Sobre el Taller Literario "Punto Seguido"

Este Taller Literario es coordinado por la escritora Leticia Marconi y tiene lugar en Punta Alta, Prov. de Buenos Aires, Argentina.

domingo, 24 de octubre de 2021

Predominio

 

Sueña

Duendes en el árbol de la plaza. Seres que hacen soñar. En junio, a la noche, todos velan.
Caras con magia hacen humor en la aldea. Un perro, dos gatos, una abeja, los teros y un reloj viejo que canta.
Vuela un lápiz sobre un papel y un manto surca la tarde. Risas. Besos. Ganas de vivir y de crear.
Corren los niños atrás de un globo que… ¿salta?
Un padre lleva en el brazo un bolso de sus hijos.
Luces, una blanca como oveja que da leche dulce para mojar panes ricos.
Jamás dejes aquel deseo de ser el héroe y creer en un mundo de paz. (Adela)


Goleada

Yolanda busca novio. Gusta de Ángel.
Ánimo Ángel. Antes cuidá campo, acabá cerco chico y barré salón.
Luego comé berros, arroz, carne; catá vinos y bebé cafés.
Feliz cantá, buceá, rompé balón, clavá arpón.
¿Saben? Ángel, ahora, apoya arzón araña. Chulo. Brama. Afina. Clava.
Yolanda, guapa, acepta. Ángel ganar. Héroe. Genio.
Gozan, gimen, besan. Fuego, furia feroz.
Coito hacen. Flaco, firme, golea hondo y crío nace.
Final feliz. El mejor gol. (Alicia G.)


Libre

Aburrida. Harta de vivir en el hogar. ¿Puedo?... ¡Sí!... Claro que puedo. Adiós. Ema. (Alcira Elena)


Para el buen vivir

Animarse.
Soñar.
El miedo dejar atrás
y poder decir.
Mirar al otro.
Elegir lo mejor
sin herir.
Sentir sin culpa.
Asumir el error.
Expiar la falta.
¿Tanto?
Pedir perdón,
perdonar y sanar.
Saber perder.
Cuidarse y cuidar.
Hacer una pausa,
ahora o luego.
Citar al poeta.
Echar a volar.
Amar fuerte
o poner
un punto final.
Vivir a pleno,
hasta morir
y más. 
      (Analía)


Noche ardua

Vicente buscó el cable verde sin éxito. La ayuda de Oscar era torpe. La luz seguía sin volver. Pero Irene trajo velas. Quien ayudó en forma eficaz fue Román, logró la vuelta de la luz.
Esa noche el sueño fue arduo, mucho ruido de truenos. Nadie durmió. Irene bebió cinco tazas de tilo. Oscar salió del lecho. Vicente ojeaba un libro.
—Oigan, vamos a volver a Tokio —habló Irene.
—¿Japón? —jadeó Oscar.
—Sí, hemos terminado aquí.
Decidieron partir esa mañana. El avión salía a la tarde. No querían perder tiempo. Ya la misión había llegado a su fin.
(Alicia M.)


domingo, 17 de octubre de 2021

Oxímoron y pleonasmo


Y luego ¿qué?

Dudosa certeza: la muerte llegará. Y luego ¿qué?
¿Someternos al Juicio Final y vivir para siempre en el cielo o en el infierno?
¿Pesar nuestro corazón y esperar que no nos delate y usar las palabras justas en el ritual hasta alcanzar la transformación y la eternidad?
¿Mutar en otro ser y cargar con el peso del karma hasta el final de los tiempos?
¿Pedir perdón e iniciar un largo viaje hasta unir el alma a la totalidad y permanecer un poco allá y otro poco acá?
¿Quedar sólo en el olvido? El no ser, el no nombrarse.
O pensar que las almas descansarán livianas, libres y eternas en la profundidad del húmedo mar. (Analía)


Volar hasta el cielo

Volar frenando.
Eso decía cuando era niña: —Quiero volar, volar y frenar.
—¿Cómo es eso? —preguntaba mi mamá.
—Volar alto, alto hasta el cielo. Y allí frenar en una nube y mirar el mundo —le respondía yo.
Entonces arremetía con la pregunta que martillaba la cabeza de mi madre una y otra vez: —¿Y cómo vuelo hasta el cielo?
En esa época era muy chiquita, me contaban el cuento del ratoncito que con ayuda de sus amigos alcanzó un pedacito de la luna. O la del niño que bajó una estrella para su amiga. Viajes de animales al espacio… hasta el de Peppa Pig, que siempre me pareció una chancha medio pavota.
A pesar de mi corta edad, no era tonta.
—Eso es puro cuento, mamá —le retrucaba yo.
Entonces, trataba de explicarme que cuando fuera grande podría pasear en avión y…
No, no había caso. No me entendía.
—QUIERO VOLAR HASTA EL CIELO, SIN AVIÓN, NI COHETE. SOLAAAA COMO LOS PÁJAROS.
—Pero los pájaros tienen alas —pretendía que razonara.
Me hubiera conformado con un globo aerostático, sin embargo tampoco me dieron el gusto.
La cuestión es que ni mamá, ni papá proporcionaron una solución.
Ya de grande, después de ochocientos treinta novios a los que fastidié con el mismo tema (y que renunciaron a mi amor por ser latosa, aburrida y no hablar de otra cosa), me resigné a suspirar y mirar en soledad el cielo; mañana, tarde y noche.
Mi ansiedad fue en aumento. Miraba el cielo y comía, buscaba la luna y comía, y comía, y comía.
¡Ah! Y lloraba por los ochocientos treinta novios abandónicos.
Tanto comí que engordé veintisiete kilos.
Pero no todo está perdido, como dijo algún filósofo por allí.
Cuando llegué al novio novecientos noventa y nueve, hallé -o mejor dicho él me dio- una receta, aunque no sirvió de mucho.
Ese novio fue único. Yo pensé que iba que tener que llegar al número mil. Pero no, no fue necesario.
Aladino, ese era su nombre. A veces, cariñosamente lo llamaba Ala, y otras Ladino, porque era un poco perspicaz y marrullero.
Hermoso y complaciente como el genio de la lámpara maravillosa
—Mirá, gordita —me dijo tiernamente. Eso creía yo, aunque la verdad es que estaba más que gordita, estaba re gorda, rechoncha.
Como les contaba, me dio la fórmula para volar; mas no resultó.
Me dijo que tenía peso en exceso, y sería difícil remontar.
Yo trataba de explicarle que estaba haciendo una alimentación más sana desde que lo conocí.
Se rió y volvió a repetir: —Gordita, vas a poder subir al cielo cuando dejes de hacer “esa dieta de engorde para pollos en criadero”.
Él era chistoso y ocurrente, aun así, esas palabras me ofendieron enormemente. Por eso, para contrariarlo y demostrarle que podía a pesar de los kilos, contraté un globo aerostático y me preparé.
Costó que me subieran, pero aquí estoy “rumbo al infinito y más allá”.
¡Qué emoción subiendo arriba! (Alicia G.)


Desesperanzado

Dulce hiel. Lo perseguía la mala racha. Cuando murió su perro labrador entendió que eso de que la vida es rosa sólo existía en las canciones.
Luego, por causas naturales, fallecieron sus padres. Se resignó porque eran añosos, y fue contenido por su novia, el amor de su vida. Amigos desde chicos; de la amistad al amor, un paso, y de ahí a proyectar un futuro juntos, unos centímetros.
Ilusiones, esperanzas, charlas hasta la madrugada en medio de arrumacos, sueño de una vida próspera. Los dos eran profesionales y tenían los trabajos ansiados y los ingresos abultados para dormir sin tranquilizantes.
El refrán “no hay mal que dure cien años…” esta vez fue “no hay bien que dure cien años…” Ella se enamoró de un compañero de trabajo y ahí quedaron las charlas, los sueños. Otra vez la mala racha lo cacheteaba.
Salir con amigos lo calmaba de a ratos, pero al volver al departamento silencioso y sin el olor a ella la realidad lo acosaba.
Sin esperanza, tomó los somníferos que habían quedado en un cajón como herencia de su madre. Estiró el cubrecama, perfumó la almohada y se acostó en su costado de la cama para esperar morirse muerto. (Adela)


El salón

Silencio atronador, de los que pesan sobre los hombros, es lo que sentí cuando entré a la casa deshabitada que estaba a la venta. Un antiguo arcón olvidado por la empresa de mudanzas se hallaba en la sala. Adentro tenía una jirafa de peluche algo manoseada, parecía esperar a sus pequeños dueños.
La propiedad había pertenecido a un matrimonio joven con hijos. Sufrieron un accidente fatal en la ruta de acceso a la ciudad. No me considero influenciable, pero podía sentir sus presencias. Al momento de recorrerla decidí que votaría por dejarla de lado y buscar otras opciones.
Componíamos un grupo muy heterogéneo de personas en busca del mismo objetivo: ampliar el jardín de infantes del barrio. La matrícula escolar crecía y las instalaciones quedaban chicas. Hacía falta un salón de actos que también oficiara de patio cubierto.
Esa casa es -sigue siendo- vecina del establecimiento. Ideal para la ampliación que soñábamos. Algunos de mis compañeros, con mucho entusiasmo querían comprarla. El precio era tentador, muy conveniente para una comisión cooperadora que juntaba fondos con todo método lícito a su alcance: rifas, reuniones sociales, donaciones, etc.
Comenté mis sensaciones, les hablé de los alumnos. Les dije que de ninguna manera podíamos permitir que concurrieran día tras día a ese lugar.
Fue tanta mi insistencia que la compra no se realizó. Adquirimos un terreno lindante y comenzamos a construir desde sus cimientos, con mucho esfuerzo, el gran salón.
Después de retirarme para concretar otros proyectos, llegué a verlo con mis propios ojos. (Alcira Elena)


La vida siempre da revancha

Fuego helado, eso corrió por mis vértebras cuando lo vi. Después de tantos años volvimos a encontrarnos. Por supuesto, las cosas habían cambiado. Ya no era una niña deslumbrada por el chico más apuesto de la escuela. Ya no era una niña y punto. Él conservaba esa gallardía que atraía los ojos femeninos de todas las edades. En su mirada brilló el reconocimiento.
La anfitriona nos presentó, ninguno reveló que no era necesario. Un saludo superficial y cada uno siguió su camino. La fiesta era bulliciosa. Una de las tantas previas al fin de año que se acostumbraban en nuestro círculo. Mis tíos, en cuya casa estaba parando, conversaban con un grupo de amigos.
Salí al balcón, asaltada por penosos recuerdos: era una recién llegada a la escuela. Como tal, objeto de curiosidad y comentarios; eso solo hacía que se acentuara mi timidez. Sin quererlo atraje la atención de "los más populares". Sus apellidos importantes los colocaban en el peldaño más alto de la jerarquía escolar o de la cadena alimenticia.
En esa época, aunque me esforzaba, me costaba mucho relacionarme con las personas, por eso me aislaba. Buscaba los lugares más solitarios o me escondía tras un libro. En mi deambular, había descubierto un sitio apartado, un rincón entre edificios donde refugiarme cuando no tenía clases. En un alero había un nido de golondrinas. Estaba abandonado, aunque yo sabía que las aves que lo habían construido volverían porque recuerdan los lugares donde construyen su hogar. A veces me preguntaba dónde estarían, en qué lugar se refugiarían hasta que el invierno las ahuyentara y las hiciera emprender su camino en busca del calor.
Fue ahí donde él me encontró y entabló amistad conmigo. Yo ignoraba que por mi retraimiento me habían catalogado de "rara". Él y su grupo me habían puesto en su mira y decidieron burlarse. Sortearon quién se acercaría y lograría sacarme de mi aislamiento para preparar una broma final. Él era uno de los chicos más lindos y yo me ilusioné. Me invitó a su casa -pues daría una fiesta- y, confiada, acepté. Fue una emboscada artera y vil. Me emborracharon sin que me diera cuenta e hice el ridículo. Todos mis compañeros se enteraron. De ahí en más, mi vida escolar fue un infierno.
Pasó el tiempo, fui superando mi timidez pero no la rabia. Tal vez esa experiencia fue la que me dio la dureza que me permitió superar los obstáculos para llegar a ser la mujer de negocios que soy en la actualidad. Casi, casi que debería estar agradecida con ellos. Casi...
Alguien se acercó al balcón. Era él.
—Sé que me reconociste. Yo lo hice al instante. Estás tan linda como en la escuela.
—A vos, en cambio, se te notan los años —dije volviéndome hacia él, fijando la vista en sus sienes canosas.
—Qué mala. Antes solo me decías cosas lindas.
—Antes fue hace mucho tiempo.
—No me digas que me guardás rencor. Aquello fue cosa de chiquilines, adolescentes tontos.
—Es verdad... y ya no somos adolescentes —le respondí sonriente.
Vi en su mirada que yo le atraía. Sus ojos se fijaron en mis labios. La mujer que era ahora desafiaba su masculinidad. Y él seguía siendo el mismo arrogante acostumbrado a que las féminas cayeran a sus pies. Bueno, si ese iba a ser el juego, jugaría. Pero esta vez se iba a dar de bruces con la más dura piedra. (Alicia M.)



La empleada del mes

Boluda inteligente. Yo siempre había sido vista por los demás como una boluda inteligente. Tenía rapidez en ciertas áreas, pero era torpe en otras. En lo que nunca fallaba era en mi intuición, en especial hacia mi jefe para conmigo. A él no le gustaba que fuera confianzuda con los clientes, me recalcaba que debía tomar distancia y ser profesional.
Pude llegar a concluir por qué pensaba de ese modo: tuvo muchas carencias afectivas. Cuando cumplió cinco años sus padres le regalaron un caniche toy. Apenas lo sacó del canil, este le mordió el dedo índice y, desde entonces, anduvo por la vida con una venda por el trauma asistiendo a una sociedad anónima de hipocondriacos. A veces, yo fantaseaba con meterle el dedo en la freidora cuando se pasaba de arrogante. Su dedo momia era lo que más me reventaba y en lugar de mirar su estúpida cara, miraba eso para seguir teniendo pensamientos homicidas.
Su mujer era la definición personificada de una histérica con voz de silbato que usaba calzas vistosas. Se creía la diosa del universo cada vez que entraba a cualquier lugar que, claramente, NO había sido invitada. Suerte que acá era conveniente que lo hiciera de ese modo, así se iba con olor a milanesa prendido de las calzas. Al ingresar al negocio me daba a entender, con sus comentarios pasivo-agresivos de mente infradesarrollada, que yo era inferior para mi puesto o que no me veía adecuadamente bien; mientras, el pelado de mi jefe, como era usual, idiotizado con el jueguito de alinear frutillas de granjas, o el Candy crush, o el Mahjong o cualquier bosta.
Cada día estaba más harta y mi nivel de tolerancia, por debajo de mis juanetes. Mi edad ya no era muy buscada para empleados de comercio y el destino maldito me había hecho aterrizar en este lugar.
Cerca del fin de semana, salí de mi casa luego de ducharme y vestirme con lo que más tenía a mano e, inesperadamente, una idea luminosa descendió a mis pensamientos: tendría que planear hacerlo caer accidentalmente al pelado y que la cotorra de su mujer le mandara una ambulancia. Yo, por supuesto, no podría hacerlo ya que estaría buscando su almuerzo como todos los mediodías.
Así que, luego de un rato de trabajo, fui con el cocinero que fritaba minutas y tuve que insinuarle que me atraía para lograr el trueque de aceite. Después de que el desesperado me toqueteó me prestó una botella y, cuando llegué a la caja registradora volqué un poco en el piso esperando que apareciera el jefe y se resbalara.
Cuando llegó y colgó su chaleco apolillado en el perchero, en vez de saludar me dio la orden de ir a hacer las compras. Yo obedecí con un dócil: "sí, señor" y fui rápidamente a comprarle canelones al gordo angurriento. A mitad de camino, vi a los vecinos abarrotados en la entrada. ¡Canté victoria!... antes de tiempo, porque cuando llegué ahí, noté que quien se había pegado el porrazo era una vieja clienta y que el cocinero me apuntaba con el dedo (este tenía dedos normales, por suerte).
Para mi desgracia, el pelado quería despedirme por la tragedia ocurrida y yo, lejos de irme, le tomaba el pelo diciéndole:
—No es aceite lo del piso… es que, como no aguanté porque estaba el baño ocupado, me hice pis encima.
(Amparo)






domingo, 10 de octubre de 2021

Un día en la vida de...


No es fácil vivir así

¡Aquí estamos! Colgadas de una baranda de escalera. Aunque no lo crean ¡nos colgaron!
NOSOTRAS, boleadoras de piedra y cuero ¡ENGANCHADAS! Pero no de la cintura de un gaucho, sino de un tramo de escalinata.
NOSOTRAS, que recorrimos la pampa junto a paisanos.
NOSOTRAS, que ayer fuimos el símbolo gauchesco de valentía.
Hoy, sin poder movernos, humilladas, colgando como badajo de campana, como piolín de barrilete, como bretel de corpiño descosido.
Y hay una sola persona responsable de lo que nos está sucediendo: ELLA. Calladita, bonita, con su pelo rubio, sonriente, suavecita… pero no se imaginan el diablo que lleva adentro. Ella, sí, la misma, la que ustedes conocen: FABIANA. La que va a la peluquería, la que asiste a taller literario. Ella, que va y viene de aquí para allá, nos tiene humilladas, estancadas, suspendidas de un mísero palo lustrado.
Cuando nos vio la primera vez, se emocionó hasta las lágrimas: —Hermosas —dijo—. Me gusta lo autóctono, recuerdos de otra época —y bla, bla, bla.
Puro cuento, si te gusta lo originario, lo aborigen, poné un palenque en el patio y atanos allí, quisimos gritarle. Nos callamos por educación.
Esa mañana, cuando llegaron los albañiles (porque estaba haciendo algunos arreglos en la vivienda), al vernos exclamaron: —¡Qué lindas las tres marías!
Puso cara de asombro y los corrigió, diciendo que no vivía ninguna María en su casa y que se llamaba Fabiana.
¡Dios mío!, pensamos nosotras, no sabe que así nos llaman; y allí nomás nos agarramos la cabeza, perdón… digo, “las bolas”
Y eso no es nada, el momento aterrador fue cuando nos tuvo entre sus manos. Quería convertirnos en una gargantilla.
—Será un collar original, bien nativo —dijo, y cuando casi estaba por cortar nuestros tientos de cuero, alguien le gritó (no se si su esposo, amante o amigo; todavía no la conocemos bien): —Pará, loca, ¿qué vas a hacer?
Entonces desistió.
Y allí no terminaron nuestros padecimientos en la casa. A la tarde llegaron amigas con tres varones, no sé si hijos, sobrinos o nietos, para el caso da igual.
Ellas, cafecito, tecito, charla va, charla viene y los pibes revoloteando de un lado a otro.
—Queremos una pelota —dijo uno.
—¿No hay una pelotaaaa? —preguntó más fuerte el segundo.
—QUEREMOS JUGAR —insistió el tercero.
No se dieron por enteradas. Siguieron con sus bebidas, bocaditos dulces, risas y anécdotas.
Nosotras tres nos consideramos de “buena madera”, según el dicho popular, aunque estamos fabricadas con piedra y cuero; y para uso de adultos. De ninguna manera hubiéramos accedido a que nos manipularan niños, y mucho menos esos tres demonios que nos descubrieron. Pero no pudimos evitarlo.
—Acá tenemos tres —señaló uno de ellos.
—Pero están atadas —expresó el más pequeño.
—No seas tonto —le retrucó el tercero—, las cortamos y ya está.
No fue nuestro día de suerte. En uno de los escalones descansaba la tijera que Fabiana había olvidado cuando partió el hilo con el cual nos aprisionó.
—Listo —exclamaron los tres juntos.
¡Pobres nuestras bolas! Gritamos de dolor cuando nos arrancaron las sogas. Comenzamos a rodar por todo el comedor. Se nos pegaron pelusas, migas de las confituras que estaban comiendo y otros materiales que no vale la pena detallar. De pronto uno de ellos, el más corpulento, le dio tal patada a una de nosotras que salió disparada por el aire y cayó adentro de la vitrina donde estaba la cristalería.
Lo que pasó después, no se lo podemos contar. Lo que sí les decimos es que nuestras bolas terminaron bajo el agua caliente donde nos lavaron con detergente para sacarnos los pegotes. Acto seguido nos remendaron con un pegamento, ese que pega en un minuto y que “nada nada lo despega”. Quedamos torcidas como anzuelo de pesca.
Resignadas, seguimos adornando este lugar (misión para la que no nacimos). Pero antes de que volvieran a colgarnos, le dimos un consejo a Fabiana: —Menos taller literario y más Martín Fierro.
Le recitamos, para entusiasmarla en su lectura, algunos de los conocidos versos:

“…Sabe manejar las bolas
como naides las maneja
cuando el contrario se aleja
manda una bola perdida…”

"...Desaté las tres marías
y lo engatusé a cabriolas…
Pucha… si no traigo bolas
me achura el indio ese día.”

(Alicia G.)


El único

Soy un privilegiado. En realidad, debería decir que lo somos. Desde hace miles de años la humanidad ha hecho todo lo posible por ubicarnos en el centro. Quizás por una cuestión de equilibrio, de orden o preferencia, nos han colocado en un lugar medular, a tal punto que hoy en día muy pocos se animan a romper con esa convención.
En mi caso, como dije al comienzo, soy un privilegiado. No sólo por el lugar que ocupo sino por cuestiones relacionadas con lo afectivo. Podría decirse que soy feliz.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que los vi. Aquel día pude descifrar sus rostros e imaginar todo lo que pasaba por esas cabecitas. Noté de inmediato que habían decidido compartir sus vidas y también que querían tenerme en su hogar.
Supongo que me eligieron como yo los elegí. Porque me imaginé viviendo en su casa y minutos después, efectivamente, alguien me estaba envolviendo en papel madera. Sí, me iba con ellos.
No puedo quejarme. Mi vida con ellos es bella. Aunque debo confesar que hemos tenido altibajos. Por ejemplo, cuando me han bajado. La primera vez que sucedió pensé que me querían descartar hasta que comprendí los verdaderos motivos. Me bajaban por una necesidad, para protegerme, sólo por unos días y muy de vez en cuando. Para ser específico, lo hacían cuando pintaban las paredes de la casa. Me costó entenderlo, pero con el tiempo lo logré.
Hoy puedo decir que me han hecho sentir importante porque soy el único cuadro de la casa. Somos familia y, después de tanto tiempo, me cuesta imaginar la vida sin ellos. (Analía)


Yo fui testigo

He tenido una vida por demás interesante, mucho más que la de cualquiera de mis congéneres. Desde que nací en una fábrica de trofeos fui un poco diferente. Me fabricaron con forma de copa, con resina epoxi y me pintaron de dorado, sin embargo mi peana es de mármol ónix de un verde intenso. Me labraron un palo de golf en el frente y la cabeza de este tiene una piedra transparente engarzada. No es un diamante (eso hubiese sido demasiado) sino algo llamado circón que, por su transparencia, puede pasar por él.
Me encargó un conocido club de golf, sus socios son gente de mucho dinero que se divierte compitiendo entre ellos y con otras instituciones parecidas. Yo fui un trofeo challenger y me ganó Rafael Olivera Martínez de Oca, un poderoso industrial muy amante de este deporte.
Me colocó en una vitrina en su biblioteca, ahí me muestra a sus amigos y no tanto. Le gusta que lo alaben y lo envidien. Ustedes dirán que mi vida es aburrida, siempre en un mismo lugar, pero les aseguro que he sido testigo de las cosas más interesantes.
Una vez el hijo mayor, Fabián, entró subrepticiamente a la biblioteca y escondió unos cilindros de papel que envolvían algo con un olor peculiar. Al parecer no quería que sus padres encontraran esos objetos mientras revisaban su habitación. Hubo reproches, protestas de inocencia, llantos. Todo eso lo escuché como en medio de una nube, el olor era muy fuerte y creo que me afectó. También he sido testigo de la visita de señoras que se encierran con Rafael, siempre en ausencia de Carola, su esposa.
Una de esas visitas marcó mi último día en la casa y me trajo aquí, con ustedes. En la mañana, Carola decidió visitar a una hermana y llevar a sus hijos con ella. Los chicos protestaban sin cesar que no querían ir, pero ella los silenció con severidad. La casa quedó silenciosa. Entró Marisa, la criada, una mujer mayor (Carola no permite que jovencitas trabajen en la casa) quien hizo la limpieza. Una de sus tareas es dejarme brillante y me lustra con una franela que me hace cosquillas. Por mi peana de mármol soy bastante pesado, aunque ella es muy cuidadosa. Su antecesora me dejó caer una vez y a mi dueño casi le da un ataque. La despidió de inmediato.
Pasado el mediodía, llegó Rafael acompañado de una mujer que ya había estado en otras oportunidades. Tomaron una bebida y la conversación terminó pronto ya que empezaron a acariciarse, él pasó sus manos por debajo de la blusa de ella y de repente entró Carola. Por los gritos me enteré de que ella había fingido ir a visitar a su hermana ya que sospechaba de su esposo y de la visitante que, al parecer, era su mejor amiga.
Su esposo trató de calmarla diciendo que solo estaban admirando el trofeo (o sea, a mí) y ya que estaban, la había invitado a tomar una copa. Pero nada calma la furia de una mujer que se sabe engañada. Me tomó con ambas manos y me arrojó contra su esposo. Un vuelo breve y choqué contra la cabeza de Rafael. Ambos caímos al suelo, por eso tengo esta fea grieta. La otra mujer salió corriendo y gritando por su vida.
Carola quedó parada al lado de su yacente marido, llorando. Entraron varias personas: Marisa, Carlos, el chofer, el jardinero. Después llegaron unos hombres de azul y otras personas. Se llevaron a Carola, interrogaron a los demás y me envolvieron en un plástico. A Rafael se lo llevaron en una camilla todo cubierto por una sábana.
Y así terminé aquí, en esta ¿sala de evidencias? Creo que así la llaman. No sé cuánto tiempo estaré acá; extraño la biblioteca, mi hogar, aunque ahora le dicen "escena del crimen" y yo ya no soy una copa trofeo, me denominan "el arma homicida". (Alicia M.)


Y sus hijos lectores

Ufff… Estoy engordando mucho ¡y eso me gusta pese a que es verano!
A mi amo le encanta que yo engorde. Siempre me dice que le gusto bien rellenita y se encarga de que así sea. Últimamente no solo él, sino que las personas que vienen a casa también colaboran para que aumente mi peso y mi espacio. Hace poco fue el cumpleaños de Germán (mi amo), también fue Navidad, y escuché algo de una cantidad de dinero extra. Ellos festejaron comiendo y engordándome.
Hoy temprano, aún no se escuchaba el tránsito intenso en la calle, se sintió el olor a café inundando la casa; los dedos de Germán me rozaron con sutileza y sacaron una partecita de mí. Al rato volvió, dejó mi partecita y sacó otra. Esta última le hacía reír, sus carcajadas retumbaban en la casa a pesar de que estaba solo; demoró más tiempo en guardarlo y cuando lo hizo no le agregó ese papelito duro que usa para indicar dónde debe retomar la próxima vez que, entre todas mis partecitas, elija una por segunda o tercera vez.
Al mediodía encendió el televisor, eso quiere decir que por un rato (o tal vez hasta mañana) no va a volver a acariciarme. Honestamente, prefiero la música; ella y mis partecitas se llevan muy bien y ponen de buen humor a Germán.
Al ratito llegaron los hijos. ¡Qué lindo! Son tres, hermosos; a veces también se acercan a mí y tocan unas partecitas que Germán no toca. Desde hace poco tiempo, el mayor suele acariciarme en los lugares que lo hace su papá. Trajeron más partecitas y las sumaron a las mías, ¡que felicidad!
Después de almorzar, cada uno de los chicos sacó su mochila y empezaron a escribir. Se reían, discutían, pero de una u otra manera me incluían. Al rato se cambiaron la ropa y salieron, no sé adónde, cuando visten así nunca llevan a mis partecitas; sí llevan a la pelota y a los patines.
Acá, en casa, aprovechamos a descansar o a intercambiar ideas entre nosotros. Ya van varias veces que las partes de Alfonsina Storni se cambian de lugar y van juntitas a las de Horacio Quiroga, o al revés. Finjo no darme cuenta y Germán también, sin embargo él ya los separó tres veces.
Ya casi de noche regresaron. Creí que alguno iba a acercarse a mí y quitarme algunas de partes. Me equivoqué. Trajeron algo nuevo, me miraron y sonrieron, no era una partecita más. Hablaban de regalo de cumpleaños atrasado y Germán estaba feliz y emocionado. El mayor buscó clavos y martillo, el menor daba indicaciones. Sentí miedo, aunque la felicidad de ellos me tranquilizaba.
El hijo del medio se subió a una silla y me golpeó muy fuerte; me dolió, pero me gustó. Contagiaban alegría. En el reflejo del espejo vi que al cartel que decía LA BIBLIOTECA DE GERMÁN le agregaban otro más chiquito que dice: Y SUS HIJOS LECTORES.
(Fabiana)


Cinco hermanas

Éramos cinco, cuatro hermanas y yo. Nuestro fabricante nos hizo con amor. Cuatro patas resistentes, un respaldo cómodo y livianitas. A mis cuatro hermanas las ubicaron alrededor de la mesa de la cocina y a mí, en el dormitorio.
No les conté, pero nuestro asiento es mullido, de cuerina y lo que más me gustaba era cuando la dueña de casa decía: “estas sillas son fuertes y livianitas” y nos subía a la mesa para limpiar el piso.
No me sentía sola porque cuando la familia dormía, yo iba a la cocina y charlaba con mis hermanas. ¡Cómo nos divertíamos!
Un día, sentí un ruido en la ventana, rompieron la reja y vi cómo entraban unos hombres malos. Revolvieron la casa, se llevaron colchones, ollas, todo lo que encontraron y hasta a mis cuatro hermanas. Yo me quedé calladita y no sé si no me vieron o, como tengo el asiento medio cuarteado, no les gusté.
Vuelvo a lo que les decía, ¡se llevaron a mis hermanas! Ahora me siento triste, sola. Sigo en la habitación, pero no voy a hablar con las sillas nuevas que pusieron para reemplazar a las otras. No sé, me da cosa. Tal vez sean simpáticas, mas no son de mi familia. Tal vez, algún día me anime… o ellas vengan a buscarme.
(Adela)



Un día en la vida de un destornillador

Me levanto temprano, mejor dicho, me levantan. Si fuera por mí me quedaría instalado con mucha comodidad en mi pequeña sección del tablero, donde vivo con mis hermanas herramientas.
La mayoría de ellas son de alta alcurnia: “Stilson”, “Inglesa”-creo que se relacionan con la realeza europea-.
En cambio, yo pertenezco a una antigua dinastía de destornilladores trabajadores. Mi árbol genealógico se remonta hasta los años 1.700 -plena edad media-. Soy de punta plana, manual; el más humilde de nuestra familia. Algunos de mis hermanos se llaman Phillips, Estrella, Torx, Robertson.
Mi tarea es aburrida, me encargo de aflojar y apretar tornillos. Los dorados me parecen atractivos, lucen ranuras de ángulos finos, tan lisitas y sensuales.
Como decía, comienzo a trabajar a primera hora de la mañana en un taller que personaliza autos. Entre todos, logramos grandes maravillas creando diseños novedosos en las carrocerías y súper potencia en motores antiguos.
Música fuerte, todos ocupados, los trabajadores me manipulan de un lado a otro.
—¡Cacho, alcánzame el plano de mango rojo!
—¡¡Agarralo!!...
Y Cacho que nunca acierta a las manos de su compañero.
Pego contra el piso de baldosones, reboto y mi estilizado cuerpo se astilla cada vez más. Así día a día, de las manos al suelo, bastante seguido caigo debajo de un auto. Allí aprovecho para relajarme después de tamaño ajetreo.
Cada noche “el Pibe” me limpia y pega una cinta adhesiva con la intensión de reparar mi maltrecho cuerpo. Me coloca en mi lugarcito y al día siguiente la monotonía vuelve a comenzar. (Alcira Elena)



domingo, 3 de octubre de 2021

Ensayos

Los eternos paseadores de libros: ¿cómo identificarlos? 


Por Alicia G.

Reconozco al compartir esta investigación que hay distintas miradas sobre el tema.
Aunque este trabajo no pretende tener valor científico, propongo una reflexión sobre la cuestión que me concierne: “Cómo identificar a los paseadores de libros”.
Trataré de exponer, de manera clara y precisa, una realidad que cada día está más vigente.
Cuando hablamos de pasear o caminar, hablamos de “un modo de habitar en la tierra”, como expresa en su tesis el antropólogo francés Terricoule d’ Habitaculous.
Hay paseadores que recorren calles rescatando la memoria de lugares, leyendas o por simple distracción. Otros caminan sin prisa ni rumbo fijo, por el placer único de disfrutar de paisajes y aromas.
Pero nuestros paseadores de libros ¿pasean con algún propósito? Es esto justamente lo que quiero revelar, antes de dar las pautas para identificarlos.
Teniendo en cuenta que ellos pasean libros... sí, sí, pasean LIBROS, me pregunté, me pregunto y seguiré preguntando: ¿qué imán tienen los textos, o de qué dolencia sufren aquellos que los portan, simplemente para pasearlos por calles, parques, grandes ciudades o pequeñas poblaciones?
Ellos reconocen que “los libros dan sabiduría”, como leyeron cierta vez en alguna servilleta olvidada de escritor anónimo, en el grafiti de un baño e incluso en algún pequeño papel de rico chocolate.
Pero para eso, es necesario LEERLOS, cosa que no hacen los paseadores. Por eso precisamente son caminadores de bellos ejemplares, a los que ni siquiera se animan a leerles el índice.
Es interesante recordar pensamientos magistrales como los del inglés Tumbleree o el colombiano Pititi, y tantos otros que ponen hincapié en libros que son “probados y devorados como exquisiteces culinarias”, cosa que no pasa con los integrantes de esta comunidad de “Vagando por las calles con libros al pedo”. Jamás de los jamases abren páginas de aquellos ejemplares que llevan en su recorrido.
A continuación, y uniendo estos dos conceptos: paseador y libro, y después de años de investigación, observación de diferentes comunidades, culturas y costumbres, expongo aquí la manera de identificarlos y no caer en el equívoco de atribuirles calificativos como “grandes intelectuales”, “excéntricos come libros” o “ratones de biblioteca”:

1) Llevan los libros en sus brazos como trofeos conquistados.

2) Sus libros están impecables, sin mácula alguna. No hay manchas de café, ni mate, ni ningún líquido que el descuido -y ante arduas horas de lectura- haya hecho que se derramase.

3) Las páginas nunca fueron abiertas, esto es comprobado porque algunas de ellas se presentan todavía unidas por algún error de encuadernación.

4) Cuando asisten a una cita teñida de romance, lo hacen portando los mejores de ellos, con títulos rimbombantes y de actualidad.

5) Si colocan alguno sobre mesa, mostrador u otro mueble, y se les pregunta sobre el tema, si gustó o lo recomienda, contestan con evasivas: y no sé… depende… me falta…

6) Ante una nueva cita amorosa, transportan varios y los colocan bien a la vista.

7) Pueden llevar anteojos de lectura, aunque no necesariamente, para dar una imagen de mayor “INTELECTUALIDAD”.

8) Algunos concurren a clases de teatro para aprender posturas de pensadores, lectores empedernidos y palabras adecuadas a la situación.

9) En plazas, sitios de encuentro y recreación, ellos llevan su cargamento de obas literarias, las cuales depositan en un banco, esperando la ocasión oportuna de un diálogo y acercamiento interesante. Abrevio: “para conseguir un levante atractivo”.

10) Última identificación y muy importante: recuerden que son miembros de una comunidad peligrosa de “Vagando por las calles con libros al pedo”, y sus astucias intentan atrapar y confundir.

Conclusión: Si se sienten atraídos por un sujeto de aspecto intelectual, síganlo, obsérvenlo, investiguen. Si cumple con varios de los ítems mencionados salgan corriendo, disparen como si vieran la luz mala, enciérrense en sus casas.
Si la investigación les lleva el tiempo suficiente para caer en sus garras y se enamoran, soporten las consecuencias o enséñenles a disfrutar de un buen libro.



Por Analía

Ciertos rasgos definen a los paseadores de libros. Sin dudas, son seres especiales, pero los define el amor por la lectura.
Ahora bien, usted se preguntará por qué los llamamos así. En primer lugar, porque siempre llevan consigo un par de libros. Y lo hacen porque no pueden vivir sin ellos. Por eso, disfrutan recorriendo librerías y, sin culpa, usan el dinero que tienen para comprarlos.
Ilustran el espacio urbano y con solo afilar la mirada uno puede identificarlos en plazas, confiterías, en el colectivo, en el subte, o en lugares insólitos. En todos los casos, sumergidos en la lectura.
Tienen a mano libros, novelas, cuentos, antologías o poemarios. Todo depende de las preferencias literarias de cada uno. En lo posible, más de un ejemplar. Por las dudas. No vaya a ser cosa que terminen el libro y no tengan otro para leer. Si descuidan este tema, pueden llegar a sufrir abstinencia.
Sus cuerpos están adaptados y entrenados para la lectura: el tren superior inclinado levemente hacia adelante; la mano izquierda preparada para sostener el ejemplar con destreza mientras el dedo índice de la mano derecha da vuelta las páginas o sujeta otro objeto; las piernas firmes para apoyar sobre ellas el lomo del libro.
Los paseadores acondicionan un sector del hogar con estantes o destinan un mueble para disponer los ejemplares. Cuando el número es importante, los libros invaden otros espacios de la casa. Si esto sucede, los paseadores se convierten en los seres más felices del universo. A tal punto que llegan a presumir la abundancia.
Para decidir cuáles comprar, leen publicaciones, visitan blogs, páginas literarias o buscan en redes sociales y arman listas.
Entrar a una librería es para ellos una experiencia intransferible. Implica internarse en un mundo mágico, repleto de estímulos visuales y texturas. Allí buscan los ejemplares de las listas de preferencia, recorren desde la primera hasta la última mesa y se detienen frente a cada estante, porque generalmente encuentran algo más.
Con la pandemia y las restricciones de la circulación, los paseadores descubrieron las páginas web de librerías. El encierro los obligó a buscar otra forma de acceder a los libros y comenzaron a comprarlos así, después de mirar las fotos de portadas, leer reseñas, novedades y comentarios.
Por este motivo, comenzaron a hacer largas caminatas, pero ahora en el interior de las casas. Fueron y vinieron por los pasillos, ansiosos, esperando los libros. Seguramente, abrir las cajas y descubrir los textos les permitió transitar un poco mejor las circunstancias.
El mundo puede cambiar, así como los hábitos y las prácticas de consumo. Lo que no cambia es el amor por los libros y la sensación de tener uno nuevo en la mano.
Porque, en definitiva, los paseadores son eso: amantes de los libros que disfrutan al comprarlos.



¿Fotos digitales o analógicas?


Por Alicia M.

Es increíble todo lo que uno encuentra cuando se decide a hacer una limpieza general en su hogar. En rincones olvidados aparecen cajas con ropas de bebés (y los hijos ya van por los treinta), cuadernos de escuela primaria (ídem anterior), regalos que archivamos porque nunca nos gustaron, fotos que han llegado a nosotros por herencia, y no tenemos idea de quiénes son esas personas vestidas de negro, de gesto adusto que miran a la cámara con cara seria por decirlo elegantemente.
Justo tengo en mis manos una caja con fotos que guardaba mi madre. Las hay de todos los tamaños, en blanco y negro y en colores. Cumpleaños, fiestas de fin de año, reuniones sociales. A algunas personas las recuerdo vagamente, de otras deduzco que son parientes por el parecido.
Esta es especial, aparecemos papá, mamá y yo. Mi madre me está retando y quedó congelada justo en ese momento. Era el casamiento de tío Tito y tía Marta, y todos teníamos que estar en la foto. Recuerdo un flash que me asustó muchísimo y me escondí tras un sofá (aclaro que tendría unos tres añitos cuando mucho).
Tecnología mediante, pasamos del fotógrafo contratado a tener una cámara al alcance del bolsillo del caballero y la cartera de la dama. Las máquinas fotográficas evolucionaron de tremendos y caros armatostes a pequeños aparatitos que cualquier familia podía guardar en un cajón. Eso sí, para entrar en la posteridad había que hacer toda una previa: que la luz, que el grupo se vea completo, y la espontaneidad brillaba por su ausencia pues, mientras uno se preparaba, el momento había pasado. Parte de esas fotos, las más logradas, iban a un coqueto álbum que se mostraba a las visitas, el resto se guardaba en sobres, cajas, cajones... donde dormían el sueño de los justos hasta la llegada de la limpieza general.
En cambio, ahora vivimos la época de las fotos digitales. Con una cámara adosada al multipropósito celular podemos ir por la vida inmortalizando cuanta imagen nos llame la atención. Hasta hay unos palitos que permiten que el portador se autofotografíe, con muecas o sin ellas. Con las redes sociales, el ser humano puede dar rienda suelta a su vanidad innata publicando su imagen que, gracias a la tecnología, puede corregir en aquello que considere necesario. Algo que las fotos analógicas no permitían ni por asomo.
En los momentos más íntimos las parejas hallan tiempo para fotografiarse, y si la relación termina mal esos momentos aparecen ante los ojos de todos para bochorno de las víctimas, generalmente mujeres, las más vulnerables ante la sociedad. Con las analógicas era muy difícil que esto ocurriera.
Guardar las digitales no es problema, permanecen en la memoria del celu o la computadora hasta que esta jadea: "basta". Por suerte existe "la nube", aunque también tiene sus límites. Eso sí, debemos ser ordenados, porque encontrar una imagen precisa en un determinado momento puede ser problemático. Ni hablar de mostrarlas a las visitas. No sea que en la mezcla aparezcan las non santas.
¿Cuáles prefiero? Yo no estoy de acuerdo con aquello de que "todo tiempo pasado fue mejor", según un poeta intemporal; me gustan los adelantos tecnológicos que ponen en manos de todos lo que alguna vez fue un lujo. Y no hace falta ser un profesional para obtener un buen trabajo y atesorar esos momentos que no queremos olvidar. Pero sentir la foto en las manos, poder acariciar esos rostros que ya no están es una sensación que ninguna pantalla puede otorgar.



Matrimonio: de la teoría a la práctica


Por Adela 

Cuando uno no sabe por dónde empezar, empieza por el principio. Y eso voy a hacer.
Veamos. La palabra matrimonio proviene del latín: matrem, que significa “madre” y monium, cuyo significado es “calidad de”. Esto nos dice poco, por lo tanto vamos al diccionario y leemos que es la unión legítima y jurídica de una pareja.
Ahora que las cosas están más claras podemos seguir.
Hasta hace unos años creíamos que la pareja que formaba el matrimonio debía ser de un hombre y una mujer, o viceversa, pero siempre estaban los dos sexos. Y cuando esos dos sexos no habían pasado por el registro civil para legitimar la unión, eran concubinos, amantes o acoyarados -como decían algunos.
En un programa de televisión, Matrimonios y algo más, presentaban los distintos modelos de parejas matrimoniadas: el groncho y la dama, el celoso y la ingenua, el futbolero y la mujer “no atendida” por culpa del fútbol.
Ahora las cosas cambiaron. El progreso no duerme y ya no pensamos en uniones entre dos de distintos sexos solamente. La modernidad nos enseña que cuando hay amor, lo que importa debajo de las sábanas es privado y nadie debe opinar. A esto se suman las leyes que permiten que se casen dos del mismo sexo, aunque a algunos se les abra la boca grande como una “o” gritada.
Lo que no cambió es lo de la unión legítima y jurídica. Si decís que formás parte de un matrimonio tuviste que sacar un turno, hacerte análisis, buscar testigos y firmar delante de un juez para que te den la libreta que certifica que ya son dos. Después, de ustedes dependerá “el hasta que la muerte los separe”. Eso lo decían los curas. No sé si se sigue usando.


Por Fabiana

Estoy cansada de escuchar que ya nadie se casa. También, hay mucha gente que dice: ¡qué ganas de ir a un casamiento! Aunque muchos de estos últimos, nunca se casaron. ¿Miedo al compromiso?, ¿moda?, ¿rebeldía?, ¿desvalorización de la formalidad?, ¿desear más la fiesta que el matrimonio? A veces creo que los únicos que valoran al matrimonio son los homosexuales. No por el matrimonio en sí, sino por considerarlo como un importante y merecido logro obtenido después de años de lucha por el reconocimiento de sus derechos.
Hasta la propia definición de matrimonio parece antigua y fuera de la realidad: “Unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales y que es reconocida por la ley como familia”. Según ella pareciera que los hijos extramatrimoniales no son familia, o que una pareja que convivió durante cuarenta años tampoco lo es.
¡Convivencia! ¡Qué palabrita!¡Como si fuera fácil convivir! No solo hay que compartir la cama, ¡sino el baño!, ¡los ronquidos!, ¡los olores!, ¡los problemas!, ¡el malhumor!, ¡la familia y los amigos del conviviente!, ¡la música horrible!... y un largo etcétera.
La tolerancia suele ser un gran ausente, junto con la falta de empatía. En cuestiones de a dos, no es: uno hace y el otro tolera. Los dos hacen; los dos acompañan (o deberían); los dos toleran (o deberían); los dos hablan, opinan, discuten, acuerdan (o deberían). Siempre los dos. Omito conscientemente las relaciones de poliamor, donde el número de los integrantes puede ser desde uno al infinito, precisamente porque al ser una relación abierta y desestructurada cada situación es particular y supera mi capacidad de imaginar.
Papeles ¿sí o no?, iglesia ¿sí o no?, ¿una o dos iglesias?, ¿fiesta?, ¿sencilla?, ¿grande?… cada pareja puede elegir cómo quiere vivir su relación. Siempre y cuando no haya suegros, padres, hermanos o cuñados que sepan vivir superfelices y ofrezcan sus consejos a cambio de nada.
Creo que una pareja que lleva años junta es un matrimonio, aun sin papeles y sin dioses. Los nietos, los bisnietos, las alegrías, las tristezas, la fortuna, las deudas se comparten con o sin firma. Si Dios me acompaña en mi vida es importante hacerlo parte del proyecto, pero si no me acompaña, no tiene sentido involucrarlo en esto.
La fiesta, la ropa y los invitados no merecen un párrafo. ¡Necesitan una enciclopedia! Si una pareja se toma el trabajo de organizar el evento (por más pequeño que sea) sin ayuda de terceros, y aun así continúa con ganas de casarse, ya superó muchos de los obstáculos que se le presentarán en futuro. La preparación de las ocho o diez horas que durará el evento pondrá a prueba el respeto, la tolerancia, la empatía, la adecuación al presupuesto, y la valoración de lo importante, lo social y lo urgente. Ese acontecimiento será una excelente práctica de acuerdos y desacuerdos para los cincuenta próximos años de vida en común.
¿Por qué hago hincapié en esto? Porque del camino del amor, los mimos, los regalos y las caricias hablan todos, pero del lado del revés se habla poco. La felicidad no es lo mismo que la perdurabilidad, y para ser feliz tiene que haber calidad en la relación. Y la calidad tiene un buen derecho y un buen revés.
Matrimonio ¿sí o no? Como cada pareja quiera. Fiesta ¿sí o no? Como cada pareja quiera. ¿Amor? Sí. ¿Felicidad? Sí, pero a no esperarla con los brazos cruzados, a trabajar mucho para recibirla y, sobre todo, para otorgarla.

               

 




domingo, 26 de septiembre de 2021

Tautogramas

 

Un cuento con P

Pedro Pablo parecía perturbado. Particularmente perseguido. ¿Pronosticaba problemas?
—¿Podré participar? —preguntó previsor.
—¡Pará, Pedro! —protestó Pamela Paula Pérez Pascal, productora principal.
—¿Por? —preguntó Pedro.
—¡Por pelmazo! —pronunció Pamela.
—¿Por pelmazo? —pensó.
—¡Por prepotente, por pegajoso! —puntualizó.
—¡Prepotente! —protestó Pedro —Pero… ¡Perdón! —pronunció penoso.
Precipitado, pidió plebiscito. Propuso probar. Proclamó parcialidad. Predicó presunción. Predijo pérdidas. Perturbado, planteó persecución. Perseveró.
Pedro Pablo Pereyra Ponce preocupadísimo, pálido, proclamó perdón.
—Pretencioso… Patético —pensó Pamela.
Precavida, Pamela Paula Pérez Pascal, presionada, poco predispuesta, perdonó.
Productora prejuiciosa perdonó porque pudo poner pausa. Probablemente, porque Pedro parecía predestinado.
Premioso, poco profesional, perezoso, problemático, Pedro Pablo Pereyra Ponce preparadísimo, pronto podrá protagonizar.
(Analía)


Escena escarlata

—Esculapio, ¿escondiste el espejo?
—¿El espejo esmerilado, Elena?
—Estaba en estuche especial.
—¿Estuche? ¿Enloqueciste?
—Engañada estoy. Enfurezco…
—Escorpión envenenado…
—Escopeta empuñaré.
—¿Escopeta? Escuchá… esperá…
—Explicación exijo. Entregá el espejo.
—Escondí en escribanía.
—Espeluznante empresa. ¡Espantooo!
—Enferma. Egoísta. Efervescente. Exagerada.
—Embustero. Enrevesado. Escondedor.
Enloquecen en escena. Exhaustivos. Enmudecen. Extenuantes. Expiran.
(Alicia G.)


Misterio

Milagros Macarena Magallanes Martínez –modelo madrileña- murió mientras manejaba moto minúscula.
Mecánico manoseó manubrio, mencionó macabro misterio.
Madrastra malhumorada murmuró: “mamarracho, mensajero miope, malévolo. Mutis”.
(Adela)


Divorcio de divorcio

Después de desayunar doradas delicias, desde Dubái, Daniela dobló dolencias de días de drogas.
Desde Dublín, durante décadas Darío dudó docenas de despertares. Días de desesperación, domingos deprimentes, diciembres desesperados. Desazón, desidia, desinterés, dignidad decaída… disimular dolor de divorcio.
Dos destinos desunidos desde días de delirio. Deseos de danzar, debatir… Decidir definitivamente días de divinas diabluras, dulcificarse durmiendo de dos.
(Fabiana)


Señales

Señoras, señores, sesentones, setentones: somos soñadores. ¡Salud!
Sigamos sonriendo, soñando suaves soles. Saxos salvajes. Submarinos silentes, salados. Soliloquios sorpresivos. Sueños sin sangre. Sabores súper sabrosos. Saltamontes septembrinos. Sirenas soberbias, sigilosas, señalan sillones similares. Siseantes, solitarias serpientes sin suerte. Susurros servidos sobre santuarios seguros. Santos sagrados siempre superiores. Sedientos, salvajes saurios silenciosos, saludables. Semillas selváticas sepultadas sobre senderos simétricos. Somnolencia, sueños sublimes sin sufrimientos. Secuencias soñadoras, suntuosas, sonrientes. Sobrenaturales séquitos sensatos.
Sumemos servicios. ¡¡Sigamos soñando!!
(Alcira Elena)


Cachorros

Carolina Calderón, cabreada con Calixto Cuevas, criticaba cada comportamiento.
—Cretino, cretino.
Calixto cedía con cobardía. Carolina conminaba con cerrar criadero cachorros Calixto
Celina Cantero calmaba corajes:
—Cede cabreo, Carolina, Calixto cambiará callejero con cachorro calidad.
(Alicia M.)



miércoles, 22 de septiembre de 2021

Texto colaborativo: técnica de improvisación oral


Lobo, ¿estás?

La lluvia es torrencial en la montaña. Habíamos alquilado una cabaña para pasar el fin de semana allí. Nos habían dicho que tenía calefacción y, en realidad, está rota. Por las ventanas se filtra viento, casi no tenemos abrigos. ¿Qué vamos a hacer?, ¿cómo lo resolveremos? ¡Nos vamos a morir de frío!
Miro a mis hijos y veo que están acurrucados en un sillón. No tenemos teléfono y las rutas están cortadas por la nieve. Hago una revisión de los víveres. Encuentro suficientes elementos para preparar una sopa; el caldo caliente ayudará a sobrellevar el fío. También noto una chimenea en una habitación y compruebo que esté funcional; no hay demasiada leña, sí algunas sillas un poco viejas. Decido usarlas como combustible. Si quien nos alquiló la cabaña protesta, la calefacción rota será mi respuesta.
Los chicos se reconfortan con la sopa. Administrando la poca leña que tenemos, más los muebles que usamos para el fuego, podemos paliar un poco la situación. De todos modos, nos reunimos alrededor de la chimenea con cobijas que traemos de las camas para dormir ahí, en el único punto de calor de toda la cabaña. Así pasamos la noche: tormenta afuera y un poco de tibieza en la sala.
Pasada la medianoche, oímos ruidos extraños en el exterior. Luego, unos rasguños en una de las ventanas. La persiana está cerrada, así que eso nos da un poco de tranquilidad; sin embargo, los golpes ahora se sienten en la puerta y cada vez más fuertes. Los chicos gritan: —¡Mamá, ¿no vas a salir?, ¿no vas a hacer nada?!
Alguien o algo intenta abrir la puerta. Corro a poner el pasador, solo habíamos cerrado con llave porque es un lugar tranquilo en la montaña. La fuerza que hacen para ingresar es tal que pensamos: esto no es humano. ¿Quién o qué estará atropellando la puerta?
Para evitar que entren, corremos un aparador frente a la puerta y… ¡los dueños nos van a matar! Entre las sillas que quemamos, el aparador que queda rengo al salírsele una pata en la corrida, la porcelana que está arriba (unas tazas bellísimas), unas copas… porque, yo no les conté, pero es una cabaña ¡de lujo! Habíamos pagado muchísimo por ella. Hay pinturas, porcelanas, cristalería y todo en ese mueble. Pero es tanta la desesperación, que al correrlo caen al piso las copas… ¡la porcelana! Entre el ruido adentro, el ruido afuera y la lluvia que no para, los chicos asustados empiezan a gritar: —“¿¡Qué hacemos, qué hacemos!?
Entonces pregunto: —¿Quién es?
Nada.
—Contesten, ¿quién es?... 
Nada.
Vuelven a golpear la ventana, la puerta, la otra ventana.
Los chicos lloran y gritan más fuerte. No sabemos cómo atajar la situación. De pronto, sentimos gruñidos del lado de atrás de la cabaña. Parece provenir de un animal salvaje. Uno de mis hijos se asoma por la ventana del piso de arriba y advierte: —¡Mamá, mamá, creo que es una especie de lobo!
—¡Oh, qué fantástico!, ¡un lobo! —exclama el otro chico—, podemos amaestrarlo y que sea nuestro amigo.
Subo para 
comprobar lo que dice.
—No, hijo, no. Este animal parece estar sediento de sangre humana —le respondo—. Ustedes quédense aquí, en este cuarto, yo bajaré a buscar un arma o algo que sirva para ahuyentarlo, para que no nos moleste más.
Bajo cuidadosamente la escalera. Me acerco a la cocina y agarro un cuchillo. Este animal no podrá enfrentársele a mis hijos ni podrá atacarnos si yo me envalentono. Camino despacio con dirección a la puerta. Observo por la mirilla. El lobo parece estar alejándose hacia el bosque como si acechara a otra presa. Mi curiosidad me lleva a abrir la puerta con precaución. ¿A dónde irá? Ya no importa, algo despierta en mí las ganas de ir tras él. Me pongo el abrigo y me adentro en el bosque para seguirlo.
Mientras yo corro peligro, mi esposo se esconde en el rellano de la escalera. Si bien es un señor muy elegante y muy amable, es muy cobarde. Un oficinista pusilánime que no se atreve a nada. Yo solita tengo que enfrentarme al mal tiempo, a los problemas con la calefacción, con los animales. Trato de pensar qué hacer con el lobo. ¿Debo ir tras él o volver con mis hijos que quedaron desamparados?, porque con este hombre no se puede contar para nada, no es capaz ni de hacerles un caldo. Quedo pensando por un momento; decido dejar que el lobo siga su rumbo y voy a ver a mis cachorros, ya que soy la única que los puede proteger. Regreso sobre mis pasos. Lo que encuentro en la cabaña me decide a pedir el divorcio: mi esposo llorando, mis hijos consolándolo y 
tratando de calmarlo, porque este hombre está histérico. En este momento dispongo que cuando volvamos a la ciudad, lo llevaré a un psiquiatra y que se arregle. Yo me quedaré con mis hijos.
Agradezco al lobo que me haya hecho recapacitar y pensar en mi matrimonio, que me haya abierto los ojos.
Hasta hace unos instantes tenía la esperanza de que, al volver sobre mis pasos, iba a encontrar al pusilánime con el arma que tiene en el baúl del auto. Imaginé que intentaría pegarle un tiro al lobo y, aunque más no sea, comeríamos carnecita asada. Pero no, él es vegetariano. O sea que un tecito de eucalipto vamos a cenar, con algunas hierbitas que encontremos por allí. Teníamos unos tomates que, entre los llantos y los nervios, se los comió todos y encima le echa la culpa a la ansiedad. Los chicos quieren los maníes que habíamos traído y que también se comió el padre. Así que, no sé, me encuentro en la disyuntiva de cargar los chicos al auto y seguir al lobo (y que el resto del fin de semana mi esposo lo pase solo tomando su tecito de eucalipto y comiendo lo que quiera), o dejar escapar al animal.
No, no mataré al lobo, ¡de ninguna manera! Lo acabo de decidir. Comeré algún asadito o choripán que me puedan vender al pie de la montaña, un vinito caliente para acompañar el frío y un chocolate con churros o alguna cosa para los chicos.
Cobarde, llorón, inútil… no, no, ¡basta! BASTA. Seguiré como pueda, no seré ni la primera ni la última en continuar sola con los chicos. Y estaré eternamente agradecida al lobo. A mi casita le pondré un cartel afuera que diga “El cubil” en su homenaje. El pusilánime tendrá que pasarme la mantención, más mi trabajo, no tendremos lujos pero hambre no pasaremos; ni esta noche con el tecito, ni nunca. Las mujeres tenemos agallas suficientes.
Confieso que yo no quería salir, esta excursión no me gustaba porque la intuición femenina me decía que algo nos iba a pasar; además, no es la primera vez que nos pasan cosas. Eso de salir con un hombre que no toma decisiones y con dos criaturas no es lo mío. Admito que cada vez estoy más renegada, prefiero quedarme en casita, cómoda y no estar peleando con las cosas, no complicarme. 
No les conté, pero cuando dudé en ir tras el lobo me dije que para qué, si en una de esas el lobo se enamora de mí me lo tengo que llevar a mi casa; otro pusilánime más no, con uno es suficiente.
Encima tuve que hacer sopita, que a mí la sopa no me gusta, y la calefacción a leña tampoco porque el olor me hace mal, aunque no tuve más remedio. Ahora estoy pensando que tendríamos que haber contratado un seguro porque a la cabaña la habíamos alquilado, y si uno no la deja en las condiciones que estaba -como cada vez que se alquila algo-, tendremos que pagar… y las cosas no están saliendo muy bien. De todas maneras, como hace tiempo tomé la decisión de preocuparme poco por lo que le pase a los demás para que me pase menos a mí también, reflexiono: “cuando vuelva a casa me separo, hago los trámites para que me pase algo de dinero, y si no quiere no me preocupa. Con todas las anécdotas que tengo de las veces que salimos de vacaciones (y esta última creo que será la frutillita del postre) me hago escritora, me vuelvo rica y mantengo a los chicos. El pusilánime que siga llorando, que siga comiendo su sopita, que siga con su tecito, y si tiene ganas de seguir siendo vegetariano, allá él; es más, le recomendaría que además se haga vegano para ser más sano”. 

 (Analía, Alicia M., Alicia G., Amparo, Alcira Elena, Fabiana, Adela)




domingo, 19 de septiembre de 2021

Erotismo, humor y pasión


Un domingo familiar

Abrió la ventana y el fresco aire mañanero inundó el recinto. El sol prometía un espléndido día primaveral. Se dirigió a la cocina y lavó las tazas del desayuno. A través de la ventana lo vio hachando leña para el asado dominguero. Se recreó con la vista del torso desnudo.
Mientras preparaba el comedor para los invitados, recordó cuando recién ocuparon la casa, con muebles usados, una vajilla sencilla. Ahora, la enorme mesa resplandecía con el colorido mantel, los platos blancos, las copas con bordes dorados.
Fue nuevamente a la cocina, lavó las verduras para la ensalada. Mientras la cortaba y colocaba en coquetos boles, él entró. Sin palabras se le acercó por la espalda y rodeó su cintura con sus brazos. Sus labios depositaron leves besos en el cuello femenino arrancando un profundo suspiro.
Ella se volvió hacia él y acarició su rostro acercándolo a sus labios, rozándolos con aleteos de mariposa. Él profundizó el contacto y sus lenguas empezaron un juego asaz conocido, un idioma secreto que impulsó la pasión.
Sin soltarse y casi sin darse cuenta entraron en el dormitorio y se dejaron caer en la cama. Las manos guerrearon con las ropas y, victoriosas, las arrojaron al suelo. Las caricias se intensificaron en un camino mil veces recorrido y, sin embargo, siempre nuevo. A punto de sumergirse en ese voluptuoso océano, apenas escucharon las risas que venían de la puerta principal y los pasitos apresurados al grito de: 
—¡Abuelitos, ya llegamos! (Alicia M.)


Media hora antes de volver a verte

Anochecer en el aeropuerto. Dos meses sin vernos. Mientras espero tu regreso, saboreo un helado de granizado, tu preferido. Y te imagino, y te deseo, y me anticipo a tu presencia. Con cada cucharadita, un nuevo recuerdo vuelve a mis sentidos:
Tu cabello, siempre limpio, perfumado; mis dedos jugando con su sedosidad y mi olfato inundándose de tu aroma varonil.
Tus ojos, oscuros, profundos; mi imagen se refleja en tu iris y nuestros universos fundiéndose. ¡Cómo no recordarlos si hemos llegado hasta lo más profundo con sólo mirarnos!
El calor de tus labios recorriendo mi cuerpo. El calor de los míos, recorriendo el tuyo. Mi pecho sintiendo tus caricias, tus besos…
Una cucharada de helado semi derretido cae al piso y me sonrojo, como si el resto de las personas pudiera adivinar mis pensamientos.
Tu cuello, tu punto débil. Mi cuello, mis oídos… tu respiración agitándose…
Tus brazos fuertes, donde quiero descansar por el resto de mi vida. Mis brazos frágiles, esperando ser rodeados por tu cuerpo y su calor.
Mis dedos, enredando a los tuyos. Tus dedos rozando mi dermis. Mi corazón acelerándose, mi respiración acompasando la tuya.
Besos, caricias, miradas… gotas derretidas se desplazan por mis manos. Llevo un dedo a mi boca para mitigar el enchastre. Mientras lo lamo lentamente, mis oídos escuchan una voz familiar que dice: AMOR Y HELADO, EL MEJOR RECIBIMIENTO. Le das un mordisco al granizado, tus labios rozan mis falanges, mi cuello y toda mi boca.
Hay un charco cremoso a medio consumir en el suelo, tu cuerpo y el mío deseándose en un mar de pegote y helado, lágrimas de felicidad en los ojos y nuestros corazones palpitando velozmente.
(Fabiana)


Matemáticas

Durante mi adolescencia fui expulsada de varias escuelas de nivel secundario. Los motivos fueron bastante parecidos: “conducta inapropiada”, “comportamiento obsceno” y varios más por el estilo.
Tengo veintipico de años. Por presión familiar y a regañadientes comencé a cursar en un colegio nocturno. Bastante deprimente y poco atractivo el entorno. El edificio muy deteriorado y mis compañeros con serios problemas de conducta.
Cuando lo conocí, mi vida se convirtió en una explosión de imágenes, todos mis sentidos enloquecieron, mi imaginación se desbocó.
Enrique García Rubianes es el profesor más sexy que existe en el mundo. Su materia la más detestable: matemáticas.
Jamás falto a sus clases. Me siento en el primer banco para admirarlo en toda su magnífica humanidad. Hoy luce pantalones de jeans gastados, camisa ajustada con tres botones desabrochados. La indumentaria insinúa sus músculos que lucen como si los hubiese tallado un orfebre.
Ojos negros de mirada profunda, cejas tupidas, nariz recta, mentón con hoyuelo, sienes plateadas de experiencias vividas. Una barba recortada enmarca su rostro gitano. El perfume de hombre envía descargas eléctricas a mis alborotadas hormonas.
Anuncia que hablará de números primos. Números, números… “¿el sesenta y nueve es primo?”
Nos imagino tumbados sobre un toallón rojo pasión en el caribe. La playa mucho menos ardiente que yo. El sol se oculta entre las nubes, el atardecer trae promesas reprimidas dispuestas a concretarse. Nuestras bocas de labios voluptuosos sedientos de amor, sus manos recorren mi cuerpo con ansias. Mi número favorito…
─¡¡Señorita Bermúdez, abra los ojos, deje de lamer la lapicera y conteste mi pregunta!!...
(Alcira Elena)


¡Qué noche, Teresa!

Lucy, hace tanto tiempo que no charlamos. No puedo esperar a verte. Necesito contarte mi última conquista.
Conocí un hombre. Me hizo erizar hasta el ombligo.
Alto, elegantísimo. Olía exquisito. Bien aseado. Un sobretodo gris acompañaba los pantalones claros de lanilla.
Fue en el colectivo rumbo al trabajo como todas las mañanas. Lo vi de pie, tomado del pasamano.
Estaba allí frente a mi asiento. Sus ojos me miraron y los míos apuntaron no a los suyos, sino al sobretodo.
¡Qué difícil explicártelo por email! Cómo te lo digo… mirá, era una prominencia importante que provocaba una elevación en su abrigo.
Sentí curiosidad e ilusión. Un calor suave fue aumentando de intensidad y se convirtió en llamaradas que invadieron mi rostro y se extendieron más allá de mi pecho.
Lo mejor vino al día siguiente. Cuando subí al cole, él estaba sentado y sólo quedaba un lugar a su lado. Me acomodé allí. Una frenada inesperada hizo que esa dureza que ocultaba su sobretodo, tocara mi pierna. Empecé a temblar y un sudor frío se apoderó de mí.
No te rías, Lucy. Imagino estarás diciendo: Tere, Tere, siempre soñando, pero nunca concretás como me dijiste en tu última carta.
Claro, vos casada y con hijos. Yo sola a los cuarenta y cinco años y, para colmo de males, virgen. Sííí. Yo, Teresa Pascal, aún VIRGEN.
¿Que no concreto? Vos sos testigo de mis frustraciones. ¿Te olvidás de mi primer novio? Sí, “Raulito”. Me usó para salir, divertirnos. Lo pasaba bomba con él, pero un día me dijo que era gay. Solo quería lucirse conmigo ante amigos y familia, para que no sospecharan. Tremendo pelotudo. No asumir su sexualidad. Ni que viviéramos en época de las cavernas.
¿Y después? ¡Peor! Me casé. Estuviste en mi boda. ¿No recordás lo que pasó luego?
Un fraude. No tenía nada de nada. Dinero no, lo otro… era un porotito, o un garbancito. Nunca pasó lo que tenía que pasar. Matrimonio anulado.
A partir de allí mis días pasaron sin penas ni glorias. Jamás conocí nada de lo que vos disfrutás. Solamente una tarde que me sentía bastante deprimida, fui a pasear al jardín botánico y me quedé parada frente a la estatua del David de Michel Ángelo. Todo desnudo, con GRANDES ATRIBUTOS. Quedé petrificada. ¡Estuve casi una hora! El cuidador vino a preguntarme si me sentía bien. Por poco me retiran los guardias, porque no me quería ir. Es todo lo que vi en mi vida. Pero era de mármol, nada en carne y hueso.
Por eso, cuando aquel hombre me invitó a salir, creí que había llegado mi hora de conocer algo sustancioso.
Fuimos a su departamento. Cenamos y luego me dijo: —Mirá, tengo que comentarte algo fundamental. Ya somos grandes…
¡Claro!, pensé, nada de vueltas. Este va derecho al grano. ¡Al fin!
—Dale, decime.
—Sabés, tengo un arma muy grande y…
—¡Uf! Empecé a empaparme. ¡Qué machazo! Me lo anuncia así, de una. Después de haber sentido su dureza en el cole, podía imaginar su tamaño.
—Ahora te la voy a mostrar para que no te asustes —y anunció a continuación—, vamos al dormitorio.
Y allí empezó a bajarse los pantalones.
A esta altura, yo veía nublado y el calor deshacía mis ropas.
Quedó en calzoncillos con su armamento al aire.
Era un arma importante, pero no la que yo creía. Era de metal, las que hacen ¡PUM! ¡PUM!
Me comunicó que siempre hacía el amor con ella colgada de su cintura y bien cargada, para estar a salvo ante cualquier imprevisto.
Caí desmayada. Cuando desperté me encontré sola y todavía VIRGEN.
(Alicia G.)


Encendidos

Veinte grados, la temperatura ideal para una fiesta privada al aire libre. Si alguno de los presentes hubiera querido entablar una conversación, habría sido inútil por el volumen de la música. Ninguno de los invitados quería hablar y menos si de fondo sonaba el tema de Cyndi Lauper, Girls just wanna have fun.
Cora llevaba un vestido de seda negro con un escote profundo en la espalda, sandalias bajas y el cabello suelto. Resumían la simpleza de una mujer que no necesitaba nada más. Destilaba sensualidad cuando el vestido corto de seda se adhería a su cuerpo y descubría la perfección. Para Gonzalo, ella era un fuego. Así, a cara lavada y descontracturada. Habían bailado en grupo toda la noche, pero ellos dos parecían imantados. Sus cuerpos y sus miradas se buscaban todo el tiempo e inevitablemente.
Cora y Gonzalo coincidieron en un pasillo y él aprovechó la oportunidad para abordarla. Sin decir una palabra, la tomó por la cintura y se pegó a su cuerpo. El contacto aceleró las palpitaciones de ambos.
Tranquila —le susurró al oído. Y mirándola a los ojos, la acercó un poco más hacia sí. Ella pudo sentirlo completamente y se ruborizó, pero no dijo nada. Él apoyó suavemente los labios en el borde del cuello de la mujer y comenzó a saborear cada milímetro de su piel. Acarició la parte de la espalda expuesta por el escote y provocó en ella un temblor casi imperceptible, suficiente como para revelar su excitación. Cora apoyó las manos en los hombros de él y ascendió hasta enterrar los dedos en su cabello negro. Los labios de Gonzalo, desbordados y lujuriosos se encontraron con los de ella para fundirse en un beso eterno.
Desde el primer momento había podido interpretar cada gesto, cada mirada de Gonzalo, aunque no habían tenido la oportunidad de estar a solas. Ahora, Cora sentía que algo explotaba en su interior.  Renunció a la intención primaria de traducir y procesar cada estímulo. Se dejó arrastrar y perdió la noción del tiempo y el espacio.
Las sensaciones embriagadoras los arrojaron a la marea de placer, donde no había lugar para el pudor. Cora desabrochó unos botones e introdujo las manos en la camisa de Gonzalo para acariciar y besar su torso. Él decodificó el mensaje y deslizó ambas manos suavemente por su espalda, bordeando el escote y rozando la piel con la yema de los dedos hasta detenerse en la parte baja. Devorándola con los besos, tiró delicadamente hacia arriba la tela del vestido para colocar las manos entre la piel y la ropa interior. Mientras él avanzaba, ella intuitivamente comenzó a bajarle el cierre del pantalón.
Extasiados, descubrieron sus cuerpos para amarse con locura y estallaron de placer. El fuego generado por ellos mismos los envolvió. Encendidos los dos, incendiaron todo a su alrededor.
(Analía)


Amor en azul

Le gustaban las sábanas de colores oscuros, pero todas las que tenían eran con fondo claro y florcitas o dibujitos. Cuando fueron a vivir a otra ciudad, su sueño se cumplió.
Estaba paseando y mirando vidrieras. En un local de una firma extranjera, una vidriera con cajas exponía un juego de sábanas con fondo azul y guardas rojas y negras. Sin pensarlo, las compró. No se lamentó por el costo. Pensó: “Lo bueno cuesta caro, mas los gustos hay que dárselos en vida”.
Las guardó para estrenarlas el día de su aniversario de casada. Era una tradición que mantenía desde siempre.
Llegó la fecha esperada. Renovaron los votos matrimoniales -como siempre-, fueron a cenar -como siempre- y al volver a la casa…
Les dejo a ustedes, amigos lectores, la respuesta. Sí, pasó lo que imaginan. Aunque para festejar no hacen falta los aniversarios, esos días uno se esmera un poco más.
A la mañana siguiente, se despertaron. Se besaron, como cada día, y su copiloto le preguntó: “¿Te sentís bien?”. Lo miró. Antes de responder pensó: “¿Qué me pregunta?, anoche estuvo bárbaro, pero tampoco la pavada” y le dijo: “Sí”.
Él explicó: “Estás cianótica”. “Vos también”, le dijo ella. Las carcajadas despertaron a los que dormían en los otros dormitorios. Los amantes tenían las caras y el cuerpo con hermosas rayas azules producidas por el antojo de una soñadora que no pensó que la ropa, antes de usarla, había que lavarla.
Pasó el tiempo, las sábanas están gastaditas y aún conservan la mala costumbre de desteñir. Ahora las usan los cuatro patas de la familia, cuando se suben a la cama.
(Adela)


Cena de trabajo

Sentada en mi sofá, observaba las pequeñas gotas de lluvia caer con paciencia. No había elegido la mejor noche para invitar a cenar a Pablo. Mi intención era tratar de convencerlo de que me ascendiera.
Ya estaba oscureciendo y comencé a dudar de su llegada. Por lo general, no me ponía nerviosa por las reuniones acerca del trabajo, si se le puede llamar así, pero últimamente me sentía extraña al encontrarnos en la cafetería o en el pasillo del edificio. Él me resultaba misterioso, como si no deseara que las personas leyeran su pensamiento; sin embargo, yo podía leer que su esposa no ocupaba un lugar importante en su mente.
Me levanté del sofá, lo ordené un poco y fui hasta el baño a retocar mi vestido hasta las rodillas y mi maquillaje. Estaba ansiosa, pero no dejaría que fuera obvio.
El timbre sonó y mi corazón se aceleró. Por las dudas, observé mi reflejo una vez más, y corrí hasta la puerta. Me detuve frente a ella un instante e hice la pregunta usual: —¿Quién es?
Se hizo una pausa y su voz apareció en el vacío.
—¿Pensás dejarme en la helada, solo?
Su tono parecía seductor, aunque quizás fuese solo mis ganas de que así fuera. Abrí la puerta y me encontré con su firme presencia. Tenía un abrigo elegante. Lo dejé pasar en silencio y él se dio media vuelta.
—Linda lluvia ¿no? Como para descorchar un vino cerca del hogar.
—Si tan solo tuviera un hogar...
—El hogar es donde uno está cómodo —comentó dejando el abrigo en el perchero.
Comenzó a rondar alrededor de la mesa donde yo tenía preparado un humilde despliegue y luego pidió permiso para sentarse. Tragué saliva y repetí sus pasos.
—Qué ocupada estuviste, parece que no estás tan concentrada en tus archivos —comentó con una sonrisa sarcástica.
—Esto también cuenta como importante —le dije tratando de mantenerme seria, y advertí—Voy a servir la comida.
Tomé las pastas que había cocinado con cuidado, mientras seguía esforzando mi indudable atracción. El retomó la conversación sin importancia.
—Tuve que avisarle a mi esposa que hoy me iba a la casa de Juan a discutir negocios, si hubiera sido honesto no hubiera sido agradable —agachó la cabeza con seriedad.
—Se pueden malinterpretar las cosas —respondí. Coloqué la fuente sobre el mantel, enredé mi tenedor en los fideos y empecé a servirle.
—Qué rica se ve la cena, ¡te luciste!
Estiré mi pie y empecé a acariciarle sus piernas con suavidad. Su expresión cambió notablemente.
—No deberíamos —susurró sorprendido, mientras yo me levantaba y tomaba su rostro para besarlo efusivamente. Me aferró de las caderas con intensidad, empujándome con su cuerpo al sillón donde una vez reflexioné, y posicionándome para unificarnos. Descolocaba cada centímetro de mi ser con su tacto impecable. Con precisión rasgó un delicado tramo de dulzura en lo que solía ser mi cuerpo, que ya no era mío, era su posesión. Aunque fuera vergonzoso decirlo, volqué toda mi confianza en su obra. Lienzando cada rincón, cada extremo, con sumo cuidado liberaba humedad de mis partes íntimas. Parecía que los dos habíamos perdido la cordura y estábamos entregados al momento. Era curioso cómo con tanta sabiduría movía mis piernas a su ritmo, y mis muslos quedaban desprendidos a su merced. La vorágine de deseo había nublado su conciencia, porque ahora yo no dejaba de escuchar sonidos viriles que también me transportaban a mí.
Cuando todo terminó, me miró a los ojos y dijo: —Debo irme ya.
(Amparo)