era imponente, la casona aún conservaba restos de un antiguo esplendor a pesar de su estado ruinoso; pero esos vestigios de un lujo casi obsceno no estaban exentos de un aire tenebroso, como si la vieja mansión albergara espíritus siniestros que se negaran a abandonarla.
Me acerqué a la puerta, un poco intimidado. Cuando la toqué se abrió lentamente. Quienes la dejaron abierta sabían de mi llegada pero me molestó que no me esperaran. "Un poco de consideración no hubiese estado mal", pensé. Aunque me habían advertido que se irían al pueblo al atardecer; la casa tenía mala fama y no querían que la noche los alcanzara en el lugar.
Me había llegado una herencia con reputación de embrujada y, si bien mis abogados me habían aconsejado ponerla a la venta cuanto antes, no pude resistir la curiosidad acerca de esos antepasados desconocidos que me la habían legado.
No conocí a mis padres, murieron en un accidente cuando yo era un bebé. Nunca supe por qué yo no estaba con ellos en ese momento. Me habían dejado con la hermana de mi padre quien se hizo cargo de mí hasta su muerte. Me trató con cariño, pero siempre tuve la impresión de que me retaceaba información cuando me hablaba de mi familia. Además, nunca vivimos mucho tiempo en el mismo sitio. Si bien el trabajo era la excusa, parecía que estuviéramos huyendo de algo.
La sala era enorme, una polvorienta araña de cristal colgaba del techo, sus caireles tenían forma de media luna y pendía de un rosetón que simulaba el sol. Una escalera de película llevaba al primer piso donde había quince habitaciones y siete baños. En otra época las habían ocupado importantes visitantes, ahora estaban cerradas; excepto una, la que habían preparado para mí.
Después de una reconfortante ducha, salí en bata hasta la cocina donde los caseros me habían dejado una cena fría. Recorrí la enorme mansión comiendo unos sándwiches. Ya estaba oscuro, pero por suerte la electricidad todavía funcionaba. Probé varias puertas, la única que se abrió era la de una biblioteca, cuajada de libros. Las paredes estaban cubiertas de ellos del piso al techo, excepto una en la que había un gran cuadro. Me acerqué para observarlo. Era una colorida pintura de lunares de varios tamaños. En ese lugar desentonaba como una mosca en la leche.
Busqué un libro para entretenerme. Había uno sobre una mesa que me llamó la atención, parecía muy antiguo; las tapas de cuero tenían letras doradas que se veían deslucidas por el tiempo, resultó ser una genealogía familiar. Lo llevé conmigo a la habitación.
El libro registraba rigurosamente la familia desde sus orígenes. Comenzaba en el siglo XVII, con un tal Vasili Radu, un noble de origen rumano. El árbol genealógico era muy frondoso con una larga lista de descendientes. Busqué las últimas páginas y encontré el nombre de mi madre y -oh, sorpresa- el mío también. Sentí al mundo moverse en ese momento. Mi dedo recorrió esos nombres que me revelaban mi pasado, mis raíces.
También había unas notas; al parecer, hubo algunos antepasados que creían en el ocultismo y esas cosas, pero lo más tenebroso era que mi bisabuelo había creado un grupo secreto que adoraba a Satán y eran extremistas, lo que eso significara. Su hijo, mi abuelo, heredó su locura y pretendía casar a su propia hija con Satán. Mi madre huyó con mi padre y siempre vivieron ocultándose. Después del accidente en el que murieron, mi tía me cuidó para que mi abuelo no me encontrara.
El viejo murió en un manicomio y sus abogados se encargaron de buscar al heredero perdido, o sea yo.
Pensándolo bien, hubiese preferido seguir en mi bendita ignorancia acerca de mi parentela. Con razón la casa parecía emanar un aire lúgubre. ¡Quién sabe las cosas que ocurrieron en ella! Antes de que mi imaginación empezara a jugarme malas pasadas, decidí pasar el resto de la noche en un hotel.
Más adelante vendí la mansión. Creo que la demolieron para construir un spa de lujo. Jamás volví al lugar y con el dinero de la venta, puse una cadena de heladerías. (Alicia M.)


Mi pasión

Eras mi sueño y todos lo sabían. Sí, mi pasión. Te extrañaré.
No es una persona de lo que estoy hablando, sino mi pasatiempo favorito, lo que más amo… Bueno, lo cuento: la danza. Los motivos por los que la amo tanto no los sé, pero lo disfruto. Me hace sentir bien, olvidar mis problemas, escapar de la realidad.
“Tengo que seguir, llegaré muy lejos”, repetía en mi mente y lo creía. Aunque, al día de hoy ya no lo creo; lo que pasó me destruyó. 
Para poder continuar debo aprender a vivir sin lo que más quiero. Como sea, pero debo hacerlo.
Pasó a mis 16, hace tan solo un año atroz. Había llegado a una competencia muy importante de danza y tenía que hacer un movimiento muy difícil junto a mi compañero. “Todo irá bien”, me dijo, “Te confío esta competencia, te deseo suerte”.
Como lo explico… todavía me duele contarlo. Hacer ese truco tuvo un precio muy caro para mí: no poder hacer danza nunca más. Bailar era lo único que anhelaba en la vida, lo más esencial de todo, no importaba lo demás.
Después de mi accidente, solo pensaba: “no sos nada sin la danza, tu existencia no vale nada”. Igualmente, mi familia y amigos intentaron levantarme el ánimo, me hicieron creer que no todo estaba perdido para siempre.
Ahora me siento mejor, sé que las cosas mejorarán y me encontraré a mí misma en el camino ya que decidí que esto no me definirá. (Julieta)

miércoles, 16 de junio de 2021

¿Qué queda de vos en mí, cuando me alejo?


Tarde de junio

...llevo conmigo tus huellas. No sólo las fotografías que tomé sino también mi cansancio, mi cara fría pero sonrojada, mi pelo enredado y revuelto y vestigios de arena en mis pies.
Algunos rastros se irán después de una ducha caliente; otros, como mis pecas marcadas, durarán unos días; y otros como los recuerdos, me acompañarán bastante tiempo más.
Querido mar: en esta tarde de invierno te prometo volver pronto. (Fabiana)



El paraíso

...me llevo miles de sensaciones e imágenes. El turquesa del mar y el sonido suave de las olas. El movimiento de los peces multicolores en la orilla y la comodidad de mis pies enterrados en la arena. El marco de vegetación exuberante y flores exóticas. Las caminatas nocturnas por las callecitas de piedra. Aromas intensos. Sabores nuevos. Y el placer de haber conocido una parte del paraíso. (Analía)


La vendedora

...admiro tu paciencia ante las dificultades que representa realizar las ventas de una inmobiliaria tan afamada. Me llevo el propósito de mejorar mis límites de tolerancia ante los necios que me rodean. (Alcira Elena)


Mala onda

...si tu vida no te satisface, los demás no tenemos la culpa. No me extraña que te vaya mal, pues no tenés la más mínima consideración por las personas. Empezá a tratar a los clientes con amabilidad y respeto y te serán recíprocos. Por mi parte, jamás volveré a este negocio. No quiero que tu mala onda me contamine. A partir de ahora te borro de mi mente y no volveré a pensar en este incidente. (Alicia M.)


Mafalda

...me hiciste recapacitar, me enseñaste que los chicos -a veces- son más sabios que los adultos. ¡Que te admiro! (Adela)



Mágico

...sos un mágico lugar, Villa la Angostura.
Quedan en mí, recuerdos de coihués, la fragancia de lupines y el intenso amarillo de la flor del amancay con su nostálgica leyenda. (Alicia G.)


Último día veraniego en la playa

...llevo en mi piel el calor del aire y el sabor salado. En mis oídos, el murmullo de la marea que se acerca voluptuosa y se retira sigilosa; en mis pupilas, el reflejo del sol en el horizonte que se desdobla en esa fina línea como si quisiera mirarse en un espejo. Y en mi interior, la plenitud y la paz vivida. (Susana)



Estación 71

...me llevo como recuerdo el calor de tu cuerpo en las plantas de los pies, y una gran sensación de claustrofobia, encierro por tu impertinente falta de aire respirable.
Aunque mis retinas guarden por siempre el matiz de tus colores verde azulados y las geoformas de relieve suspendidas, quién sabe si algún día volveré. Hasta siempre enigmático planeta Marte. (Silvia)



Solo nuestros momentos 

...en mi corazón, me acompañan lo momentos que disfrutamos juntos, aquel verano en la playa, el calor y las noches contemplando el amanecer. (Julieta)