Sobre el Taller Literario "Punto Seguido"

Este Taller Literario es coordinado por la escritora Leticia Marconi y tiene lugar en Punta Alta, Prov. de Buenos Aires, Argentina.

sábado, 17 de octubre de 2020

Vigesimoquinta consigna en cuarentena


De cómo el viento provocó un encuentro

Jack O’Malley, hijo de la famosa Grace de homónimo apellido, amaba al viento. Como buen pirata que era, desde la cuna aprendió que las velas se hinchan cuando Eolo sopla. Por eso, antes de embarcarse en alguna travesía, observaba pequeños detalles que solo él conocía que podían darle un pronóstico favorable: el vuelo de las aves, el rizo del agua, el color del cielo, o las nubes en la lejanía. También amaba los momentos de calma chicha, cuando el sol brillaba sobre la superficie del mar, reflejado como en un espejo. Aprovechaba entonces a zambullirse, nadar un rato y, si se daba la ocasión, juguetear con los amistosos delfines. El aroma que traía la brisa le avisaba la cercanía de alguna tierra, con los olores característicos de las playas. Prestaba atención a esos pormenores, cuando, con su catalejo, oteaba el horizonte desde la cubierta de su embarcación. 
Una mañana soleada, cuando hacía buen rato que había divisado una isla, el viento le trajo una fragancia exquisita, desconocida para él. Parecía provenir de la mezcla de miles de flores. A medida que se acercaba a la costa, se hacía más y más intensa. Lo cautivaba y extrañaba. Al acercarse, echó anclas, desembarcó en un bote junto con algunos de la tripulación y atracó cerca del pequeño muelle. A pocos metros se divisaba una hostería cuya fachada los invitó a aproximarse. Un cartel de madera pintada promocionaba buena comida y hospedaje. Todo el edificio estaba rodeado por un sencillo pero prolijo y amplio jardín, el cual denotaba la cuidadosa atención de su dueño. Fresias, jazmines, madreselvas. Infinidad de especies y colores eran los causantes de esa esencia fascinante que llegó hasta el mar. Al entrar en la posada, Jack percibió otro aroma, esta vez apetitoso, y recordó que tenía hambre. Cuál no sería su sorpresa cuando vio a una bella joven, afanada en dar los últimos toques al plato del día. Fue amor a primera vista para ambos. Él, embelesado por la gracia y las habilidades de la muchacha. Ella, enamorada de la figura aguerrida del navegante. 
A partir de allí, nunca se separaron. Si él debía zarpar, ella le preparaba platillos favoritos para que llevara. Cuando volvía, el viento de nuevo acercaba al pirata los aromas tan especiales que le anunciaban la proximidad de las flores de su amada. En esas ocasiones, pasaban largas temporadas de paz y felicidad en la isla. 
Jack cambió su actividad por otra menos peligrosa. De corsario pasó a ser marino comercial. Arrió la bandera negra con la calavera y los dos huesos, e izó una nueva, con un escudo donde resaltaban sus iniciales en vivos colores. 
El espíritu de Grace O’Malley lo continuó protegiendo maternalmente, desde cada rincón de su amada embarcación. (Liliana)


Com pasión 

Para el barrio, Gina era una mina rara. Hablaba poco con la gente. Vivía en una casita pequeña, a mitad de cuadra, ubicada justo entre la panadería y la carnicería. La particularidad del terreno es que era muy largo y formaba parte de lo que se conoce como el pulmón de manzana. Allí, daba cobijo a más de cincuenta gatos y gatas que había recogido de la calle. Lo que había comenzado como una acción solidaria, se había convertido con el tiempo, en una costumbre e incluso un compromiso del que no podía escapar. 
Todo había comenzado cuando ella apenas tenía seis años. Un acontecimiento desafortunado la había marcado de por vida. Esa noche, regresaba con su madre de la casa de sus abuelos en el viejo Chevrolet, cuando el auto dio un salto. Ella viajaba dormida en la parte trasera, acostada a lo largo de los asientos. Un aullido penoso la sobresaltó y escuchó gritos de puteadas a algo que se movía en zig zig sobre la calle. Más tarde había descubierto que era un gato callejero al que habían pasado por encima con la rueda del auto. Y que, gracias a la generosidad de los vecinos de enfrente de su casa, había sobrevivido. Casi no tenía relación con ellos. Solo conocía a Tomás, el niño de su misma edad. Nunca les pudo agradecer. 
A partir de entonces, cada vez que veía un gato en la calle quería llevarlo a su casa, pero su madre era inquebrantable en su decisión. “¡No!”, había dicho la primera vez. “¡No!”, la segunda. Y así sucesivamente. Nunca más volvió a mencionarlo. 
Un día, ya siendo adulta, cuando regresaba de hacer los mandados caminando, un pequeño peludo color negro la siguió hasta su casa. “¡Son tan lindo!”, pensó. No lo dudó y se quedó con él. Ese fue el primero de muchos. La siguiente vez, encontró una caja con una bolsa de consorcio que se movía insistentemente. Su sorpresa fue enorme al encontrar a cuatro gatitos abandonados, dos hembritas y dos machitos. No tuvo que pensarlo siquiera. En otra ocasión, durante sus caminatas, había levantado una gata preñada que estaba abandonada en un descampado a unas pocas cuadras de su casa. Siete gatitos habían nacido y ¡todos vivos! O también, cuando aparecieron en la puerta de su casa dos gatos hermanitos que no se separaban para nada; iban a todos lados juntos, se movían en pareja. Resultó que uno era ciego y el otro su lazarillo. Ella los cuidaba y alimentaba. 
Al costado de su humilde casa se extendía una galería enorme, hasta casi mitad de terreno. Allí iba armando las cuchas con colchones viejos, que la gente le donaba. Incluso traía cajas de cartón duro y los transformaba en camitas calentitas para sus mascotas. Las forraba con cinta de embalar para resguardarlas de la humedad y de los días de lluvia. También con retazos que podía obtener de sus clientas cosía mantas de abrigo. Todos se habían ganado un lugar en su corazón. Por las mañanas esperaban con paciencia que abriera la puerta de la casa para entrar a saludarla. Era común verlos tomar sol desparramados en la galería. 
A diario, se podía ver a Gina caminar por la ciudad, con una varita en la mano hecha con la rama de un árbol. Hacía varios años que repetía esas caminatas sumida en su mundo, como aquel que busca algo y no encuentra. Siempre iba acompañada de sus amigos, la seguían reconociéndola como al flautista de Hamelin. Las personas la miraban extrañadas y solían pensar: “qué loca”. Incluso, los más pibes, le gritaban cosas por la calle. Se había convertido en un personaje conocido, pero a la vez controversial. Algunos no soportaban la cantidad de animales dando vueltas por el barrio y habían asentado denuncias en el municipio, que no habían prosperado. Otros lograban tener empatía con ella. Era el caso del Héctor, el carnicero, que le preparaba los bolsones de huesos con carne cada semana. O Alicia, del almacén de la vuelta, que le donaba los paquetes de arroz, fideos o polenta que estaban próximos a vencer y que sacaba de la venta. Hasta la protectora de animales se había acercado y esterilizado a las hembritas de manera gratuita. 
En la casa de Gina, había un corazón generoso. Ella había salvado de un fatídico destino a los que ahora eran sus mascotas y compañeros. Algunos habían recibido un nombre como: Bobi, China, Porota, Magguie, Minie, Mosho, Daisy, Chicho, Manchita, Negro. Cuando se le acabaron esos nombres, siguieron Primero, Segundo, Tercero, Cuarto, Quinto… Revoltoso, Gruñón, Temeroso y otros tantos. Ellos se habían convertido en su familia por elección. Por eso no le molestaba escuchar cuando le decían “la vieja de los gatos”. 
Un día, todo cambió. El anuncio de remate judicial de la propiedad la sorprendió. Le daban cinco días para dejar su casa. "¿A dónde iría?, ¿qué sería de sus amigos?, ¿qué pasaría con su búsqueda?". 
Apenas podía sobrevivir con el salario de costurera. Su mundo se estaba derrumbando. Los vecinos, al enterarse se consternaron. No podían permitir que Gina fuera desalojada de esa manera. Ella era importante en el barrio; así, con esa forma de ser extravagante, le daba vida. Era un personaje singular que se había hecho querer y todos colaboraron. 
En tiempo récord, hicieron una campaña denominada Salvemos el hogar de Gina. Fue sorprendente la respuesta de la gente. Aun así, lo recaudado no alcanzaba. La tristeza la había embargado. 
A último momento, una donación anónima completó la cifra que necesitaban. El revuelo fue tan grande, que los medios locales y nacionales se hicieron eco de la noticia develando el misterio: un empresario de la construcción había pagado. Tomás Eliseo Conrad, su vecino de la infancia al que ella tanto buscaba. (Silvia) 


Novato 

Roque es el único médico de un pueblo rural muy cerca de la frontera. Hace años que pasa su vida entre el consultorio y las recorridas por chacras y tambos de los alrededores. A estos últimos dedica sus fines de semana, cada domingo lo encuentra almorzando en una casa distinta. Es bien recibido en todas. Más de una vez, es la única manera de cobrar a sus pacientes. Lo mismo un parto, que dolencias de todo tipo, consejos cuando surgen amores contrariados o encuentros clandestinos. Con frecuencia algún infiel ha recibido con atención las palabras justas y sinceras del médico amigo. 
Siempre amable, famoso por su solidaridad. Su antiguo coche va cargado de medicamentos que él se encarga de pedir a laboratorios, visitadores médicos y hasta a los farmacéuticos. Sabe que la gente del lugar vive con menos de lo justo. Siempre estuvo tan abocado a esta tarea que no le quedó espacio para su vida personal. En sus años jóvenes comenzó una relación con Ramona, partera del pueblo vecino. Amorío que no prosperó. Ella no tenía paciencia para esperarlo después de sus recorridas sanitarias. Tampoco quería acompañarlo, mucho menos atender a domicilio. Decía que los bebés debían nacer en “la maternidad”, así llamaba al cuartito acondicionado para tal fin que tenía en su casa. 
Roque se siente cansado, quiere jubilarse, tener tiempo para sí mismo. Hace varios meses inició trámites para que la gobernación envíe su relevo. Pero, la burocracia -que siempre se enreda entre formularios y escritorios- tardó más de lo previsto. La semana pasada llegó el anuncio: el nuevo médico llegaría al comenzar el próximo mes. 
Va a buscarlo a la terminal de ómnibus. Le basta una mirada para darse cuenta de que la jubilación está lejos, primero deberá capacitar al recién llegado. ¿Qué podría hacer este muchachito recién egresado, cuando se le presentaran los mil y un problemas que él estaba tan acostumbrado a resolver? Poco y nada. Con un gesto significativo le señala el auto. A la vez que conduce le comenta sobre sus tareas y enumera pacientes, sus achaques y situaciones difíciles. El muchacho, sorprendido, le pide que regrese a la terminal, qué está seguro que en estos parajes no encontrará su futuro. Quiere tomar el próximo autobús que lo devuelva a “la civilización”. Roque resopla entre resignado y molesto. Le espera la burocracia y sus laberintos de papeles, firmas y sellados. No ve la jubilación, y muchísimo menos su descanso, en el horizonte. (Alcira)

Chanteando 

Hoy leí un cartel: “Si yo fuera perro barrería a los chantas”. 
Guau, guau, guau. ¡Cómo me reí! ¡Soy perro! Y la verdad es que me encantaría, no sé si barrerlos, pero verlos lejos, seguro. 
No los soporto. ¡Con lo fácil que es hacer bien las cosas! ¡Con lo lindo que es hacer lo correcto! Hasta nosotros, los cuatro patas, entendemos eso. Si te portás bien, todos te quieren. Si no molestás, nadie te molesta. 
Los chantas pululan –esa palabra se la oí a mi dueña-, son como el perejil. Crecen, se multiplican. Lo peor es que a algunas personas las engatusan (¿esta vendrá de gato?) y cuando las pobres se avivan, ya es tarde. 
En la radio, todos los días hablan de esas cosas. Hay chantas que llaman por teléfono a los viejitos y les dicen que les van a dar plata, que vayan al cajero y no sé qué más. Lo escuché en la radio, pero yo no entiendo. También están los que parecen buenitos, pero son más malos que la sarna. Y yo sé lo que es la sarna, antes de que me adoptaran, tuve. Me picaba todo, y no me alcanzaban las patas para rascarme. Menos mal que una señora se dio cuenta y me puso un polvito para curarme. Después, cuando me adoptaron, ya no tuve más problema porque me bañan y me llevan a la veterinaria. La veterinaria es la médica de los cuatro patas. 
Otros chantas son los que nos tienen cuando somos cachorros y los entretenemos. Cuando nos ponemos viejos y tenemos problemas nos abandonan. 
El grupo chanta siempre es humano. Los animales somos nobles, jamás chantearíamos a un animal. Ni se nos ocurriría. Por eso me gustaría barrerlos. 
¿Me enseñan a usar la escoba? (Adela)


Contradicciones

Miro Arquitectura y Estilo. Construcciones en el mundo. 
Quiero hacerme una casa modesta y cómoda. El terreno no es mi problema, ya lo tengo. 
Es el lugar que a mí me gusta. Un valle... el arroyo que baja de las sierras y una frondosa vegetación. 
Hasta aquí, no llega en masa el mayor depredador: ¡el hombre! 
Queda muy lejos de la supuesta civilización. Los pulmones reciben aire sin smog. Los oídos no se contaminan con los ruidos de las ciudades. 
Los ojos reciben, ahora que es primavera, los diferentes colores. Las sensaciones se alimentan de la frescura y los aromas del paisaje. 
Los animales tienen su espacio. Algunos más domésticos se acercan. Otros, mantienen distancia. Intuyen sus límites. 
¡No! No es una isla, hay vecinos. Tenemos el mismo interés: vivir lejos de lo que daña y nos daña. 
Sigo en mi tarea. Paso cinco páginas consecutivas. Me detengo. 
Reflexiono. ¡Cuántos castillos! ¡Sólo en una pequeña región de ese país del Norte! ¡Lujos! ¡Innecesarios! 
Muchas dependencias. Piscinas, parques para variados deportes, muebles y enseres innumerables... 
Leo su costo. ¡Un precio exorbitante! ¿Cuántas personas pueden tener acceso a esas viviendas? 
Viene a mi mente mi cuenta bancaria. ¡Con un poco de suerte, ¿una habitación?! 
¡Cuántos desamparados podrían tener su techo simple, con lo básico! ¡Sí! Si en el mundo respiráramos equilibrio, empatía... ¡y algo más! 
El olor de la tinta pasa por mi nariz, baja hasta mi garganta. Dejo de hojear y de un golpe cierro la revista. 
Pienso en mi nuevo hogar. Las ventanas que miran al sol que nace en la mañana. Varios acordes naturales que me despiertan. El olor a pasto húmedo. Y, cuando la buena estación del año tome su descanso, un humeante guiso de lentejas y un vaso de Malbec sacien mis contradicciones junto a la chimenea. (Josefina)


Peripecias de Halloween

Halloween es un evento extranjero. Su origen está en Europa, pero lo que más conocemos es el de Estados Unidos. Su significado se pierde en la historia humana. Hoy se lo asocia a brujas, calabazas y cuentos de miedo. El cine hizo conocida esta fiesta en el mundo y hoy, en nuestro país, vemos algunos niños disfrazados pidiendo golosinas los 31 de octubre. 
¿A qué viene esta perorata? A que la penetración cultural invadió mi familia. Los chicos son chicos, se entiende que quieran imitar esa celebración que conocen a través de las películas. Pero que un adulto, hecho y derecho, como Roberto reviva su infancia disfrazado, recorra las calles acompañando a sus sobrinos casa por casa, es demasiado. 
A eso agreguémosle que decora el frente de su morada con adornos afines al tema: esqueletos de papel maché, zapallos calados con caras, fantasmas y, como guinda del postre, la jaulita de Pepote, su tarántula mascota. 
El año pasado se disfrazó de tío Patilludo o tío Rico, como más les guste. Tiene mucha habilidad como artesano, eso hay que reconocerlo. Esa vez se fabricó una máscara de papel maché igual a la de este personaje de Disney y también se hizo la ropa adecuada. En lugar de bastón llevaba una escoba y simulaba amenazas para que los niños consiguieran más golosinas. En el barrio todos lo conocen y, por eso, se prestaban al juego. Además, es muy capaz de estallar un petardo en el jardín de los remisos a regalar. 
Sin embargo, no contó con Doña Chola. Se había mudado hacía muy poco tiempo y no le gustaban demasiado los niños. Encima tenía un perro, Ripper, de un aspecto acorde a su nombre. No contestó la puerta cuando los chicos tocaron el timbre; ante su decepción, él encendió un petardo, pero la puerta se abrió de golpe y salió el pichicho como un torpedo. 
Roberto tiró el petardo y salió corriendo con el perro detrás, los niños gritaban, los vecinos reían al ver el pato gigante tratando de eludir al can que alcanzó a morder el almohadón que simulaba la cola. Él no se detuvo y corrió varias cuadras con el perro enganchado en su trasero, hasta que se soltó. Aparte del susto que se llevó, Doña Chola lo denunció por maltrato animal. 
¿Ustedes creen que Roberto aprendió la lección? Nada de eso, ya está planeando el próximo Halloween. La familia tiembla. (Alicia M.) 


Maruja la bruja 

Maruja la bruja se mira al espejo y ante la pregunta ¿Quién es la bruja más bruja de todas las brujas?, el espejo le responde como siempre: —¡Vos Maruja! 
—¿Y la más fea? —vuelve a preguntar la bruja. 
—La más fea ya no sos vos. Ahora es Clodomira. Acaba de llegar al barrio. 
—¡No! ¡Noooo! —grita como loca Maruja. 
—Así es —le contesta el espejo serenamente—. Tiene la nariz más puntiaguda, con arrugas asquerosamente negras, ojos lagañosos, orejas de sapo, piel áspera como cartón corrugado y un pelo negro negro enredado y lleno de piojos. Ese pelo largo le llega hasta sus pies y cuando pasa nos barre las veredas a todos los vecinos. 
Maruja se pone furiosa. ¿Cómo puede ser que una nueva bruja le saque el título de reina de las brujas a ella? Ella, que siempre había estado primera en la lista del barrio Brujeril. 
Como buena especialista en embrujos se pone a preparar una pócima para embellecerse, perdón, quiero decir para afearse más. Busca su caldero y coloca dentro: quince pelos de gato, siete uñas de murciélagos, piojos de arañas, mocos de caracol y una lágrima de cocodrilo. Revuelve bien y pone al fuego hasta que rompa el hervor. 
Mientras espera, va al ropero para buscar la vestimenta más raída, sucia y oscura… Pero, en un descuido, la ventana se abre y caen adentro de la olla flores del jardín y el viento arroja cantos de los más bellos pájaros del lugar. 
Cuando el brebaje está listo, la bruja lo toma. Olvida mirarse al espejo y sale a encontrarse con sus amigos. 
Cuando la ven gritan alarmados —¡¿Quién sos?! ¿Un hada? ¿Una princesa? Este es el barrio de las brujas…¡¡¡Fueraaaaa!!! 
Despavorida, corre en busca de su espejo. Se mira y casi cae desplomada en el suelo. La imagen que le devuelve es de una bella mujer: nariz respingada, ojos claros, piel aterciopelada, cabellos sedosos y una voz dulce y cantarina como el gorjeo de los pájaros. 
Maruja grita, patalea, llora… 
Al enterarse de la noticia, vienen de todos los medios para filmarla y entrevistarla. Se preguntan: “Cómo una bruja re bruja se convierte en una bella mujer”. 
Maruja espía por su ventana y la cierra con rabia. 
—¡Qué salga de la choza! —gritan unos. 
—¡Queremos filmarla! —gritan otros. 
—Vamos, Maruja, salí y desfilá. Vas a ser famosa. 
La bruja, ahora con cara de ángel y canto de pájaro, pone cien llaves a sus puertas y candados a sus ventanas. 
Todavía permanece encerrada, tratando de encontrar un nuevo brebaje que le devuelva el título de la bruja re bruja y más fea de todas las brujas del barrio Brujeril. (Alicia G)

 


 


sábado, 10 de octubre de 2020

Vigesimocuarta consigna en cuarentena


Otra vez en libertad 

Hace tanto tiempo que no voy que me irrita presentarme así, sin avisar, sin una vestimenta apropiada. No sé con quién voy a encontrarme… ¿seguirán allí mis amigos de antaño? Y si están, ¿aún se considerarán mis amigos? Lo dudo, hace tiempo que no los veo. 
¿Cómo se explica, después de tantos años, un regreso no esperado? Tal vez ya nadie se acuerde de mí, o de los detalles de mi ausencia. De lo que sí estoy seguro, es de que todos saben dónde estuve, pero pocos se preguntan por qué. En realidad, ni yo mismo lo sé. Tal vez ese fue mi error: ¡no pensar, sino actuar! 
Debo concentrarme en mí y no prejuzgar ni prejuzgarme. Soy un hombre diferente de aquel que conocieron. Ni mejor ni peor, sólo distinto. 
Es curioso, se supone que debo estar feliz, pero las preocupaciones no me dejan disfrutar lo bueno de este instante. ¿Qué otras sorpresas tendrá la vida para mí? Siento que tanta presión sobre mi futuro está enloqueciéndome. Lo único que me falta es terminar en un neuropsiquiátrico y no volver a disfrutar de mi libertad. 
¿Alguna vez, mi libertad volverá a ser absoluta? ¿O esta mochila me acompañará por siempre? ¡Tantas preguntas sin respuesta! 
Se dice que nadie es absolutamente dueño de su vida. No debo impacientarme, sólo volver a aprender a caminar más allá de las rejas. (Fabiana)


La cola de Corbata 

"El perro tiene tan larga la cola que le cuesta descifrar el pensamiento." 
Observo al Corbata, el perro callejero que todas las noches se junta en la vereda con el resto de los que no tienen dueño asignado. 
Mancha, Pulgoso y Bella. Esta, castrada, se pavonea entre ellos haciendo alarde de su coquetería canina y su castidad. 
¡Qué placer verlos juntos! ¡Son tan disciplinados! 
Cada uno tiene su lugar y característica. Mancha se acuesta en el cantero del árbol que está en el este. En el ojo derecho, una extraña aureola roja destaca el azul del iris. El izquierdo es marrón. ¡Las sorpresas de la genética! 
Pulgoso, como su nombre lo dice, se rasca continuamente. Las pulgas hacen caso omiso a la efectividad de la pipeta que le puse. ¿Será alergia? Su condominio es la entrada del portón del auto. 
De Bella, ya dije lo que la destaca. Y, como una reina en su trono, ocupa el banquito de azulejos. 
¡El Corbata! ¡Qué intriga! 
Sí. Su detalle es la corbata blanca que nace en su cuello y se extiende hasta el inicio de sus patas delanteras. Parece más una camisa. Dos botones negros y... un novio perfecto vestido de frac. 
Él se sienta en el cordón de la vereda. Lo miro, me mira... y otra vez lo miro. 
A mis vecinos les comento: "¡A estos animales solo les falta hablar!” 
Corbata me desorienta. Su larga cola que barre la calle, se agita tanto que pareciera que por ahí se van sus pensamientos. (Josefina)


¿Cómo estás hoy? 

Tengo tanto sueño que lloro como una niña. Esta es su frase preferida. Me causa gracia oírla. Yo soy capaz de llorar de risa, pero cuando tengo sueño, bostezo, estiro los brazos, me voy a dormir. 
Nos encanta exagerar lo que nos pasa usando frases rimbombantes. Si nos escucháramos, no reconoceríamos nuestra personalidad. Cuando las dicen otros nos reímos o asombramos. 
Las palabras “tan” y “tanto” que no dicen la cantidad, no dicen “cuánto es” lo que nos pasa, son muy útiles para expresar nuestra desdicha o nuestra felicidad. 
El tengo tanto sueño que… es la respuesta a mi pregunta: ¿cómo estás hoy? Pregunté por decir algo, la verdad es que no me importa su estado. ¡Es tan cargosa! Le gusta victimizarse, se queja. Desde que la conozco, vive con sueño y eso que se acuesta antes de las doce y duerme toda la mañana. Claro, ella no cocina, ni limpia como lo hago yo. En su casa hay mucama, cocinera, chofer. Yo, en cambio, hago todo eso. 
Cuando la escucho me río, pero tengo un poco de envidia. Debe ser lindo tener tanto sueño como para llorar. (Adela)


De límites y palmera 

Mi hermano es tan cargoso que parece tocar el cielo; de mi paciencia. Molesta, insiste -como dice Verónica, mi hermana mayor- “de la tierra al cielo”. No encontramos manera de hacerle entender que su actitud nos incomoda, nos perjudica, altera a toda la familia. Alan -de él se trata- es el más chico de los tres hermanos. Siempre fue el consentido de nuestros padres. Toda travesura era y es perdonada. Continuamente entrometido en nuestras cosas, no nos da tregua. Ahora, que es adolescente, no saben qué hacer con él. Mi madre propuso enviarlo a un psicólogo primero, o a un psiquiatra después. Mi papá, que ingrese a una escuela militar “para hacerse hombre”. Lo que no pudieron hacer ellos, pretende que lo hagan otros con una educación rígida y disciplinada. Mi abuela, que también opina, dice que lo ideal es un convento de curas. Yo, que he sufrido tanto por su culpa sólo quiero borrarlo de la faz de la tierra. Me espantó cada novio que tuve. Mis amigas dejaron de visitarme cansadas de los momentos tan desagradables que les hizo pasar. 
Verónica fue la que encontró la manera de neutralizarlo; mejor dicho, fue Ignacio -y ella estuvo muy de acuerdo-, con quién planea casarse dentro de poco. Hace un tiempo gritó: “¡A éste hay que ubicarlo en la palmera!”. De sorpresa le dio dos tremendas cachetadas, lo desmayó por un rato. Santo remedio. Parece que entendió “la indirecta”. Jamás volvió a molestarlos ni a inmiscuirse en sus vidas, pero en la mía sí. Acrecentó mis penurias. 
Estuve pensando… nada de conventos, ni escuelas, ni especialistas. No son soluciones aceptables, al menos, es mi parecer. Es evidente que al malcriado hay que marcarle límites. Está acostado escuchando música con auriculares. Allá voy… (Alcira)


Pergamino 

Estábamos tan distraídos que no pude dejar de leerlo. No era la primera vez que pasaba esa noche. Por alguna razón ajena al comportamiento natural, hacíamos todo lo contrario a nuestra voluntad. Debíamos liberarnos de eso, pero no podíamos. 
Un día antes, habíamos encontrado un maletín con objetos ancestrales y un pergamino. Aunque mamá aconsejó no leerlo ni usar nada, obedecimos al ferviente espíritu adolescente de desobedecer. Ahí empezó todo. 
El pergamino era tan indescifrable como atrayente. Con jeroglíficos que mostraban escenas de asesinatos y grandes orgías. 
Mientras que Pablo, Irene y yo estábamos hipnotizados, mamá miraba televisión. En el noticiero hablaban de un nuevo femicidio en la ciudad. Un hombre liberado por un juez irresponsable que descuartizó a su novia y la escondió en una valija. Mamá dijo: “Ay, pobrecita. No quisiera morir de esa forma y, menos que menos, no recibir cristiana sepultura”. 
Después de eso, Pablo la sujetó, Irene tomó un cuchillo y desprendieron sus órganos uno a uno. Yo quedé inmóvil, disfrutando con gran tristeza. Luego, mis hermanos se besaron. 
Los gritos despertaron a mi padre. Cuando lo miramos, suplicó: “¡No me maten!”. Creo que ningún forense podría contar la cantidad de veces que el cuchillo entró en su cuerpo. Pablo estuvo casi dos horas apuñalando su vientre mientras que Irene, desnuda, se masturbaba mirando la escena. 
Las sirenas tardaron en aparecer, algo extraño en un vecindario de chismosos. Mis hermanos terminaron de sacar algunos órganos de mamá y los colocaron desprolijos en el maletín. Escaparon por la puerta de atrás. Yo los seguí. 
Les pedí ¡por favor! que no escaparan. 
Pablo gritó: “¡Viene la policía, corramos!”. Irene huyó en dirección a la comisaría, con el maletín mal cerrado y vísceras colgando; la sangre marcaba el camino y dejaba pistas de su trayecto. 
Pablo se reía con ganas de llorar, pero quería que ella dejara de correr y tirara el maletín en algún terreno o contenedor de basura. “Dejá de correr y tirá el maletín”, gritó. 
Mamá no merecía eso… 
Dentro de la confusión, entendí la situación. Desde anoche, hacíamos todo lo contrario a lo que deseábamos o, tal vez, deseábamos algunas cosas, pero no las restringíamos. 
“Entreguémonos”, grité. 
En ese momento, Irene y Pablo cambiaron de dirección y corrieron hacia el bosque. 
Después de encontrarnos, les dije: “Por ninguna razón se hagan daño”. Casi en automático comenzaron a pelearse de tal forma que a los pocos minutos ambos quedaron desangrados en el piso. 
Aunque el juez me haya sentenciado y las cámaras de seguridad y testigos me acusen, seguiré insistiendo que fue el pergamino. ¡El maldito pergamino! (Martín)


Tiempos eran los de antes 

La niebla es tan espesa que me iría a la cama ya. ¿Quién me vería si salgo? Tendría que ser fluorescente para ser visible. Así, transparente como soy, pasaría desapercibido en la densa oscuridad. Aparte, ningún ser humano se aventuraría al descampado con este frío. ¿Para qué? A menos que huyera de la justicia o tuviera algún otro motivo urgente o misterioso. 
¡Cómo me divertía cuando este castillo formaba parte del itinerario turístico! Solía producir sonidos de cadenas, o esos agudos quejidos lastimeros que tanto asustaban a los visitantes. ¡Era famoso! Sin embargo, todo fue en decadencia. Ya no hay circuitos que pasen por aquí. No hay gente para asustar. 
Estoy aburrido y me siento viejo. Me pesan los cientos de años desde que me convertí en esto. Soy realmente un alma en pena errante. Vago por cada rincón de estas ruinas. Por las noches, las corrientes de aire o los pájaros nocturnos me molestan un poco, pero me acurruco y logro dormir un rato. 
¡Si por lo menos tuviera algún colega para conversar de tiempos idos! 
No es tan sencillo ser un fantasma. ¡Es muy solitario! (Liliana)


Invitación al amor 

El pino es tan alto, que al final aceptó. Dudó bastante antes de acceder a su pedido. Es que ese árbol no sólo es muy muy alto, sino que sus hojas -agujas en punta-, asustan a Cleo. Pero la propuesta es tentadora: ¡Una casa allí, en la cima! No puede resistirse. 
“Es como tocar el cielo con las manos”, piensa. Un nido tibio con pompones suaves, capullos de algodón, plumas de colores robadas al viento, colchón de granos y flores de estación. 
Echa un vistazo hacia arriba. Aquella mirada acaricia su plumaje y las alas, abanicos multicolores, la invitan a subir. Canto dulce arrulla sus oídos. 
No lo piensa más. Su pecho se agita. Cierra los ojos y despliega sus aletas, remos temblorosos, y sube de un tirón. El corazón palpita y su pequeño cuerpo tiembla, anhelante. Espera a encontrarse con Dido, Jilguero de brillantes matices, que la aguarda para iniciar juntos una vida de amor, en esta primavera que promete perfumes, colores y mucho amor. (Alicia G.)


Un novio caprichoso

Fue tan insistente que me ensordeció. Toda la vida fue obstinado, tan pertinaz que es imposible lograr un mínimo acuerdo si no aceptás sus condiciones al cien por ciento. También puede ser encantador y convencerte de que todo es por tu bien. Nos conocemos desde pequeños y fui yo quien le presentó a Cintia. 
Mi prima Cintia es una muchacha sensata, tranquila y muy paciente. Vino a estudiar periodismo y se alojó en mi casa. Por mí conoció a Damián. Al principio todo fue bien. Eran una hermosa pareja. Él era un poco dominante, pero ella sabía manejarlo. Justo en el último año de la carrera le ofrecieron una pasantía en una revista. Por supuesto, ella aceptó entusiasmada; pero Damián se opuso desde un principio. 
Argumentaba que no le convenía porque se retrasaría en terminar la carrera, que todo cambiaría entre ellos ya que no tendrían tiempo para dedicarse y una serie de razones, una más absurda que la otra. 
Cintia tuvo mucha paciencia, sin embargo, dejó bien en claro que aceptaría el trabajo. Así que él recurrió a mí para convencerla. Se obstinó en que lo ayudara a hacerla cambiar de opinión. Yo no tengo la paciencia de mi prima y me hartó. Le dije unas cuantas cosas: que era un egoísta y que en lugar de apoyarla le ponía obstáculos por puro capricho; que de esa manera lo único que conseguiría sería que Cintia rompiera con él y que yo le daría toda la razón. 
No sé si entró en razón, pero lo cierto es que, por una vez, dejó de ser tan insistente. Tal vez reflexione sobre su proceder y se enmiende. Sinceramente lo espero, porque de lo contrario perderá a Cintia. (Alicia M.)


Revelación 

El sonido fue tan agudo que lo arrastró. En otros mundos, los segundos se prolongaban, pero aquí, se detuvo el tiempo. Sentí un calor intenso recorrer mi cuerpo, un abrazo de sol tocó mi carne como un amor enfermo, calando hondo mis huesos. 
Volamos como aves ciegas, padeciendo la libertad de nunca haber querido. Estoy confundida, tan aturdida que el silencio me lastima, aún más que las superficiales heridas. 
Necesito sentir, pero te odio, ¿acaso no es el odio un sentimiento? Uno que no quiero sentir. Desearía arrancarlo, como amarga raíz. Y cocinarla, y quizás, también cocinarte. 
Mis ojos se visten de luto. Una caravana de lágrimas desciende de mí. 
Como en una película, se suceden incesantes las imágenes en mi memoria. 
Los recuerdos, ¡Ah, los recuerdos! Así se sentía ser feliz… y por la misma causa, hoy puedo sentir que me apago, sin remedio, estoy muriendo. 
Gritar no es suficiente, pero es ineludiblemente necesario. (Matías)



sábado, 3 de octubre de 2020

Vigesimotercera consigna en cuarentena


Entre harinas y condimentos 

Abuela Carmen era hermosa, emprendedora y decidida. Con veinte años se animó a cruzar el océano Atlántico y subir a ese barco que la trajo desde España hasta Argentina. 
Joven, alegre, no soñó que la vida transcurriría entre cacerolas, sartenes, dulces y verduras frescas de su quinta. 
Se casó joven. Vivió en el campo y luego en la ciudad. 
En cada lugar por donde pasó dejó su magia de sabores, alegría y buen humor. 
Abrió una casa de comidas. Los comensales halagaban sus platos. El aroma llegaba desde la cocina y se esparcía por todo el local. Lo más rico, lo más fresco recorría cada mesa. 
La sal la ponía ella, mi abuela, doña Carmen para los clientes, que con su gracia española y entre el jaleo de los calentadores regalaba sonrisas. 
Recuerdo su empanada gallega, amasada con ímpetu, convicción… Ese relleno de sabores: el pollo, criado en los gallineros de su patio, sazonado con aromáticas; el dulzor del pimentón español, los ajíes y cebollas picados con esmero. 
Al cortarla desbordaba en jugos, trozos de pollo bañados en salsa, y la masa crocante era música a los oídos y manjar que se deshacía en el paladar. 
Mi abuela también tejía. Tejía lanas con sabores a huerta: tomates rojos, verdes legumbres, amarillos limones y naranjas brillantes. Y cocinaba tejiendo aromas, entrelazando vegetales, superponiendo tramas de carnes y masas. 
Tejidos y masas. Harinas y hebras. Texturas y aromas. Todas y cada una guiadas por las manos de mi abu Carmen. Abuela querida, maga del tejido y hechicera de sabores. (Alicia G.)


Como la abuela 

Mis treinta agostos los iba a pasar en casa con mi familia. Hacía tiempo que no lo hacía. Cuando terminé el Secundario viajé a otra provincia a estudiar. Me recibí, hice un postgrado y me permití unas pequeñas y merecidas vacaciones. 
Esta vez no pude dormir en el micro, tal vez porque ya estaba distendida. Igual cerré los ojos para soñar despierta. Llegaría a casa, saludaría a mamá, a papá, a mi hermano y cuando estuviera en mi habitación -sigue siendo mi habitación-, buscaría el cuaderno. 
Ustedes se preguntarán “¿qué cuaderno?”. Les cuento. Mi abuela cocinaba riquísimo, anotaba las recetas en un cuaderno de tapa azul. Cuando mis padres vendieron la casa, yo, sin que se dieran cuenta, escondí el cuaderno en mi pieza. Mamá no se enteró y si lo hizo nunca dijo nada. 
Mamá cocina muy bien pero no tanto como la abuela. 
Recuerdo una receta que me volvía loca: arroz con pollo o con mariscos. Volví al aroma del pollo dorándose en la cacerola, al sonido de la cuchara de madera haciendo danzar al arroz para que no se pegara, la vi a la abuela con su delantal y su paciencia. 
La abuela había anotado: 
Para hacer un arroz hay que fijarse muy bien en las proporciones: Una taza de arroz y tres de caldo.
Y después anotó los ingredientes: 
-aceite de oliva 
-arroz del bueno 
-una cápsula de azafrán (o si no tenés, cúrcuma) 
-pollo o mariscos 
-morrón 
-huevos (uno por cada comensal) 
-arvejas (si querés) 
A continuación, con una caligrafía digna del mejor libro y con una birome azul de rasgo fino, escribió: 
Echá aceite en la olla o en la cacerola. Dorá el pollo (sin piel). Averiguá qué presa les gusta. Si tenés que ahorrar, no preguntes nada. Una vez que lo doraste, retirálo de la olla y echá en ella la taza de arroz. Revolvéla con una cuchara de madera para que no se pegue. Volvé a colocar el pollo en la olla y agregá tres tazas de caldo. Si hacés arroz con pollo, el caldo debe ser de pollo. Echále una capsulita de azafrán o una cucharita de cúrcuma y morrones picaditos. Los de lata son mejores porque ya están casi cocidos. 
Cuando falta poco para que termine de cocinarse, rompés un huevo por cada comensal para que te quede al colchón, agregá una lata de arvejas y esperá que se evapore el caldo. 
Hacé bailar un poco a la olla para que no se peguen los ingredientes. 
Si en vez de pollo, usás mariscos no tenés que dorarlos. Hacés el arroz como te dije y casi al terminar, agregás los mariscos. 
Cuando el caldo se evaporó, apagá el fuego, dejá reposar y a comer. 
La receta parecía de un libro de cocina. No sé si la abuela sabía escribir, pero acá parecía que le hablaba a alguien. Y no sigo porque se me “pianta” un lagrimón. (Adela)


Relato gastronómico de un desencuentro amoroso 

¡Ay! ¿Qué te puedo decir, mi querido amigo? ¡Fui un papafritas! ¡Me perdí un verdadero pucherito! Estaba re buena la rusita. Cabello como barba de choclo maduro. Por ojos, dos uvas transparentes. Sus mejillas, manzanas rojas, deliciosas y brillantes; boca de fresa; besos de miel. Fue un verdadero banquete en mi vida. Era como tener medialunas caseras, recién horneadas, todos los días. Tibia, sabrosa, con un aroma inigualable. 
Por ella, hubiera vivido de pan y cebolla toda mi vida, como reza el dicho. Te lo digo de verdad, yo hubiera sido feliz. Levantarme cada día para ir a trabajar y al volver, preparar juntos la cena para dos, compartiendo tareas, aromas y sabores que se entremezclan mientras pasan las horas. ¿Vos te imaginás lo que era verla con ese porotito que tiene de naricita manchada de harina al amasar? Tomábamos un rico vinito como antesala de la comida, y antes de acostarnos, algo dulce con un buen café. Dicen que la cocina es la alquimia del amor, y así era para mí. 
Pero ella no aguantó. Quería otros manjares, no la comida sencilla que podía ofrecerle. Y… aceituna comida, carozo afuera… (yo sería el carozo, por si no te diste cuenta). 
Se cansó de mí y me dejó. Buscó otros platos gourmet para disfrutar. 
Amigo, al pan, pan, y al vino, vino. No me pasaré llorando toda la vida. A falta de una hogaza, buenas son tortas. Tendré que salir a buscar alguna sabrosona por allí con la cual gozar la vida. Seguro encuentro una morena piel canela, labios de chocolate y ojos caramelo. 
Lo primero que haré será invitarla a cenar. (Liliana)


Sabores, placeres y venganza 

La primorosa caja contiene un delicioso surtido de bombones. El niño toma uno en sus deditos regordetes y la convida sonriente. 
—Rico, abuela —le dice y vuelve a jugar. 
Le sonríe mientras el dulce bocado se deshace en su boca. Saborea el chocolate. Lo siente en cada una de sus papilas y suspira. Siempre sostuvo que el chocolate es capaz de volver hedonista al más estoico de los mortales. 
Fue en una chocolatería donde lo conoció. Su primer amor. La primera pasión. Ella atendía la caja. Unas pocas palabras intercambiadas desembocaron en una invitación a tomar un café al terminar su horario. Deslumbrada, aceptó. 
A esa primera cita siguieron otras. El amor los envolvió en una llamarada voraz. Siempre decían que el chocolate los unía, mientras él lo mordía de su boca y juntos lo gozaban al hacer el amor. 
Hicieron de ese alimento su fetiche, lo saboreaban de todas las maneras posibles: en cálidas fondues donde sumergían golosos, jugosas frutillas, suntuosos trozos de mangos aterciopelados, y los acompañaban con champaña que burbujeaba la pasión en su sangre. Volcanes de corazón caliente que se derramaba cual lava oscura en el plato; combinaciones extravagantes como chocolate con queso o pan; especiado con curry, con pimienta. Todo celebraba su amor 
Ella lo vivía plenamente sin dobleces, él tenía sus secretos. Ella lo descubrió cuando supo que estaba embarazada y fue a contárselo. Su reacción la asustó, la miró con dureza, le dijo que no podía ser, le pidió que se deshiciera del bebé. Confundida y herida, ella huyó. 
A los pocos días supo el porqué de su actitud. Llegó a la chocolatería un importante pedido para una fiesta de casamiento. Leer el nombre de los novios la congeló. Todo su mundo se convirtió en polvo. Él se casaba, y “la otra” era la hija de un prestigioso socio de la empresa donde trabajaba. 
Quiso confrontarlo, que le dijera cara a cara la verdad… y él lo hizo. Le dijo que la quería, sí; pero tenía sus ambiciones y no pensaba renunciar a ellas. Ese matrimonio era muy conveniente para lograr concretarlas, aunque eso no significaba que no pudieran seguir juntos. Cuando ella comprendió el lugar que le destinaba en su vida, lo odió. 
Saber que su amor solo había sido una ilusión la devastó, su cuerpo no toleró el fruto del engaño. Perdió el bebé, y también sintió que perdía el alma. 
Fue noticia de primera plana. En una fiesta de la alta sociedad donde se celebraba la boda de la hija de un importante empresario, el novio sufrió un gravísimo choque anafiláctico. Se temía por su vida. Las revistas de chismes especulaban si la novia sería viuda antes de la luna de miel. 
Una algarabía alarmada la vuelve al presente. Uno de sus nietos se lastimó la rodilla; los demás lo rodean mientras la madre acude presurosa. Con la caja de bombones en la mano se acerca. Un dulce acabará con el dolor y el susto. 
¡Qué fácil fue introducirse en la cocina donde el repostero preparaba la especialidad de la casa! Una torta con rellenos de distintos tipos de chocolate. Solo tuvo que agregar pasta de maní a uno de ellos mientras nadie la veía. Era lo único prohibido en sus placeres debido a la terrible alergia de él. Curioso que un alimento que es una delicia para muchos, sea un veneno para algunos, pensó. 
Esa vez, probó el extático sabor de la venganza. (Alicia M.)


Iniciación 

Equinoccio de primavera. Está todo dispuesto. El aquelarre comienza en un claro del bosque. Las hechiceras enmascaradas bailan con frenesí. Las jóvenes vírgenes, luciendo prendas de colores transparentes entonan cánticos ancestrales. 
El caldero está al rojo vivo, un líquido viscoso burbujea en su interior. 
La mujer del boticario trajo las hierbas, la del médico agregó drogas. Las demás colaboraron con ingredientes variados y extravagantes. 
La más anciana de la comunidad, con túnica y sombrero negro controla con atención que se cumpla la receta a la perfección. Antes de la medianoche, la vieja se quedará a solas para agregar en el preparado la sustancia secreta, esa que recibió de sus “ancestras” y legará a otra antes de morir. 
Este conocimiento pasó de una a otra maga mayor desde el alba de los tiempos. Se utiliza para reforzar la virilidad e incentivar los deseos carnales de los muchachos del poblado. 
Al amanecer, la pócima será el centro de las festividades. Los elegidos, con los cuerpos adornados con colores llamativos, la beberán en una ceremonia de adoración a sus dioses paganos. 
Durante el solsticio de invierno, se renovarán las familias con los nacimientos bendecidos por las deidades. (Alcira)


Merluza desespinada

Catalina era una adolescente. Vivía en una casa grande con varias habitaciones. Los recuerdos habitaban cada rincón de esa vieja mansión, convertida con el paso del tiempo en una modesta estancia. 
La familia de Cata estaba compuesta por sus padres, dos hermanas mayores y la abuela materna. 
Una noche de verano, había un cumpleaños en el vecindario. Era común la reunión de los que circundaban la manzana. Asistían a celebrar diferentes eventos. 
"¡Qué oportunidad!", pensó la jovencita. 
Arguyó tener dolor de panza para no ir. 
A la mamá no le gustaba que se quedara sola. Apenas tenía quince años. Carecía de experiencia para ciertas responsabilidades. 
—Quedate —le recomendó su mamá —cualquier cosa, nos llamás por WhatsApp
¡Al fin sola!, pensó. Ella ya sabía dónde estaba la llave de la habitación misteriosa. 
Corrió al secreter de su madre, sacó la cajita de música y tomó el instrumento adecuado para conocer el secreto. 
Abrió la cerradura. ¡Oh, sorpresa! Se encontró con ese mundo desconocido e intrigante. 
¡Nada espectacular! Una cama de una plaza, dos mesitas de luz, un ropero antiguo y un viejo baúl. Sobre este, una carpeta de hilo crudo tejida al crochet que hacía juego con el acolchado. 
¡Qué desilusión! Miró nuevamente hacia el baúl. Se acercó. Notó que estaba abierto. Levantó la tapa. Un vestido de novia, amarillento, algunas fotos color sepia. En una de ellas, una pareja de jóvenes. Ella sonriente, linda, de cabellos rojizos. Él, un apuesto caballero. 
Dedujo que todo lo que estaba ahí era de la hermana de su bisabuela, o sea, la tía de la cual se hablaba con cierto cuidado. Además, había libros en una esquina, un sobre de cuero artesanal, hecho a mano. 
Metió ansiosa la mano y un montón de recetas de cocina con olor a comidas, aparecieron ante su vista. 
Entendió el porqué de la importancia del arte culinario. Esta tía lejana era una experta cocinera. 
El cocido Barcelonés tenía un árbol y el siguiente mensaje: “en este almendro y con los nervios de la media gallina, nos dimos nuestro primer beso. Cocimos todos los ingredientes para transitar nuestro amor.” 
La de la sopa de ajo tenía dos corazones. “cuando estén dorados, casi quemados, el pimentón caerá sobre las rebanadas de pan. El olor nos envolverá en una nube de pasión, como la hogaza salida del horno.” 
Y así, sucesivamente, cada receta con su cita. 
Había una que la sorprendió. Merluza en salsa verde. Una cruz negra rezaba: "quedé solterona por causa de la espina que se mezcló entre los guisantes, el perejil y el azafrán." 
A partir de entonces, comprendió por qué su abuela insistía en que se comprara la merluza desespinada. 
Entre rezongos, advertía: “¡Cuidado al comer las arvejas, las cebollas! Revisar bien todo lo que ha de acompañar los pescados. ¡No sea cosa, que los pretendientes dejen más solteronas en la familia!” (Josefina)


Las recetas de la abuela. 

La abuela vino de España con unas paisanas, como ella les decía, porque pertenecían a la misma aldea. ¡Hacer ese viaje hacia lo desconocido, con sólo diecinueve años! Muchas veces me dije: “¿Lo hacían por valientes y osadas o por ignorantes?” 
De su terruño pocas cosas trajo, pero sí un recetario de comidas. 
La abuela era analfabeta. Ella decía que los “curas” enseñaban a leer y escribir a los varones, porque las mujeres tenían que ocuparse de la casa. 
Es por ello que ese recetario imaginario no quedó plasmado en ningún papel. 
Aún hoy, al cerrar los ojos, percibo el aroma y el sabor de algunas de sus preparaciones. 
Su casa quedaba en el fondo. Adelante había un paredón con una puerta de hierro, que al abrirla comunicaba con un largo pasillo de ladrillos techado por un parral, del cual colgaban racimos de uvas negras, blancas, moscatel. A ambos lados bordeaban unas diminutas flores, las únicas en el vasto terreno en el que lucían tres olivos, un nogal, un almendro, una higuera, un limonero y un árbol de duraznos con injertos de damasco. Y la infaltable huerta. 
Lo primordial era tener a mano verduras y frutas. Resabios de su España natal. 
Entrar al comedor, que era la sala principal, era mágico. En el enorme aparador de roble estaban alineados en sus estantes frascos de distintos tamaños y colores, con dulces y mermeladas preparados con los frutos cosechados. La abuela nos daba uno a cada nieto cuando la visitábamos. Yo agradecía, pero sinceramente nunca me gustaron, porque su sabor era ácido. También frascos con conservas, aceitunas verdes y aceitunas negras, arrugadas, exquisitas. 
En una habitación bautizada como despensa, colgaban de un cordel tiras de chorizos colorados caseros. El aroma era inconfundible. Ni hablar de la pata de jamón que ella había salado. Una bolsa con galletas de campo completaba la escena. 
Afuera, sobre una pared a la sombra, al lado del aljibe, la fiambrera: una especie de jaula de madera con alambre mosquitero para que entre el aire y no las moscas. Allí atesoraban salames, longanizas y las infaltables palomitas o pecetos mechados con panceta, ajo y perejil, y muchos, muchos condimentos picantes que oficiaban de conservantes. 
En sus cumpleaños preparaba chocolate espeso con leche, jamás volví a saborear algo igual. 
Sí recuerdo la receta de su torta, receta que quedó en la memoria de sus hijas, luego de sus nietas, y hasta allí, porque la generación siguiente compra y no hace. 
La torta de la abuela llevaba: 20 cucharadas de harina; 20 cucharadas de leche; 20 cucharadas de azúcar; 20 cucharadas de aceite; 4 huevos. Y el decorado era espolvorear con azúcar impalpable. 
Sin embargo, el premio mayor eran sus palmeritas, doradas, crocantes. Las freía y sacaba de la cacerola con una espumadera chorreante e iban a parar a un papel absorbente. Eran mi debilidad. Yo, aprovechando que ella creía en los “antojos”, logré que me hiciera una fuente en cada uno de mis tres embarazos. 
Jamás volveré a tener ese placer, porque nunca pudimos copiar la receta. Ella tenía las medidas en sus manos, y decía: “un poco de esto, un poco de aquello. Tú sabes, hasta que ligue y la masa esté suave”. 
Los tiempos cambiaron. El abastecimiento lo hacemos a través del supermercado, las recetas las copiamos de la tele. Y en nuestros patios lucen las plantas decorativas. 
Nostalgias de tiempos idos, que se llevaron sabores y fragancias. (Susana)


Frente a frente 

Marcela estaba aburrida y decidió hacer lo que su amiga Ana le venía sugiriendo hacía varios meses: hacerse una cuenta en Tinder, la red social para citas. Allí conoció a Fermín, un solterón algo excedido de peso, muy amable y divertido. Congeniaron enseguida. El sentido del humor fue el nexo principal; el gusto por las películas, la buena música y los viajes eran temas secundarios. 
Al mes de estar mensajeándose varias veces al día, decidieron conocerse. Los dos tenían miedo a este primer encuentro, tecnología de por medio era todo muy fácil y natural, pero frente a frente tal vez las cosas serían diferentes. 
Había un tema recurrente en los mensajes de él: amaba comer y cocinar. Ella no se entusiasmaba por ninguna de las dos cosas, aunque sabía que era un buen tema para ese primer encuentro. Lo invitó a su casa y prometió cocinarle. Ante su ignorancia para hacer algo original contó, una vez más, con la complicidad de su amiga. 
Durante días fue tomando nota de los ingredientes preferidos. La rúcula le recordaba el patio de los abuelos. Los tomates frescos, al viaje al Mediterráneo. El salmón, a sus meses vividos en Noruega. La miel, a las tardes de campo en la adolescencia. El chocolate, a los primeros días de escuela. La albahaca, a las travesuras de la niñez. El café no debía faltar en ninguna primera cita, igual que el vino blanco. Los platos rápidos representaban informalidad y confianza. En pocos minutos, Ana ideó unas "bruschettas" y unos "brochettes" deliciosos, y una "marquise" a la que agregó frutos rojos y nueces (tenían buena prensa). El menú tenía la elegancia de la sencillez; combinada con una mesa con individuales coloridos, música suave y buena iluminación sería una cita perfecta. 
No está bien hablar de enfermedades y malestares en las primeras charlas, y menos si hay una intención de conquistar a otra persona. Por eso, Fermín nunca mencionó su alergia a los condimentos. A la medianoche, justo antes de probar el postre, comenzó a sentir mareos y a transpirar en exceso. Unos minutos después, la respiración se le dificultaba y unas manchas púrpuras comenzaron a cubrirle el rostro. Se asustaron mucho, y mucho más cuando directamente lo ingresaron a la terapia intensiva. 
Ella no sabía, ni podía, reparar el inconveniente; ni siquiera conocía los condimentos que tenía la comida. 
Él podría haberse enojado, huir porque ella le había mentido diciendo que había cocinado. 
Pero era tarde… Tanto detalle y dedicación, ya lo habían enamorado. (Fabiana)


Hoy, justo hoy

Como todos los días, a las 20:59 salgo del salón de clases y corro a la garita a esperar el colectivo que me lleva a la terminal para hacer combinación con la línea interurbana. “No veo la hora de llegar a casa y sacarme estas chatitas ajustadas”, pienso mientras hago la cola para subir al otro colectivo. Una escapada por la confitería al mediodía y algunos mates amargos con pasta frola que trajo mi compañera de estudios, me recuerdan que tengo hambre. Viajar a esta hora es pelear por un asiento que me permita descansar, y hasta dormir, los sesenta minutos que dura el recorrido. Así que a los empellones me abro paso. Logro sentarme en uno individual y apoyo la cabeza automáticamente en el vidrio, como si mi cuerpo conociera la rutina. En el asiento de adelante, una mujer viaja con la ventanilla entreabierta. Y no sé si es mi imaginación, pero un aroma a ¡pizza! se cuela en mis fosas nasales. Abro los ojos sorprendida y descubro que acabamos de pasar por El mundo de la pizza. De inmediato, mando un WhatsApp a mi madre: 
"Vieja K comemos?" 
"Lo mismo k todos los miércoles". 
"Ok t kiero!", respondo y un ruido de barriga se escucha en el silencio del viaje. Miro hacia todos lados con los colores subiendo por mi cara, pero nadie se da cuenta. La mayoría de los pasajeros sentados dormita. Y los que van parados están distraídos, mirando y tecleando en el celular abstraídos cada cual en su mundo. Entonces, miro la ciudad oscura por la ventanilla hasta que salimos hacia la ruta. El vaivén del movimiento y la monotonía del paisaje nocturno me aburren... y al rato estoy imaginando la variedad de pizzas que preparó esta noche mi mamá. Por lo general, nunca faltan con morrones y aceitunas. Son aceitunas verdes y negras caseras que prepara el tío de mi papá. Otra, de tomate en rodajas y ajo picado bien chiquito con aceite de oliva, y no sería noche de pizzas si en la mesa no hubiera de panceta y huevo frito con los bordes bien crocantes. Es una tradición familiar que los miércoles se amasen las pizzas. Esto se instaló hace unos años, cuando mi papá se jubiló y comenzó a tener más tiempo libre. Hizo varios cursos de manipulación de alimentos. En uno de ellos, que cursaba justamente los días miércoles, preparaban las masas de prepizzas que traía luego a casa. Es así como nació el hábito que con el tiempo se afianzó. A mitad de semana, nos reunimos alrededor de la mesa de dos metros de largo la familia completa: mis hermanas con sus novios, mi hermano, mis papás, la tía Carlota con su pareja y yo. Es un ritual que mantiene a la familia conectada y da respiro de las preocupaciones cotidianas. 
Me bajo a tres cuadras de casa, las papilas gustativas parecen saber que estoy cerca y siento cómo salivan de más preparándose para un festejo. Al doblar la esquina, veo la cuadra llena de autos estacionados y a mi tía fumando un cigarro a escondidas. El bullicio se escucha desde la puerta. La saludo con un abrazo y entramos juntas. Parece que quiere decirme algo, pero la interrumpo y voy a saludar a mamá y al resto. La tía me chista desde el otro lado de la mesa y me señala un lugar en la silla de al lado para que me siente ahí. Sin pensarlo demasiado, me cruzo. Me sirvo una porción y quedo petrificada. Miro a mi tía. Ella asienta con la cabeza. 
—¡Noooo! —grito desesperada. 
Todo el mundo se silencia. Parece una escena de terror. 
—¿Cómo pudiste hacerme esto? —continúo. Y levanto la porción del plato enseñándosela a mi mamá. Todos giran la cabeza para mirar, intrigados. 
—Es una nueva receta —sentencia ella con total tranquilidad y sigue hablando con mi cuñado. 
Yo creo que la mato. La miro con furia. El estómago se me cierra. Me levanto y voy a la cocina proliferando maldiciones. ¿¡Hoy, justo hoy, se le ocurre incursionar en otra receta!? ¿Cómo pudo destrozar una creación tan perfecta?, ¿a quién se le ocurre pizza de polenta? ¡Con lo que odio la polenta! 
Me voy a mi dormitorio convencida de tener toda la razón. 
Con mi madre apenas nos hablamos. Hoy es miércoles, pero esta vez pido delivery. (Silvia)


El secreto

Recostado en mi cama, miro el techo. Busco formas en la madera. Veo caras y cuerpos. Nada parece estimularme en este domingo frío y lluvioso. De pronto, escucho un ruido estrepitoso que proviene de la cocina e invade la armonía del silencio. Son cacerolas, platos y cubiertos. Con arrebato, me levanto y me precipito a observar lo que sucede. Es ella, sonrío al verla.
Rompiendo la monotonía, me acerco a su encuentro. Contemplo la mesada repleta de utensilios.
—¿Qué vas a hacer, ma? —pregunto, mientras acaricio su espalda.
Se acomoda los lentes y, tomando el libro de recetas de Choly Berreteaga, señala: torta tibia de arándanos.
—Uuuh, ¡Que delicia! —exclamo, al tiempo que mis papilas comienzan a saborear el resultado. Mamá tiene una mano única, y no es precisamente por sus años de experiencia como repostera, sino porque sus creaciones son mágicas, tienen algo que va más allá del sabor. Cautivan y deleitan.
—La receta lleva 200 gramos de harina 0000, para dar fuerza a la masa; dos cucharaditas de polvo de hornear, para ayudar a leudar; 250 gramos de azúcar; tres huevos; 80 gramos de manteca y una cucharadita de esencia de vainilla —narra a medida que, meticulosamente, inicia el proceso de homogeneización de los ingredientes, volcándolos en el bol.
La observo embelesado. Su naturalidad genera en mí sosiego.
—¿Me alcanzas los arándanos y la mermelada que están en la heladera? —me pregunta con las manos embadurnadas de masa. Sin dudarlo, busco lo solicitado y se lo acerco. Completa la preparación.
—Bueno, enmantecamos, enharinamos ¡y llevamos al horno! —resuelve con alegría.  
Transcurrido el tiempo de cocción, verifica introduciendo un palillo en medio de la torta. Lo observa. Esta lista. Un delicioso aroma se propaga por la cocina y toda la casa, invitando a papá y mi hermana.
Busco un cuchillo y corto porciones. Nos regocijamos y deshacemos en elogios con mamá. Que sabor increíble y maravilloso.
—Mami, ¿Cuál es tu secreto para que todo siempre te salga tan exquisito? —le pregunto, rendido ante su magnificencia.
—Es amor, hijo. Todo lo que hago, lo hago siempre con amor —responde sonriendo con total satisfacción. (Matías)

 





sábado, 26 de septiembre de 2020

Vigesimosegunda consigna en cuarentena


Túnel

Al pasar la luz, ellos lo esperaban.
(Susana)


Reencuentro

Veinte años después, volvió. (Alicia M.)


Hotel cinco estrellas

La policía la encontró tendida; vestía únicamente su corpiño de encaje.
(Silvia)


Tiempos difíciles

Él reza y se pregunta: ¿Para qué? ¿Dios tiene todo planeado o a veces improvisa?
(Fabiana)


Encuentro

Tu silueta recostada en la pared...
Me abrazó cuando di vuelta la esquina.
(Alicia G.)
 

Luz 

Recostado, observo. Escucho mis latidos. Bips. Una mujer se acerca. Se admira,
exclama, ríe. Con lágrimas en los ojos, sale. (Matías)


Indeciso 

El insomnio lo sorprendió mientras descansaba en el sillón mecedor del living. Cuando despertó, recordó haber soñado que el insomnio lo había sorprendido mientras descansaba en un sillón.
(Adela)


Deseo cumplido

Se impulsó con placer en la hamaca del parque; quería llegar al cielo.
Golpe fuerte, oscuridad…
Curiosidad infantil que la guía hacia la luz blanca, brillante.
(Alcira)


El viajero y el tiempo

Su destino era viajar.
Caminó desde antes de los tiempos.
Vio montañas y ríos. Creció el bosque y las flores. Los animales incomodaron su presencia. Tuvo que compartir.
Pensó. Razonó. 
Observó en la noche la luna y las estrellas. El sol y las nubes matizaron el día.
Creyó descubrir el Universo.
(Josefina)


En peligro 

El viejo pescador volvió a su casa natal en Villa del Mar. Quiso recorrer la playa de su infancia. Caminó bajo la plantación de eucaliptos, le agradaba su perfume junto al salobre del mar. Pasó entre los tamariscos costeros. Sorteó unos cuantos juncos. Hundió sus piernas en el barro hasta llegar a las rocas donde solía cosechar moluscos y... ¡no encontró ni un cangrejo en el humedal!
(Liliana)


Regaño

María vomita desde la mañana. La noche está por caer y no llamarán a la ambulancia; la tía Lucía ya curó su empacho. La pequeña René juega en la habitación, está enojada porque su madre la regañó. La madrugada se presenta y María ya no respira. 
René esconde el frasco en su casita de muñecas. (Martín)





martes, 22 de septiembre de 2020

Siembra y poesía

En esta Siembra de Libros en cuarentena, compartimos de manera virtual junto al Club de Lectura Punta Alta y la Biblioteca Alberdi, párrafos de cuentos, novelas y poesías donde se mencionan flores.


Desde la Sala Virtual de Taller, participamos de esta actividad soltando versos que luego se unieron en un poema colaborativo, bajo la forma de cadáver exquisito.

  La primavera hace renacer las flores y renueva nuestras emociones

  hoy, su mirada fue más que eso

  llegó; el rosal me lo había anunciado

  desparrama tu aroma sobre el suelo infértil

  grillo que cantas; música para mi corazón

  brilla con la intensidad del día que amanece

  poesía y primavera viajarán al futuro.


(Participaron: Susana, Adela, Alicia, Fabiana, Silvia, Alcira, Josefina)



sábado, 19 de septiembre de 2020

Vigesimoprimera consigna en cuarentena

Cosa de Locos



⇣  Silvia


Su vida era la que cualquiera podría desear. Garfio era apuesto, muy atlético, y de mediana edad. Tenía una manía que escondía desde siempre. Durante el día sus hábitos eran ordenados, y hasta metódicos. Se levantaba, daba vueltas por la casa, desayunaba y se volvía a tirar en el sillón. Por la tarde nada diferente, se levantaba daba unas vueltas, comía algo y vuelta al sillón. 
Lo singular, y llamativo, era su rutina noctámbula. Cuando todos estaban acostados, y el televisor del dormitorio se silenciaba hasta el día siguiente, Garfio se transformaba en el más descocado de todos los ladrones. Salía sigiloso en medio de la noche. No le importaba si era la más estrellada, la más cerrada o incluso la más lluviosa. Trepaba los tapiales vecinos y avanzaba entre patios silenciosos sin que nada lo perturbara. Todas las noches recorría entre seis y diez kilómetros en cualquier dirección: norte, sur, este u oeste. La meta era traer un suvenir a casa. 
Cierto día, Claudia, su dueña, encontró con sorpresa cinco zapatillas de diferentes tamaños y colores, pero lo raro era que ninguno tenía su par. Llamó a su esposo y le preguntó si él había llevado ese calzado para algún proyecto de caridad, y su cara le dijo todo. ¡Estaba tan sorprendido como ella con aquel hallazgo! 
Cada tanto, seguían apareciendo en el jardín o en el garaje alguna zapatilla o zapato. Ante tanta intriga decidieron tomar cartas en el asunto. Llamaron a una empresa de seguridad para colocar cámaras. ¡Tenían que descubrir ese misterio! 
El barrio era muy tranquilo, la mayoría eran familias con hijos pequeños o recién casados. A Claudia y a Ismael les gustaba sentarse en el patio luego de un día agitado en el trabajo. La serenidad del paisaje los invitaba a relajarse y tomar una copita de vino con Garfio a su lado. 
Los días pasaron y las apariciones cesaron. Casi se habían olvidado de aquel incidente hasta que volvió a suceder. Las alertas despertaron la curiosidad de Ismael que decidió buscar en las cintas de las cámaras. 
—¡Claudia, subí! —gritó desde el ático donde tenía la computadora y el sistema de monitoreo. Los dos miraban las secuencias de las cintas sin dar crédito a lo que estaban viendo. 
Garfio aparecía en todas las tomas. Todos los días con un calzado diferente entre sus dientes. No salían de su asombro. Corrieron directo al hueco de la escalera donde mostraba la filmación y… 
—¡¡Oh, por dios!!—, dijeron a la vez. 
Allí estaba el calzado que había comenzado a reclamar el barrio completo. El tesoro escondido se había convertido en: la zapatilla rosa, y la ojota Hawaiana, y la sandalia negra, y la zapatilla de lona, y el mocasín y la chinela de Power Ranger. 


⇣  Fabiana

La poca organización fue siempre una compañía en nuestros viajes. Sin hora de salida ni de llegada. ¡Ni siquiera lugar de destino! Cada idea se modifica cada diez kilómetros; es así que, de cada aventura, hay muchas anécdotas. 
La primera noche de nuestra última travesía fue inolvidable. Nos dirigíamos hacia Mendoza por unos días. ¿Mendoza ciudad o Mendoza provincia? No sabíamos. No conocíamos y nos daba lo mismo. La elección de la ruta fue un error. Nos llevaba a destino, pero no era la más corta, ni la más aconsejada. 
Luego de doce horas de viaje (en las que conocimos Parque Luro y Santa Rosa, además de transitar ruta), llegamos a Santa Isabel, un pequeño poblado pampeano alejado de otros sitios urbanos. Estábamos a ciento sesenta kilómetros de la próxima ciudad y se avecinaba una tormenta muy fuerte (al día siguiente los diarios la titularon como la mayor tormenta eléctrica en la historia, en el mundo). Luego de una fuerte discusión con mi esposo, que aún no cree en la intuición femenina, decidimos quedarnos a dormir allí. No había muchos sitios para hacerlo, y los dos primeros que consultamos estaban completos con los obreros de una importante construcción. 
El tercer lugar era el que el destino había reservado para nosotros. Se promocionaba como comedor con alojamiento. Al ingresar nos esperaba un “tenedor libre” con olor a vinagre. Seis mesas con sus sillas vacías rodeaban las ensaladas resecas. Una persona poco amable se acercó y nos dijo que había lugar. Pedimos ver la habitación (como si tuviéramos otras alternativas). Era un sitio sumamente precario. Techo de chapas mal clavadas, un piso que hacía varias semanas que no se le acercaba un trapo, un cubrecama remendado, humedad que desteñía las paredes llevándose también un poco de revoque y un baño privado del que oíamos gotear agua. No había plan B. Era eso o la ruta desconocida con truenos, rayos y piedras. 
Acepté de muy mala gana. Consideré que, con el cansancio, la discusión, el hambre, y la tormenta ya era suficiente. La cumbia invadió mis oídos haciendo crecer mi mal humor. 
A puertas cerradas, nos miramos y nos dio un ataque de risas y nervios que duró varios minutos. Decidimos comer algo, pero ¿Dónde? ¿Qué? Nos daba miedo dejar allí nuestras pertenencias. Acordamos en dormir un rato, y seguir camino apenas pase la tormenta. Nos acostamos vestidos; sin embargo, no estábamos solos, entre todas las alimañas que nunca vimos ni oímos, un perro ladrador nos acompañó un largo rato bajo nuestra ventana, al igual que la cumbia. 
Con las primeras luces de la mañana nos dispusimos a bañarnos. Nunca logramos que el agua llegara al caño de la ducha, sí llegó al lavatorio, pero no era trasparente, inodora, ni insípida. Nos vestimos exclamando: “vamos rápido, no vaya a ser que con esta agua nos quieran preparar el desayuno”. Mientras yo cargaba cosas en el auto, desde el espacio destinado al tenedor libre, mi marido me dijo: “¡Vení! Si te lo cuento, no me creés”. Observé las mesas con platos sucios, ropa y calzado de niños y adultos tirados en las sillas; juguetes, botellas vacías, y ese olor rancio de la noche anterior. Mientras tanto, una mujer despeinada, envuelta con una especie de bata de toalla nos preguntó si necesitábamos algo. “Dejar la llave”, dijimos al unísono mientras casi corríamos hacia la salida. 
Antes de retomar la ruta, buscando un lugar para desayunar y lavarnos aunque sea la cara y los dientes, pensábamos que seguramente en ninguna fiesta griega hubo tantos olores desagradables, tanta suciedad, tanto descuido, tanta extravagancia, tanto desorden, tanta contaminación y tantas ganas de huir.


⇣  Adela

El aroma a café la despertó con la dulzura que el despertador nunca logró. Las chinelas la invitaron a ir a la cocina. Aceptó la invitación y con una sonrisa corrió las cortinas del living, abrió la alacena, sacó su taza preferida, un sobrecito de edulcorante y el plato con las masas vienesas que habían quedado de la noche anterior. 
Afuera, en el jardín, una rosa la saludó anunciando la próxima primavera mientras un colibrí se posaba en una rama. 
La naturaleza en calma y ocho horas de sueño lograron el milagro del descanso anhelado. 
Carola no sabía de pausas, su juventud no conocía los recreos. Días de adrenalina, corridas de un lugar a otro para buscar la nota. El celular y sus mensajes. Sabía que ser escritora de una revista no es para cualquiera, la creatividad no puede dormir. Hay que estar informado, actualizado, infoxicado. 
Mientras degustaba su infusión preferida, soñaba con las vacaciones en una playa con arena tibia, con el canto de las olas, con un sol que como la mejor batería cargaba su cuerpo de energía. 
Hacía mucho que no desayunaba sentada, que su mente no desayunaba sentada; con flores, colibríes, chinelas, paz. 
Nada es para siempre le recordó el sonido del celular. Su socia la llamaba. 
—Caro, sé que es tu día libre, pero debemos cerrar la edición de la revista y nos queda un espacio sin cubrir. ¿Podés escribir un artículo? ¡Dále, amiga! 
Se esfumó el aroma a café, la rosa miró para otro lado, el colibrí voló. En el plato ya no quedaban masas vienesas. 
"¿Sobre qué se escribe cuando uno está en calma, cuando vive el milagro de un descanso?", meditaba. "La abuela Nina hubiera respondido: 'Cosas de locos'”. 
La abuela volvió a ser su musa y le dictó: A los humanos nos piden que hagamos bien las cosas y que sigamos lo políticamente correcto y que hablemos con corrección y que seamos amables y que evitemos las agresiones y que maduremos y que… 
—¡Abuela!, ¡abuela!, ¿qué más escribo?


⇣  Susana

Ahí va, con su pollera floreada, larga hasta los pies, su blusa llena de puntillas y una capelina con un gran moño violeta. 
Juana se balancea con su paso inseguro. Los años pesan en su cuerpo, pero se niega a usar bastón. Todos se dan vuelta para mirarla por la excentricidad de su vestimenta. Parece sacada de una estampa del año 1950. Detenida en el tiempo, vive sola en la vieja casona del barrio. Allí nació y se crio. 
De una familia numerosa, sólo queda ella. Sus hermanas armaron sus propias familias y partieron a distintos destinos. Sus padres murieron. 
Y así, le ganó la soledad. Nada cambió en su casa. Mantiene todo igual. Entrar a ella es como entrar a un museo. 
Todas las tardes sale a caminar. Su mirada perdida, a veces canta por la calle. Los chicos se ríen y le gritan “Juana, la loca”. 
Un día, Celina, la más antigua del barrio, le contó al grupo de vecinas que murmuraban por lo bajo, la historia que Juana sufrió en su juventud. 
Era muy bonita. A los diecisiete años se enamoró de un forastero que vino a trabajar a una empresa de la zona. Alfredo era alto, atlético y muy buen mozo. Poco tiempo transcurrió para que formalizaran su noviazgo y luego planearan su casamiento. Los preparativos de una gran fiesta en el salón del club social. Todos los detalles: vestido, ajuar, el viaje de luna de miel y las invitaciones a familiares y amistades. 
Dos semanas antes de la fecha de la boda, Alfredo sacó pasajes hacia su provincia natal para ir a buscar a sus padres. 
Llegó el día esperado y Alfredo no apareció. 
Fueron vanos los llamados al número telefónico que él había dejado. Fueron vanas las cartas y telegramas enviados. La desilusión y el desencanto le ganaron a las lágrimas. La enajenación, al desconsuelo. 
A pesar de eso, aun así, sigue acariciando el amarillento vestido que cuelga en su ropero; aun así, todos los días revisa el buzón; aun así, acude corriendo cada vez que suena el teléfono; aun así, camina a la espera de verlo doblar la esquina. Aun así, se siente novia que espera a su amado; aun así, no deja de soñar.


  Alicia G.

Falta poco para el día del niño. Abuela me pide que vaya a su casa que tiene sorpresas. 
Cuando llega el domingo, mamá me lleva bien temprano. 
Día de fiesta para mí. Me divierto mucho cuando estoy con mis abuelos. 
La abuela, desde la ventana, saluda a mamá quien se va rápido para aprovechar el día con “tantas cosas que tiene que hacer”, como dice ella. 
—Abrí la puerta, Agustín —me dice abuela Jacinta. 
Cuando abro, una piñata se rompe y caen caramelos, chupetines y un mundo de papelitos de colores. 
—¡Qué susto, abu!, pero qué divertido… 
Y allí me doy cuenta de que la abuela tiene un sombrero con plumas, un vestido largo y zapatos de taco alto… 
—Abu, pareces una princesa… 
—Si “La princesa Jacinta Pinta Distinta” 
Después de juntar y comer, juntar y comer tantas y tantas golosinas, nos tiramos en el sillón a reírnos. 
Una música se escucha cada vez más cerca. De pronto, globos de colores se asoman por la puerta del patio. 
Y detrás de ellos, UN PAYASO que baila, canta al ritmo de la música y hace sonar un silbato. Me mira y me llama por mi nombre. 
Esa voz la conozco, pienso… 
—Abuelo, ¡Qué sorpresa! —grito. 
Jugamos, bailamos, damos vuelta carnero, rodamos por el suelo, reventamos globos. 
Abuelo Ramón trabajó en un circo cuando era joven. 
—No perdiste tus habilidades y tu buen humor —le digo. 
¡Qué linda mañana de juegos y anécdotas con mi abuelo! 
Jacinta, mi abuela, no nos deja entrar a la cocina mientras prepara la comida. “¡Es una sorpresa!”, nos dice. 
—¡Más sorpresas, abuela! Me duele la panza de tanto reírme. 
Cuando vamos a comer, la mesa está preparada con mantel de círculos brillantes, platos con dibujos y, en el centro, una sopera gigante con tapa dorada. 
—Abuela, SOPA NOOO… No me gusta… 
—Esta es distinta. Levantá la tapa —me responde. 
Cuando la alzo, una rana salta y comienza a brincar de plato en plato. 
No paro de reírme. —¡Abuela, ¡qué loquita estás! 
Sopa no tomamos ni comimos rana. La rana, a la que bautizamos con el nombre de Pancracia, la llevamos al jardín y nosotros disfrutamos milanesas con papas fritas. ¡Mi plato preferido! De postre helado de crema y chocolate con dulce de leche. 
Después nos tiramos en la alfombra a contar cuentos de monstruos, brujas, dinosaurios y otros que a mí me encantan. 
De pronto, escuchamos GRRR GRuajj ZUmm y… allí lo vimos: el abuelo acostado en la alfombra, roncando como un rinoceronte. 
A la tarde, cuando me despido, los abrazo fuerte, fuerte y les pido que pronto organicen otra fiesta tan linda como la de hoy aunque no sea el día del niño. Porque el día del niño es cada día con abuelos como los míos. 
Mamá, al llegar a casa me pregunta cómo fue mi día y cuál, la sorpresa. 
—Uy, mamá, fueron tantas cosas… Había piñata y caramelos y globos y colores y helado y lo más, lo más, lo más lindo ver a la abuela vestida de princesa y al abuelo de payaso. 
—¡Qué divertido! ¿Verdad hijo? 
—¡Sí, mamá! Más qué divertido, fue una COSA DE LOCOS.


⇣  Alcira

Para festejar sus veinticinco años de casados, mis padres organizaron un segundo viaje de bodas. ¡Mi alegría tocó el cielo! Estaba planeando cómo pasar dos semanas solo en el departamento: juntada con amigos, play, comer y dormir, cuando escuché que alguien me decía: “vos te quedás en la cabaña del río”. Me desarmó todo el proyecto, y agregó: “aprovechá a ordenar el cuartito de los recuerdos”. La que llaman “cabaña” es un rancho que levantó el abuelo hace mil años. El “cuartito” es un galpón para guardar porquerías viejas. 
Esto pasó hace más de una semana, quedan pocos días, no tengo alternativa. Allá voy… lo primero que veo es un cuaderno rosa, adornado con flores descoloridas. Es el diario íntimo de mi abuela. Dice: “querido diario, hoy conocí a mi príncipe azul…” ¡Puaj!, lo guardo en el último estante. 
Pilas de revistas El Gráfico con hojas amarillentas. Seguro eran del abuelo que se las dejó a mi papá. Ocupan todo el estante de arriba. Encuentro un libro de poesías de Gustavo Adolfo Bécquer ─no sé quién es─, tiene una dedicatoria: “Para mi amada con amor de Joaquín para Elvira” ─mis papás─, esta pavada va a otro rincón. 
Me llama la atención una caja blanca rodeada de cintas, tiene un vestido de novia. Supongo que era de la abuela o de una tía vieja. Hay muñecas Barby en un cajón enorme, que serían de mi hermana mayor. Las telas de arañas abundan junto a pelotas de todos los tamaños. Sillas de mimbre grandes y chicas, lámparas, cuadros, máquinas de coser y tejer que voy acomodando como puedo. ¡Yo tiraría todo y armaría una sala de juegos con pantallas gigantes en las cuatro paredes! ¡No entiendo para qué guardan tantas cosas inservibles! 
Mañana regresan, sólo falta bañarme, ¡mi mamá tiene un olfato bárbaro! Podré volver a mi play con mis compañeros, en el departamento del centro. ¡Ojalá se acuerden de traerme un buen regalo! 
Me levanto temprano, lo primero que recibo es un mensaje: “¡Estamos geniales, nos quedamos una semana más!, emoji… emoji… emo…” 
¡Desperté tirado en el suelo, creo que me desmayé! ¡Adiós a toda mi planificación! ¡Me bañé para nada! ¡Esto es inhumano! ¡Ni play, ni amigos, ni regalos, ni nada por lo que valga la pena vivir!


   Josefina

Rosita era una pequeña muy curiosa. 
Por sus cachetes rosados salía la vehemencia por descubrir, por investigar. 
Rosita, no era su verdadero nombre. La llamaban así por la característica en su cara. 
Vivía en un barrio de inmigrantes. 
Las viviendas tenían terrenos extensos. Con animales domésticos, huertas y... no faltaba el colorido y perfumado jardín. 
En primavera se levantaba muy temprano. Antes de ir al cole corría hacia el fondo de su casa. 
Allí estaba todo lo que a ella le gustaba: cortar el trébol y dárselo a comer a los conejos; husmear a mamá coneja con sus nuevas crías; revolear el trigo por los aires para las gallinas y sus pollitos; regar alguna planta; frotar sus manos en las aromáticas y correr a ponerse el guardapolvos para no llegar tarde. 
Pero, había algo más inquietante que la distraía antes de irse para sus obligaciones escolares. 
Detrás del cerco de alambre, cuatro chapas techadas con una ventana y una puerta eran la mirada de ese misterioso hombre. 
Alto, flaco de mirada ausente con unos ojos de un azul profundo. 
Ella había escuchado cuchichear en el vecindario que lo llamaban "El Rompecostillas". 
En su cabecita se atropellaban las preguntas: “¿Tendrá el patio lleno de huesos?, ¿a quién se los habrá roto?” 
Era pacífico. Cuando lo espiaba entre las plantas, sentado en una vieja silla leía un libro gordo y voluminoso. También rezaba. Una a una pasaba las cuentas de un rosario. 
Otra cosa la sorprendía: las plantas de zapallos frondosas, con grandes calabazas. No veía que las regara. “¿Cómo habrán crecido? ¡¿Gracias a sus plegarias?!” 
Pasaron los días. La escena siempre la misma. Rosita no pudo descubrir el misterio del personaje del fondo. Nadie le contaba nada. Ella tampoco preguntaba. 
Una noche, durante la cena escuchó que se tenían que ir de la ciudad a la Capital. 
Por razones de trabajo de papá, dijo su mamá. “¡Un departamento! ¡Qué tristeza!” 
Pasaron los años. Algunos recuerdos se borraron, pero la imagen de ese hombre sin identidad, sin familia quedó grabada en Rosita. 
Un día surgió un viaje inesperado al lugar de su infancia. ¡Era la oportunidad! Develar algunas dudas. 
Ella pidió permiso y entró a su añorado patio. Corrió en busca del fondo. Todo era distinto. El lugar se había convertido en un country. Las huertas, los animales... ya no estaban. 
Perros de raza, canteros de cemento con azaleas, piletas de natación y un tapizado de verde césped. 
Una imagen inolvidable rayó su ángulo ocular, y pensó: "aunque no conocí tu identidad, aunque perturbaste mis sueños, aunque fuiste un misterio y te fuiste sin familia, y te depositaron entre los muertos... sin epitafio".


⇣   Matías 

Dudé en venir a la fiesta de Richie. Soy un poco tímido para relacionarme, principalmente con las mujeres. No son mi fuerte. Pero es viernes, hace mucho que no salgo y, además, él siempre fue muy copado conmigo. Me ayuda con álgebra y otras materias. Soy un tronco con los números. 
No sabía que vive en este barrio, no vine nunca por acá. Está un poco alejado, menos mal que papá me prestó el auto. 
A decir verdad, no sé mucho de él. Nos conocimos en la Uni. Estudiamos informática, es extrovertido, le gustan las fiestas, se chamuya a la profe de sistemas. 
Se ve todo tan tranquilo por fuera, no se escucha ni un ruido, ¿habrán llegado los primeros invitados? 
Al bajar del auto, la noche se siente como aquellas que anuncian la llegada de los climas más cálidos. 
El sonido del timbre de la casa es sublime a mis oídos, es como una melodía clásica. 
Richie abre la puerta. Me recibe entre risas y abrazos. Me agradece por venir. De hecho, me dice que no pensaba que fuese a hacerlo. Y tiene razón. 
¡Qué hermosa es su casa! ¡Tiene hasta un piano! ¡Qué maravillosa decoración, qué lujo! 
Estoy sorprendido. Escucho música, pero no veo a nadie. Le pregunto dónde están todos, y señala hacia el fondo. Es el quincho. De adentro, las luces de colores dibujan extrañas sombras. 
Con cada paso, mi corazón se acelera. Siento un calor que recorre mi cuerpo, que destella como el mar contra las rocas y se desnuda en mis mejillas, ruborizándome. Siento vergüenza al estar con desconocidos. Mi frente evapora las ideas y percibo algunas gotas de sudor. 
Entramos. Las penumbras disimulan mi condición. Sonrío y miro alrededor, buscando alguna mirada cómplice. No conozco a nadie. En el medio hay una mesa larga, me dirijo hacia ella. Está repleta de bebidas. Algunos platos tienen pizza; otros, frituras de las que, generalmente, evito comer. Hoy voy a hacer la excepción. Tengo hambre. Agarro una porción de pizza, está calentita. Le doy un mordisco tal que el queso y la salsa se deslizan hacia un costado, y cae un poco sobre la lona de mi zapatilla blanca. Me río, contagiando a algunos invitados que están sentados en sillas cercanas. Tomo una servilleta y limpio el enchastre, aunque permanece el lamparón. Aprovecho el clímax de confianza y me acerco a quienes rieron conmigo. Todos visten muy bien y huelen delicioso. Qué nivel el de Richie, parece gente del “jet set”. Mujeres de portada de revista y hombres hermosos. Soy como un sapo de otro pozo. 
Mientras bebo, indago con curiosidad acerca de sus vidas. En ese grupo, hay un contador, una empresaria, un despachante de aduana y una artista plástica. 
—¿Cómo conocieron a Richie? —les pregunto. 
—¡En una fiesta! —respondieron casi al unísono. Me cuentan que Richie es como un relacionista público, su carisma compra a todo el mundo. Me resulta extraño que no haya nadie de la Uni. 
Con cierto brío, Richie se acerca, como exaltado. Nos pregunta si todo está bien, si estamos disfrutando. Me abraza y siento en mi oído cómo su chicle chasquea dentro de su boca. Tiene una manera de masticar… mueve la mandíbula, a lo canchero. El contador le dice que se ponga los lentes. Me resulta una completa estupidez, ya que no estamos a la luz del sol. 
Echo un vistazo alrededor, hacia otros invitados. Mejor voy a refugiarme en lo seguro y quedarme con esta gente que estoy hablando. Después del cuarto vaso de cerveza ya no sé cómo voy a hacer para volver a mi casa. No estoy acostumbrado. ¿Y si me hacen alcoholemia y me secuestran el auto? ¡Papá me mata! Mejor voy a comer, así compenso el nivel de alcohol que hay en mi sangre. 
Las amistades de Richie se ven efusivas y alegres. Son raros. Tienen tics nerviosos. La artista se toca la nariz constantemente. A la empresaria, parece que se le salen los ojos y habla a los gritos. El de la aduana no se queda atrás, salta con la música. 
Richie toma un micrófono y comienza a dar unas palabras de agradecimiento. Los invitados vitorean su nombre. Le hago un fondo blanco al vaso de cerveza. Creo que ya me voy. 
¡Amigos y amigas! ¡Es momento de dar inicio al espectáculo de esta noche! ¡Demos la bienvenida a Los Desfachatados
¿Espectáculo? La música se eleva. Suena Village People. Ingresan al quincho unos personajes que parecen salidos de un circo sádico. Enanos con látigos; mujeres disfrazadas con corsé, tan ajustados que parecen avispas y llevan medias de red (eso me excita); hombres con el torso desnudo, con los abdominales marcados y pantalones de cuero; malabaristas en monociclo, haciendo su acto con grandes penes de goma. Todo se vuelve un éxtasis, mientras los miembros de la obra interactúan con los invitados. Los enanos juegan, dando leves azotes a las piernas y nalgas. Todo es risas. Las mujeres avispa, coquetean con los hombres. Una de ellas se acerca a mí, me toma por sorpresa y pone su mano en mi entrepierna, mientras me pasa la lengua por la oreja. Me provoca una erección muy fuerte. Tengo deseo de partirla en dos, como ese corsé que lleva puesto. Me sorprendo de mí mismo y de mis pensamientos. Debo estar ebrio, me siento algo mareado pero el show esta bueno. Prefiero quedarme. 
Los hombres con el torso desnudo bailan, ostentando sus abdominales con las invitadas, y lo hacen de una forma tal, que los roces sacan chispas. 
Los malabaristas son más osados. Van pasando sus penes de goma por la boca de las mujeres y por las nalgas de los hombres. A mí no me gusta, pero como todo es parte de un show, me dejo llevar y sonrío. 
Todos parecen salidos del manicomio. Richie está en cuero, con lentes, mascando chicle, transpirado y con un trago en la mano. Lo rodean mujeres hermosas. Algunos invitados permanecen interactuando con Los Desfachatados; cada vez, con más lujuria. Voy a tirarle onda a la artista plástica. Me gusta el arte, y creo que caería bien en casa si llegara a ser mi novia. Se mueve sin parar, es como una medusa. Masca chicle, fuma, bebe, baila. ¡Qué linda es! Bebo un largo trago de cerveza. 
—¡Qué buena se puso la fiesta! —busco su atención. 
—¡¡Si!!, así son las fiestas de Richie —me dice sonriendo. Pero vos estas muy tranquilo, tengo algo que te puede hacer entrar en sintonía. Me lleva a un costado, ¿me dará un beso? 
—¿Dulce o truco? —me pregunta. Si le digo dulce, ¿me dará el beso? Y si le digo truco, ¿con qué se saldrá? 
Me quedo mirándola y ella repite, espera mi respuesta. 
—Dale, nene, ¿dulce o truco? 
Opto por la primera opción, así me aseguro el beso. No voy a negarme, aunque tenga ese sabor asqueroso a cigarro. Pero mi sorpresa es aún mayor cuando saca de su tan delicada cartera, una latita, chiquita y rectangular. 
—¿Tomás? —me pregunta, mientras me pasa su vaso. 
—Sí, gracias. 
¡Estoy tomando un montón esta noche! Mientras doy un sorbo, la escucho dar una profunda inhalación. Se toca ligeramente la nariz. 
—¡Ahora te toca a vos! —agarra mi vaso y me da la latita. Observo el interior. 
—¿Qué es esto? —pregunto. 
Se ríe a carcajadas. Le sigo la corriente, aunque sin entender. 
—¿De verdad, no sabes qué es? —pregunta, con sorpresa e indignación. 
—No... —respondo, con denodada inocencia. 
—Es cocaína, pero de la buena. Pura. Richie no anda con giladas. Entonces, ¿De dónde lo conoces? 
—Lo conozco de la Uni, estudiamos juntos — estoy desconcertado, es evidente que él no es un mero estudiante. 
Ella se ríe. 
—Richie es un genio. Probá. Siempre hay una primera vez en la vida para todo. 
Dudo. Es cierto lo que ella dice, pero tengo tantos tabúes que me están taladrando: que las drogas son malas, que son adictivas, que te matan. ¿Y si lo hago una vez y ya está? Sólo por esta noche. Después de todo, hay que vivir las experiencias. 
—¿Cómo se hace? —le paso la latita, para que me muestre. 
—Así, mirá —inhala nuevamente. Se limpia la nariz y me pasa la cajita. Introduzco el tubito en mi nariz e inhalo, tan fuerte como ella hizo. De pronto, mi garganta se cierra y siento una hiel que la recorre. Me sugiere que beba un sorbo de su vaso, “para bajarla”. Siento los dientes sensibles. Mi mandíbula comienza a temblar, y no es por causa del frío. Sin saber cómo, me siento efusivo y alterado. Quiero hablar con todos, joder a los enanos, tener sexo con la mujer avispa. Siento ganas de hacer cosas que, hasta el momento, no se me habían ocurrido. ¿Habrán estado dormidas todo este tiempo? Parece que no es tan malo esto, después de todo. Ahora, siento la fiesta a flor de piel. Todo es perfecto. Esta es una noche soñada. 
De repente, se abre la puerta del quincho. Escucho gritos y disparos. ¡Todo el mundo al suelo! ¡Policía! ¡Bang, bang! ¡Nadie se mueva! 
La música suena. En mi posición fetal, comienzo a dar arcadas. Vomito. 
—¡Señor Ricardo Bonifatti! ¡Levántese con las manos detrás de la cabeza! —increpa un oficial. 
Richie se levanta, boquiabierto, con los lentes torcidos. 
—¡Su domicilio tiene orden de allanamiento! Usted se encuentra imputado por hechos que lo relacionan con lavado de dinero y narcotráfico, y liderar la banda de Los Desfachatados. Queda detenido, junto con todos los aquí presentes.
¡¿Quééé?! ¡¿Van a llevarme?! ¿Y voy a quedar detenido? ¿Y el auto de papá? ¿Y mi carrera? ¿Y mi vida? Y ahora, ¿qué hago? 
¡Mierda!, nunca debí haber venido.


⇣ Alicia M.

La familia Fracaselli arribó en pleno al lujoso hotel. Un golpe de suerte hizo que mamá Fracaselli ganara una estadía de fin de semana para cuatro personas en el Gran Hotel Luxor. Papá Fracaselli, muy pragmático, propuso recibir el dinero, ya que la familia estaba compuesta por cinco miembros. Antes de que su esposa dijera algo, afirmó que por nada del mundo dejaría a su anciana y frágil madre sola en casa. Su media naranja se tragó su opinión acerca de lo anciana y frágil que podía ser su suegra y aceptó que pagaran una estadía más para la susodicha. 
La llegada fue memorable; los atónitos empleados jamás los olvidarán. Los retoños Fracaselli, Marisa de siete años y Robertito de diez, entraron como una tromba e hicieron sobresaltar a los huéspedes. Los adultos, cargados de valijas, saludaron dando grandes voces muy alegres. Tuvieron que dividirse en tres grupos para subir por el ascensor. Mamá, Marisa y tres valijas, por un lado; papá, Robertito, dos valijas y un bolso, por el otro. Ultima, la abuela Fracaselli, sin valijas, pero apenas entraba en el ascensor. 
Todos, de muy buen apetito, invadían el comedor; los mozos apenas daban abasto con sus pedidos. Tuvieron que conseguir una silla especial después de que la abuela inutilizara dos al sentarse. Cuando llegaban a la piscina, los demás huéspedes se retiraban, algunos discretamente, otros huían francamente despavoridos; ya que la abuela enseñaba a los nietos a tirarse al agua haciendo bomba. 
A las excursiones del hotel fueron una sola vez. Los niños se perdieron y hubo que buscarlos con la policía. Desde el conserje hasta el botones ponían los ojos en blanco, extenuados, cada vez que los veían pasar pidiendo servicio a los gritos. 
Llegó el fin de la estadía para alivio de los sufridos empleados. La familia depositó el equipaje en el vestíbulo, sospechosamente más abultado que cuando llegaron. Mientras dejaban la llave y firmaban el retiro se oyó cómo una valija se abría de golpe. El piso quedó alfombrado por dos batas y un par de chinelas y cinco toallas y tres fundas y un juego completo de sábanas. Todo con el logo del hotel.