Sobre el Taller Literario "Punto Seguido"

Este Taller Literario es coordinado por la escritora Leticia Marconi y tiene lugar en Punta Alta, Prov. de Buenos Aires, Argentina.

domingo, 22 de agosto de 2021

Abecegrama: segunda letra

 

Alicia M.

La abuela ecologista advirtió peligrosos efluvios ígneos. "Ah, piensa ejecutivamente".
—¡Ok! Eliminemos emergencias inmediatas (Añá). ¿Podremos operar aquel ardiente asentamiento atajando cualquier avalancha?
—Awada, expulsemos... ¡ay! azufre.
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Fabiana


Las abogadas acallan ideas de ofensas agigantadas.
Ahogados litigios ojean.
¡Ok el amor! Analfabeto, añil…
Solamente aparece aquella arbitrada escena: ¡ataque fugaz, eventos extraños eyaculan azotes!, ¡calma, abrazos!
¡Actualmente, odio!
Desean afecto agraciado…
Chau:
DIVORCIO
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Alcira Elena

Excentricidades

Casi abarcamos acequias. Además, hectáreas afanosamente agregadas, chacras diseminadas. Ejercitando ukeleles. Elaborando amables enunciados; añadidos como apresurados. Equilibrados asesoramientos. Ataviados juntos; zweit*, excéntricos. Pymes azoradas. (Alcira)

*zweit: de dos en dos
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Analía


Traidores

La abdicación ocurrió. Eduardo heredó afortunadamente. Igual, ahora piensan ajusticiarlo. Okier, el amigo, anticipó años tormentosos. Opositores, aquí armaron, astutos, otro subterfugio. Evaristo Awada, exultante, ayer izó bandera.
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Adela


La abuela acumula adivinanzas. Necesita afectos. Agradece chocolates. Bizquea ojos. ¿Okey?
Ilusa, imprudente, ansiosa añora continuar operando equilibrada.
Transmite esperanza. Utiliza nuestras aventuras. Owen exclama: ¡Ay, Azucena!
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Alicia G.


Carlitos iba acomodando adecuadamente aerosoles afrutados.
Agáchese, ¡oh!, dijo, ¡ojo! Ukelele platinado, impecable, encontró. Añejo, longo, opulento.
Aquel iría ostentando otoños. ¡Guau! ¡Avante! ¡Twist and shout!
Exaltado, oyó azorado.
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domingo, 15 de agosto de 2021

Fantásticos


Guitarra mal parida


Me habían regalado una guitarra. No sé para qué, si no sabía tocar. Es decir, tocar la tocaba, la acariciaba, la limpiaba con una franela, la sacaba del estuche, decía alguna expresión de halago hacia ella y la volvía a guardar.
Todo fue idea de Antonio, mi novio. Resulta que él es concertista de guitarra, y un día se apareció con una para mí.
—Qué linda sorpresa, ¿no? —había exclamado con una sonrisa de oreja a oreja y, estampándome un estruendoso beso, la depositó en mis manos.
Yo pensé que era una broma. En ese estuche que debía de ser el de él, seguramente me traía bombones, perfumes, libros. Pero no ¡ERA UNA GUITARRA!
Pobre Antonio, no se dio cuenta de mi decepción. Estaba tan entusiasmado que continuó: —Vos tenés facilidad para la música, ya que interpretás muy bien el piano… ahora aprendé guitarra y salimos juntos a dar conciertos.
Hasta un profesor me contrató. Tenía todo resuelto. ÉL, yo no.
Nuestro noviazgo se fue a pique. Solo quería tocar su guitarra y que yo aprendiera con la que, generosamente, me había regalado. Solo era hablar de guitarra, tocar guitarra, y dale que te dale con la guitarra. Ni momentos para besarnos teníamos.
—No perdamos tiempo —me decía—. Dale, dale, tenés que salir buena.
La verdad, yo era y soy muy buena, pero no precisamente para tocar guitarra.
Un día lo esperé en la puerta y le dije:
—¡Alto! Fuera de esta casa y de mi vida. Bastaaaa. No quiero oír más la palabra guitarra.
Pensé en devolverle el instrumento. Luego decidí que podría hacerme falta para guardar aritos, alguna carta secreta o simplemente como elemento decorativo en un rincón de la sala.
Les cuento, hace unos meses, ocurrió algo muy lindo. NOOO, no volví con Antonio. Si bien me ha llamado varias veces reclamándome la guitarra, yo le contesté siempre lo mismo: “Lo que se da no se quita”
Lo que pasó fue que volvimos a reunirnos con mi grupo de amigas. Fue en casa de Mónica. Había llegado al país después de vivir en el extranjero por cinco años.
Linda oportunidad para usar la guitarra, dije entusiasmada, dado que, en el grupo, una de ellas, Lili, sabía tocar.
Éramos siete, sin embargo parecíamos un torbellino adolescente donde las palabras se entrecruzaban en el aire, se superponían con risas, anécdotas personales y preguntas sin respuesta.
La guitarra se lució con tan buena intérprete. Cantamos y hasta bailamos algunas chacareras, zambas y un chamamé.
Comimos rico y brindamos con bebidas espirituosas para cerrar el encuentro.
Nos despedimos felices por las horas vividas y con la promesa de reunirnos una vez por semana.
Comencé a caminar por el centro de la ciudad, sonriendo al pensar en cada instante de ese mediodía.
De pronto sentí que no podía avanzar. Convencida de que era efecto de los abundantes platos degustados, el dulcísimo vinito y la pesada guitarra que se me hacía cada vez más molesta, intentaba esforzarme un poco más. El pie no respondía. Estaba atascado. Bajé la mirada y allí estaba el taco del zapato metido en una ranura de la vereda. Levanté mi pie, pero el muy cretino no respondía. Se quedaba allí, firme como rulo de estatua, diría mi abuela.
Me agaché, hice fuerza para sacarlo y sentí que me hablaba.
—Estás pesada con todo lo que comiste y encima con poco equilibrio, balanceándote como una hamaca. Yo no sigo —concluyó.
Lo levanté enojada. Miré hacia ambos lados para ver si venía alguien; ni un alma en la calle. El calor se hacía sentir cada vez más. Pensé que, si bien estaba con pesadez y algo alegre, loca no me consideraba. No, de ninguna manera iba a creer que ese pedazo de madera forrado en cuero me estaba hablando. Pero sí, ME HABLABA. Lo levanté y seguí sin zapato avanzando en punta de pie para compensar con el otro.
Con la vista hacia adelante y erguida, como si nada ocurriera, continué mi camino. Apenas di unos pasos cuando, nuevamente, escuché una voz.
—Frená un poco, te vas a ir de bruces contra el suelo —repetía una y otra vez una voz chillona y suave.
Arrojé el taco contra el cordón de la vereda y furiosa lo miré. Cuando iba a continuar, de nuevo la voz se hizo escuchar y un leve movimiento sacudió la guitarra. Del susto caí despatarrada en medio de la calle, arriba de la guitarra que quedó aplastada y con sus cuerdas vibrando.
Sé que es difícil que esto que les voy a contar ustedes lo crean, pero es totalmente real: De la boca de la guitarra… no, ya sé que no tiene boca. Se llama así el agujero ese grande que tiene en el medio… No se rían, no estoy ebria ni loca… de allí salió un ser diminuto. Se posó en mi hombro y me susurró al oído:
—Yo soy el duende Volante, el que ayuda al instante. Te advertí que no fueras tan de prisa, que frenaras un poco porque tu estado no era el mejor. Pero no me escuchaste, ni siquiera me viste. Pensaste que te hablaba el taco del zapato ¿A quién se le ocurre? A alguien que comió y tomó de más. En cambio, ahora estás dudando de mi presencia. ¿No crees en los duendes?
Yo reía y lloraba, tratando de desprenderme una cuerda que se había incrustado en mi trasero.
Se ofendió, salió volando como una luciérnaga y no lo ví más.
Mis amigas dicen que todo fue producto de mi imaginación, la fermentación del jugo de la uva, que con el calor… bla, bla, bla.
Yo sigo sosteniendo que es culpa de Antonio y su bendita guitarra que no le quise devolver. (Alicia G.)



El camafeo

Me llamaron Rosalina. Nací en un castillo en Omaña, en el reino de Castilla. Mi padre fue el duque de Omaña y mi madre, la duquesa de Setneilas.
A ella no la recuerdo porque falleció cuando yo era pequeña, pero de mi padre me quedaron las historias que me contaba antes de dormirme. Fue él quien me dio el camafeo que cuelga de mi cuello y me hizo vivir hechos curiosos.
Papá era el mejor relator de historias fantásticas. En ellas abundaban los duendes, las princesas, los villanos.
Hasta los diez años creí que existían esos seres, tal era el realismo que él ponía en los relatos.
Cuando papá falleció, debí arrendar el castillo e irme a vivir a un piso en la capital.
La nobleza pasó de moda y entre las enseñanzas de mi progenitor aprendí que las mujeres deben estudiar y trabajar para ser independientes.
Les hablé del camafeo y de hechos curiosos. Cuando me mudé, creí que iba a sentirme sola. Pasé de estar en un lugar muy amplio con mucho personal de servicio a compartir la nueva vivienda con una empleada que la asea.
Comencé a estudiar en la Universidad. Cuando preparaba los exámenes, el colgante que es de oro y se abre -contiene en una mitad la foto de mi mamá y en la otra, un mechón de mis primeros rulos-, se convertía en un objeto de cristal en el que se reflejaba mi madre, cobraba vida, sonreía con dulzura y lucía un vestido de fiesta traslúcido; luego se alejaba volando y el objeto volvía a ser de oro. Intenté provocar el milagro en otros momentos, pero no pude lograrlo.
Sé que ya soy adulta y no debo creer en cuentos maravillosos, pero lo que les relato no es un invento. Ustedes dirán que esta historia debería haber empezado con el Había una vez, pero estamos en el siglo XXI y una chica de sesenta años sabe que los cuentos maravillosos son sólo eso: cuentos.
(Adela)


La sucesión

Me encantan las flores, desde la humilde violeta hasta la regia rosa. Admiro a las personas capaces de crear paletas multicolores en sus jardines y no dejan de provocarme un dejo de envidia. Al contrario de las mujeres de mi familia soy incapaz de mantener vivo siquiera un yuyito en una maceta. Mi madre y mis tías, en cambio, tenían unos jardines espléndidos. Mis primos y yo disfrutábamos jugando en medio de mariposas, colibríes y todo tipo de insectos atraídos por su fragancia.
Había aprendido en la escuela que las abejas producían la miel a través del polen que extraían de las flores. Solía pasar horas observándolas, tratando de dilucidar cómo lo hacían. Con el tiempo lo fui aprendiendo e incluso visitaba a menudo los colmenares de mi tío Anselmo. Y me alarmé cuando leí que se trata de una especie en extinción debido a los pesticidas usados en la agricultura. Sentía verdadera fascinación por las abejas, sentimiento que cambió abruptamente hace cinco años.
Estaba terminando el tercer año en la secundaria cuando recibí una invitación de mi mejor amiga, Cintia, para que pasara el verano en su casa. Éramos muy unidas, compinches en el estudio y la travesura desde primero. Tuve que sudar bastante para conseguir el permiso, aprobar todas las materias de ese año y la que tenía previa.
Ella vivía en el campo, sus padres eran pequeños productores dedicados a la huerta. Hubieran sido las vacaciones perfectas si no hubiera descubierto lo que ahora me quita el sueño.
Había unos vecinos que fueron poderosos terratenientes. Sus ancestros podían rastrearse desde la época colonial. Con el tiempo y descendientes dilapidadores, el antiguo poder había quedado reducido a un modesto terreno donde se erigía la mansión familiar. En las escasas tierras tenían colmenares que producían una miel tan exquisita que era conocida incluso fuera del país.
El último miembro de la familia era una anciana, la única habitante de la mansión. Los pocos trabajadores vivían en pequeñas casas distribuidas en la propiedad.
Los padres de Cintia proveían de verduras frescas a la mansión. Un día los acompañamos cuando hicieron el reparto. Jamás olvidaré la impresión que me causó el caserón; de inmediato pensé en Manderley, el palacio de una novela de Daphne Du Maurier. La matriarca estaba en la puerta y Cintia y yo nos acercamos a saludarla.
Era una mujer de edad indefinida, su cabello renegrido estaba sometido a un ajustado rodete, tenía una hermosa sonrisa y su voz era la de una abuelita cuentacuentos. Y, sin embargo, algo en ella me generó escalofríos. Sus ojos eran muy oscuros, el iris ocupaba casi toda su mirada. ¡Y no tenían expresión! Se lo comenté a Cintia cuando volvíamos, pero ella se rió de mí.
Dos noches después de esa visita, me despertó un fuerte zumbido. Me asomé a la ventana y vi una monstruosa nube negra que se dirigía al campo vecino. Era un enorme enjambre, nunca había visto tantas abejas juntas y mucho menos de noche. Se lo comentaría a Cintia a la mañana, pero cuando me levanté al día siguiente, mi amiga no estaba y sus padres la estaban buscando. Vino la policía y junto con los vecinos rastrearon la zona sin resultados.
Yo no podía olvidar lo que había visto y decidí ir a la mansión. Suponía que alguno de los trabajadores me daría alguna explicación y, tal vez, sabrían algo de Cintia que no le hubieran dicho a la policía.
Cuando llegué a la casa no vi a nadie en los alrededores. Me dirigí al edificio y toqué la puerta, esta se abrió y, después de vacilar un poco, entré. Nada me había preparado para lo que descubrí. Todo el techo era una gigantesca colmena. Las abejas revoloteaban por todo el lugar. Recorrí varias habitaciones y en todas era lo mismo. Las colmenas ocupaban todo el espacio.
—Viniste —la voz de abuelita me sobresaltó— te esperaba. Sabía que tarde o temprano lo descubrirías todo. Mis abejas no se equivocan.
—¿Dónde está Cintia?
La mujer abrió una puerta y vi a mi amiga. Estaba tendida en el suelo, desfigurada.
—¿Qué le hizo?
—Mis abejas no la aceptaron, pobrecita. Creí que ella sería mi sucesora, pero me equivoqué.
—¿Su sucesora?
—Verás, cuando era niña, un enjambre me atacó. Tengo el veneno de las abejas en mi sangre, lo que me permitió comunicarme con ellas. Soy su reina.
Debió leer mi mirada porque sonrió:
—No estoy loca, todo lo que te digo es verdad. Ya soy una mujer mayor y busco alguien que ocupe mi lugar cuando llegue el momento. Creí que sería Cintia, sin embargo mis abejas eligieron a otra. A vos.
—Y dice que no está loca. Jamás me voy a prestar a su juego.
—No tenés opción, fuiste elegida. Ellas te buscarán cuando sea el momento y no creas que podrás huir. Ellas están en todos lados. Y no se te ocurra decir nada de esto, porque mis abejas se encargarán de tus seres queridos.
Salí corriendo. Nunca hablé con nadie sobre lo ocurrido. Cuando terminé mis estudios me fui a la ciudad. Vivo en un edificio sin plantas. A nadie le importa tener un jardín. Si no hay flores no hay abejas. Y aunque han pasado cinco años, todavía escucho su voz: "Ellas te buscarán". 
(Alicia M.)


Juegos de niña

Escuché ruidos extraños a las tres de la mañana. Me levanté de la cama y bajé las escaleras en puntas de pie.
¡Qué raro! La luz de la cocina encendida a esa hora —murmuré confundida. Al abrir la puerta, la nube de polvillo brillante y multicolor suspendida me envolvió. Me acerqué a la mesada e intenté quitar los restos de polvo de mis ojos con los dedos y pude ver sobre una de las hornallas, la olla gigante con un líquido verdoso fluorescente que todavía borbotaba. Abrí la ventana para que entre un poco de aire y encontré encima de la mesada, un puñado de hierbas secas, un pote con huesos, una bolsita con corteza de árbol, pétalos de flores en un plato y una docena de frasquitos de vidrio con tapas de corcho que contenían mejunjes y pócimas. Otra vez Selena jugando de noche, pensé. Y sí, los indicios confirmaban mi suposición.
Cada frasco tenía una etiqueta blanca escrita a mano. La pequeña se había tomado el trabajo de identificarlos, uno por uno. Pude reconocer la letra imprenta infantil y despareja de mi nena de diez años.
Minutos después, escuché risas, ladridos y maullidos. El barullo provenía del patio. Me asomé por la ventana y lo que pude ver desde allí me tomó por sorpresa. No sólo por lo que había hecho Selena esa noche, sino por lo que había aprendido en tan poco tiempo.
El panorama indicaba que las mascotas habían ingerido el brebaje preparado por la pequeña y éste había provocado el efecto esperado, porque el perro maullaba y la gata ladraba. Salí al patio y me acerqué a los animales mientras mi hija, desde arriba, reía a carcajadas y revoloteaba por el aire conduciendo su escoba con una destreza asombrosa. Se desplazaba de un lado al otro, dibujando círculos de distintos tamaños y atravesando los muros desde el patio hacia el interior de la casa y viceversa, una y otra vez. Volaba un poco más alto o al ras del suelo, patas para arriba o patas para abajo, pero en todos los casos, descostillándose de la risa.
¿Te desperté, mami? Uy, ¡perdón! —me dijo en una de las pasadas.
Entonces, sentí orgullo. Sí, esa es la palabra: orgullo. Y recordé mis primeras experiencias. El día que teñí de violeta las plantas del jardín de mi abuela o cuando, jugando con mis pociones, convertí a mi hermano en un mosquito tan pero tan chiquito, que mamá tenía miedo de que algún sapo se lo comiera. Y otros tantos recuerdos vinieron a mi mente. Me senté en el piso en un rincón del patio dispuesta a disfrutar en silencio del juego de mi niña. Ver su despliegue me colmó de felicidad.
La noche estrellada hubiese sido perfecta si no hubiera perdido el equilibrio. ¡Se lo dije una y mil veces! Frenar en seco el dispositivo volador es muy peligroso. Puede causar un desastre. Lo cierto es que Selena frenó de golpe la escoba y esta acción provocó su caída. Pobrecita, ¡qué golpe se pegó! Dolorida, cargada de bronca e impotencia, en ese momento no se quejó ni le salió una palabra. Me acerqué, tomé sus manos y para tranquilizarla le dije: —Juegos de niña, no pasa nada… pero si te duele mucho, voy a tener que llamar a emergencias médicas —y la abracé.
No es para tanto, mami —me dijo, y esbozó una sonrisa con los ojitos cargados de lágrimas. (Analía)


El portal mágico

El sol resplandecía sobre las playas que comenzaban a ser concurridas. Faltaban solo unos meses para finalizar el ciclo escolar de ese año. Antes de que iniciaran las vacaciones de verano, mi curso iba a ser parte de una excursión ideada por mi profesora de Biología. Dicha salida iba a ser hacia una isla muy conocida en mi ciudad, que se ubica a pocos kilómetros de la costa y cuenta con un volcán inactivo el cual íbamos a observar y estudiar.
Lo que más nos interesaba a mis compañeros y a mí, eran las maravillosas historias y leyendas sobre la isla. Estábamos convencidos de que algo misterioso nos iba a pasar. Mi profesora afirmaba que aquellas historias eran totalmente ficticias, creadas para causar emoción, pero nosotros no le prestamos atención.
Llegado el día nos dirigimos en barco hasta el lugar. El viaje fue muy corto, sin embargo, disfruté mucho de las vistas. Al desembarcar, nos esperaban dos guías para mostrarnos el camino y mantenernos juntos. Empezamos a caminar entre los árboles hasta que solo había rocas grandes.
Inesperadamente, vi a lo lejos una puerta formada por rocas; nadie pareció percatarse del hecho y siguieron el sendero. Pero yo, absorta en la curiosidad, me acerqué hasta ella y la crucé. Me di cuenta de que aquella no era una puerta común, sino ¡un portal!
Me llevó a un lugar extraordinario. Allí se encontraban un sinfín de plantas, arbustos, árboles y flores desconocidas. Miré hacia el cielo y había por lo menos diez globos aerostáticos, pero solo uno vacío… esperando por mí. Quería subirme. De repente entré en razón y pensé: “me puede pasar algo peligroso, mis compañeros deben estar buscándome, ¿qué tal si nunca puedo regresar? ¿Y si hay alguna criatura salvaje? ¿Y si me subo al globo y este cae?"
Comencé a sentir náuseas y entré en pánico.
Divisé la puerta y corrí hacia ella, pero no me llevó de regreso al bosque, sino que aparecí en mi habitación. Con todo el terror del mundo, me metí en la cama y me tapé con las sábanas para no salir nunca más.
Ahora me arrepiento de mi actitud y de no haber subido al globo, hubiera sido una experiencia sensacional. Todavía sigo cautivada por esa figura. Luego de mucho tiempo llegué a la conclusión de que, tal vez, me hubiera llevado a algún lugar en el que deseara estar inconscientemente.
Según mis amigos, yo no había estado allí ese día. ¿Habrá sido un sueño?
Igualmente, prefiero eso antes que explicar que un portal mágico me llevó a casa. (Julieta)


Los zapatos de Marga

Marga, la señora del mago, se niega a prestarme sus zapatos de lamé color turquesa. Amo esos zapatos desde siempre, cuando los lleva puestos no puedo prestar atención a otra cosa. Le pregunto dónde puedo comprar unos iguales y responde con evasivas. Hoy es la fiesta. Con la complicidad de mi hijo menor, que la entretiene jugando, se los robo y me los pongo.
No soy una persona con suerte. Para ayudarla, varios amuletos cuelgan de mi pulsera “pandora” que siempre llevo conmigo. Siempre menos hoy, que no combina con el color de mi atuendo. En ella conviven un cuerno rojo, una lechuza, San Expedito, una mano de Fátima, el Gauchito Gil, un trébol de cuatro hojas, un crucifijo, un hada, un ángel, la virgen del Carmen, Laura Vicuña, la difunta Correa y un gnomo. Tiene demasiados colores y hoy todo es turquesa.
Bajo apurada el cordón de la vereda para subirme al auto. El peso de mi cuerpo se apoya sobre mi pie derecho, la tira que sujeta el zapato zafa, mi tobillo gira y el tacón se abre íntegro. Desde el interior del calzado comienzan a salir unas plumas blancas. Acerco mi mirada y veo una paloma, un conejo, un pañuelo rojo gigante, una galera, una varita, un vaso, una capa, un mazo de naipes, fósforos, sogas, monedas, guantes blancos y una bombacha (limpia, por suerte). Cuento los objetos: uno, dos… ¡trece en total! ¡Igual que los elementos de mi pulsera!
¿Y ahora? Evidentemente todas tenemos una bruja, un hada o lo que sea dentro nuestro… ¿Qué hago? Mi idea de usar los zapatos y devolverlos sin que Marga lo note ya no puede ser: se me escapó el conejo, la paloma y la lechuza se volaron y se mojaron los guantes. No tengo idea de cómo conseguir otra lechuza (el resto tal vez pueda reemplazarlo, pero ¿dónde se compran las lechuzas?).
La fiesta está por terminar, sigo sentada en el cordón de la vereda. Lo único que se me ocurre es regalarle mi pulsera para resarcirme, pero no estoy dispuesta a perderla. La fiesta está perdida y el zapato también, es demasiado. ¡Mejor me escondo hasta encontrar una idea mejor, aunque tenga que pasar meses sin salir de casa!
(Fabiana)


Fantasías deliciosas

Estoy sentado bajo el toldo de mi bodegón favorito. Hace muchos años que vengo cada mañana a desayunar. Llueve a cántaros, creo que el cielo quiere lavar nuestros errores, no creo que le alcance el agua. Nadie en la calle. De pronto “siento” una mirada que me atrae, me lleva a levantar la vista y mirar hacia adelante. Y allí está él, ni tan cerca ni tan lejos, sólo nos separa la ancha avenida y una cortina de agua. Todo en él me trae recuerdos de mi infancia. Me mira con sus enormes ojos verdes brillantes, cual sandía bajo el rocío. Su cara angulosa color melón maduro es hermosa. Rasga una guitarra con manos del tono del café que bebía mi abuelo José. Sus dedos largos con uñas pistacho cremoso acarician las cuerdas que crean una melodía amorosa de cuentos que hace mucho no escriben. Mueve los labios rosa mosqueta; no escucho sus palabras, pero llegan sin problema a mi cabeza cana y casi pelada.
Habla de un mundo encantado con dulces árboles de luces, susurrantes campos de vainilla y azafrán. Calles de grajeas y mares de caramelo, silencios insondables en las cuevas de frutillas. Un sol de girasoles y estrellas de azúcar en un cielo de alelíes.
Recorre los planetas, de galaxia en galaxia. Busca a su amada. Un hada que un día montó sobre su dragón mágico y nunca más la vio. Las amigas le contaron que salió en busca de las cataratas de agua de aloe vera, para asegurarse la juventud eterna. Nadie sabe dónde está, en qué lugar del espacio puede encontrarla. Mientras tanto, él seguirá su búsqueda incansable.
—¡Abuelo, despierte! ¡Otra vez se quedó dormido sobre la mesa!
Miro al mozo y le descargo un vaso de agua en la cara.
“¡Malditos jóvenes creen que porque tengo noventa años tienen permitido llamarme ‘abuelo’! ¡¿A mí?! ¡Que soy soltero y orgulloso de mi castidad! (Alcira Elena)




miércoles, 11 de agosto de 2021

De espacios, ritmos y placeres


Como Pancha, disfruto con amor y paz mi liberación
(Silvia)


Mis vacaciones resumidas en los momentos vividos frente a Cifuentes.

Agua tormentosa, ruidosa, salto de dios en la tierra.

Corre con energía y se lleva mis pensamientos.

Terreno escarpado, escalera empinada, da mucho miedo…

El paisaje me invita a celebrar.

Mi espíritu se siente libre,

mi corazón encuentra calma.

Las emociones fluyen…

Soy feliz.

Paz.




El gozo más feliz de Pancha (Fabiana)


Café y amigos calmando frío; encuentros virtuales, caminatas y reflexiones.

Necesidad de pensar y hacer más lentas las horas.

Dormir sin prisa, saborear despacio, disfrutar la vida.

Escucharse, comprenderse, conocerse, amarse… con más tiempo.

Alegrar al otro, alegrarse con otro.

Proyectar futuro, inflar el ego.

Darse lugar, dar espacio.

Reír a carcajadas,

comer rico:

¡gozar!



Mis vacaciones: Paz, amor ¿y la liberación de Pancha? (Analía)


Tiempo de descanso para dormir un poco más y pasear

elegir un buen libro, mirar una película o escribir

ordenar esas cajas llenas de fotos y papeles

tejer una bufanda con el ovillo olvidado

saborear una rica torta de chocolate

celebrar bien fuerte la amistad

disfrutar de las caminatas

contigo siempre cerca

sin horarios

felices.




Felices gozamos con Pancha (Adela)


Relax. La aventura casi termina mal. Un susto en vacaciones.

Lectura en la siesta. Encuentro con personajes y lugares.

Festejo con amigas. Café, tostados, charlas, risas, recuerdos.

Frío y calor. Días que se alargan.

Las cataratas y la luna llena.

Paseo por el centro. Distracción.

El coche al lavadero.

Las plantas florecen.

Mi fuente.

Pancha.




Felices con Pancha, pudimos gozar más en estas vacaciones (Alicia G.)


Fría estación, pero colmada con calor de hijos y nietos.

Llegamos ansiosos de abrazos, de palabras cariñosas y festejo.

Nos reunimos con alegría, emocionados por el momento,

a pesar del barbijo y la distancia.

En el aire flotaron corazones felices.

Palabras, risas, cuentos y juegos.

Faltó el mate compartido,

pero hubo café.

También tortas.

Felicidad.



Pancha más feliz, goza (Alcira Elena)


Releí libros; uno de Sábato, no todos podemos escribir apropiadamente.

Me avergonzó mi atrevimiento de intentar emprender tamaña osadía.

Aunque según dicen que vale esa intención maravillosa.

Pongo empeño a pesar de las dificultades.

No siempre es tan sencillo conseguirlo.

A veces las palabras huyen.

Mi mente trabaja febril.

Los borradores abundan.

Letras enhebradas.

Liberación.








domingo, 8 de agosto de 2021

¿Cómo se hace?



Barrer la vereda

En primer lugar, es importante tener una vereda. Es la carta de presentación de su hogar o su negocio. Debe estar prolija e higiénica, como si fuese su rostro.
Para el barrido es imprescindible contar con la ayuda de una escoba, un barrehojas o una hoja gigante de palmera. Usted debe mecerlo, como si fueran las olas del mar. No olvide que para que el resultado sea exitoso, debe haber hojas, papeles o tierra, si no, el esfuerzo es en vano. Piense en su vida, en cómo está y cómo estaría sin orden y sin proyectos. Mueva, saque lo que le molesta.
Una vez realizado el trabajo, se debe juntar la basura y ponerla en una bolsa o caja, y dejarla en un lugar visible para que se la lleve el recolector (como si desechara también sus malos recuerdos). El juntado se realiza con una herramienta adecuada para ese fin; parece muy simple, pero sin la pala, el recogimiento de los desperdicios se dificulta enormemente. Es como cambiar la mugre de lugar, como reconocer lo que nos hace mal y no hacer nada para cambiar.
A fin de mantener buenas relaciones con sus vecinos y que la higiene permanezca, esta tarea se debe repetir a diario, o cada dos días, dependiendo la estación del año y el clima reinante. ¡Igual que un buen baño con la bañera llena de espuma! (Fabiana)


Escribir una nota

A menudo solemos escribir notas. Pero ¿qué es una nota? Una nota puede ser un texto, un apunte.
Para ello, debe hacerse de manera inconsciente al menos alguna de estas cinco preguntitas: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué? Eso ayudará a organizar la información que desea dejar plasmada en el texto, y ya no digo papel porque también puede ser en cualquier dispositivo electrónico, llámese computadora, celular, iPad, y demás.
Comenzará con una actividad de coordinación motriz, momento en que se realiza el enlace entre el cerebro y la muñeca que articula las falanges para arrancar, y a partir de allí, tipear o escribir el título o referencia de la nota.
Con sincronía moverá dos dedos de cada mano y, si es muy diestro, con suerte cuatro de cada una en caso de hacerlo en la computadora, si no elegirá un instrumento que considere apropiado para la misión. Podrá ser una lapicera, lápiz, marcador y el color ¡vaya uno a saber! El que quiera. Colocará lo que eligió entre el pulgar y el dedo índice apoyándolo en su dedo mayor. Deberá ejercer la presión justa sobre la superficie del papel sosteniéndolo, en instantes la magia de la tinta o el grafito dibujarán los trazos que usted le indique.
Al finalizar la primera oración recuerde colocar punto y aparte. No olvide dejar sangría al comenzar la próxima, es ese espacio que obtiene al presionar la tecla de flechas a su izquierda. Descanse y tome aire cada diez o quince palabras, eso servirá para reorganizar las ideas. Una vez que termine, si es posible, relea y busque errores ortográficos. Si lo hace en algún dispositivo, despreocúpese; en seguida notará un subrayado irregular rojo si el sistema no reconoce la palabra, y podrá corroborar y arreglar. En cambio, si el subrayado es azul, el error consiste en espacios mal planteados; simple, los acomoda y ya está.
Ahora, amigo, agárrese. Si escribió a mano alzada y no tiene a su lado un compañero que lo lea, entonces rece porque lo haya hecho bien y el mensaje llegue de manera correcta a destino. (Silvia)


Tejer un pulóver

¡Hola, amigas! ¡Volví! Traigo nuevos tutoriales para que alegren sus días y agasajen a sus seres queridos.
Hoy voy a explicarles cómo tejer un pulóver.
Lo primero que tienen que pensar es a quién se lo van a regalar. Esto es fundamental para saber de qué talle lo van a hacer y de qué color. En cuestión de colores, cada uno tiene una preferencia.
Cuando han solucionado este primer paso, van a un negocio de venta de lana, eligen el color y compran unas agujas para hacer el elástico y otras para el resto de la prenda. Si no saben qué agujas corresponden, seguro que las vendedoras las van a orientar.
¿Ya están en casa? Empecemos.
Si el destinatario es un adulto de altura y peso estándar, con 128 puntos podemos empezar. Calculamos una cadera de 97 cm, una manga de 24, el largo de 63 y el ancho de espalda de 31 cm.
Y ahora ¡a tomar las agujas! Montar en una de ellas los 128 puntos y con las agujas más finitas comenzar a tejer los puntos base. (En el tutorial anterior ya aprendieron a hacerlo). Ahora empezamos a tejer el elástico: un punto derecho, uno revés; un derecho, un revés… Verán que queda ajustadito y prolijo. Con aproximadamente 10 cm ya estará listo.
Cambiamos a las agujas más anchas y seguimos con el punto para Jersey: una vuelta derecho, una vuelta revés. Les recuerdo que el punto revés va con la pancita para arriba y el punto por arriba de la aguja, y el derecho con el punto por debajo de la aguja.
Calculen cuántas vueltas deben hacer de acuerdo al tamaño de quien va a ser alojado por el pulóver.
Cuando estamos a la altura de las sisas debemos ir disminuyendo y, al llegar al cuello, podemos cerrarlo con otro elástico como el que hicimos al comenzar.
Para las mangas seguimos el mismo procedimiento. Les recuerdo que las disminuciones se hacen en vuelta derecha, se cierran seis puntos, se hace una vuelta y así sucesivamente.
Para unir las mangas con el cuerpo del tejido, es conveniente usar agujas de crochet.
Si les gustó el tutorial, me escriben y me lo dicen. Las espero la próxima semana con nuevas ideas para prepararnos para la primavera y recuerden, cuando acaricien a las agujas, que en cada mujer hay una Penélope esperando a su Ulises. (Adela)


Disfrutar de un paisaje

Esta es una acción de lo más simple y divina. Será suficiente con mirar, pero no cualquier cosa, no se disfruta de un paisaje todo el tiempo. Por eso, tendrás que encontrar un lugar muy hermoso en el que te sientas cómodo, y observar. Para poder disfrutarlo deberá ser únicamente de tu agrado.
Uno de aquellos lugares podría ser una zona llena de naturaleza, con un lago o cascada, césped, repleto de preciosas flores, arboles y montañas. Bastará con que te guste lo que veas.
Cuando sientas que has maravillado a tus ojos y estés plenamente satisfecho, en ese momento estarás disfrutando totalmente de un paisaje. (Julieta)


Injertar un gajo

Deberá usted tomar nota si pretende injertar un gajo.
En primer lugar, tendrá que contar con las herramientas adecuadas: una buena tijera de podar afilada y unos guantes lo suficientemente gruesos como para proteger sus manos, pero no demasiado porque con ellos deberá maniobrar el elemento afilado. Unas tiritas de tela para usar después. Ah, y un balde con agua.
Si está dispuesto a hacerlo, le sugiero observar con atención la planta. Sin apuro y en detalle. Porque no es fácil determinar cuál es el tallo indicado. El que sea apto para la operación. Sólo un ojo entrenado puede detectarlo a simple vista. Pero para eso, usted debería haber ejercitado el oficio por años. Si quiere tener éxito con el injerto, el tallo que se va a utilizar como gajo debe tener buen aspecto.
Con los guantes colocados, y la tijera cerca, usted debe sostenerlo. Aunque así lo parezca, no es una tarea sencilla. Debe tomarlo con firmeza con dos dedos de una mano, y con la otra, ejecutar un corte limpio usando la tijera afilada, siempre en sentido diagonal. Le recomiendo tener mucho cuidado con las espinas porque suelen ser traicioneras.
La precisión del corte le permitirá injertarlo de tal forma que no quede espacio libre, tan peligroso este último como un corte desafortunado. ¿Por qué se lo digo? Porque por allí puede entrar cualquier cosa que afecte a la salud de la planta.
Le aclaro que el injerto dependerá de esas dos cosas: del buen ojo y del buen corte. Pero no es todo.
Elegir el tallo receptor del gajo también conlleva una dificultad. No cualquiera acepta al extraño, debe ser un tallo amable dispuesto a someterse a la intromisión y, sobre todo, asumir que recaerá en él la responsabilidad. Por esto, realizar un buen corte en el receptor para adosar el gajo también requerirá de la destreza de quien realice la tarea. Pero si usted lo logra, sólo resta envolver ambos con las tiritas de tela preparadas para tal fin. Envolver esa unión con delicadeza (para que no sufran) y regar la planta enseguida darán por finalizada la tarea. (Analía)


Exprimir una naranja

Estamos en invierno, época de resfríos, gripes y demás yerbas y se hace necesario incrementar la ingesta de vitamina C. Para eso vamos a la verdulería y compramos cantidades ingentes de naranjas.
Lo primero que debemos tener en cuenta es elegirlas con cuidado. Las llamadas de ombligo, grandes y dulces, son muy buenas para comerlas; ahora bien, si lo que queremos es exprimirlas para obtener el zumo, es recomendable buscar el cajón que dice “para jugo”.
Una vez en casa, sacamos la fruta de la bolsa y la desinfectamos (el COVID no es chiste) y buscamos el exprimidor. Este adminículo culinario consiste en una base o receptáculo y una parte superior que encaja en dicha base, con una protuberancia aguda y acanalada rodeada de una especie de colador que permite que el zumo caiga en el receptáculo ad hoc.
Para exprimir una naranja con eficacia debemos cortarla por la mitad en forma transversal, sobre un plato para evitar que su jugo nos ensucie la mesa. Podemos utilizar un exprimidor eléctrico o a tracción a sangre. Con el primero, el procedimiento es sencillísimo: lo enchufamos y posamos suavemente sobre la protuberancia nuestra media naranja, con una leve presión el aparato se pondrá en marcha y obtendremos la bebida buscada.
En caso contrario, tomaremos firmemente la media naranja con nuestra mano hábil, la apoyaremos sobre prominencia y con fuerza la rotamos para despojarla de su jugo. Si usamos la izquierda, la rotación seguirá el movimiento de las manecillas del reloj; si usamos la opuesta, el giro será anti horario. De cualquier manera, el resultado es un delicioso zumo.
Las cáscaras podemos guardarlas para caramelizarlas o convertirlas en una exquisita mermelada. En cuanto al néctar obtenido, podemos beberlo en cualquier momento del día. Y un “tip” para tener en cuenta: con vodka, ron o tequila se transforma en deliciosos cocteles contra los que ni el más pertinaz virus se atreve. (Alicia M.)


Regar las plantas de la vereda

Primavera. Época ideal para que usted aprenda a regar las plantas, en especial a las que engalanan la vereda.
Primero, debe controlar el estado del hueco que le da arraigo: limpiarlo de malezas; esparcir fertilizante -es imprescindible que sea natural, nada de químicos que perjudican el medio ambiente-; dar vuelta la tierra para airearla, tiene que dejar el espacio suficiente para contener una buena cantidad de agua, como mínimo cinco centímetros hasta el borde.
Si en su jardín cuenta con una canilla baja, busque una manguera y adósela al grifo. Extiéndala hasta llegar a la base de la planta, abra el grifo y deje que el líquido fluya. Cuando se colme la capacidad del hoyo sin que se desborde -no derroche agua, existen personas en el mundo que mueren de sed-, cierre el pasaje de agua. Recoja la manguera con prolijidad y guárdela en un lugar sombreado para que no se reseque.
Si no tiene esa comodidad, busque dos baldes medianos; si son grandes su cintura pagará lamentables consecuencias.
Cargue hasta tres cuartos de la capacidad de los recipientes antes mencionados o se mojará el calzado cuando haga el vaivén propio de su caminar. Con un balde asido en cada mano para equilibrar y coordinar sus pasos con los brazos colgando a los costados del cuerpo, proceda a hacer tantos viajes hacia el árbol como sean necesarios hasta colmar el hoyo.
Al concluir su tarea, apile los baldes uno dentro de otro y guárdelos boca abajo para que no se ensucien.
Repita la operación cuando note que la tierra comienza a secarse.
No lo olvide: si le gustan las aves mantenga sus árboles saludables. Siempre podrá disfrutar de una sombra refrescante acompañado de una hermosa melodía. (Alcira Elena)


Escribir un cuento


Escribir un cuento “no es moco de pavo”, como dijo alguna vez Graciela Cabal.
Primero tenemos que decidir si es un cuento popular, de la tradición oral, folklórico, policial, de misterio, terror, fantástico y de hadas, realista, para niños y/o adultos. No es tan sencillo. Es como pensar en una caminata. Es diferente recorrer un sendero de flores y arbolado, que un camino al borde de un precipicio. Un sendero angosto con piedras y ramas, que otro llano y espacioso. Dar pequeños pasos en un recorrido corto, que andar kilómetros y kilómetros sin descansar.
Vamos a suponer que decidimos escribir un cuento maravilloso o de encantamiento, tan atractivo para los niños.
Primero tendremos en cuenta la taxonomía de este para familiarizarnos con conceptos fundamentales como título, categoría literaria, clase, ciclo, tipo (resumen genérico). Las distintas variantes (A o B), versión recreada o literaria, arquetipo, motivo….
Si queremos ahondar mejor, buscaremos los sistemas de clasificación como los de la escuela finlandesa. Guiarnos por los pasos de Propp, llamadas funciones. Y…
¡Ya se! ¡No entendieron nada! Bueno, luego les paso la bibliografía y, como dice el refrán: “piano piano se va lontano”.
Aquí van los pasos a seguir para escribir un cuento maravilloso y hacer alguna adaptación a nuestros días:

1.- Una situación inicial de carencia o problema. Ej.: hambre, princesas aburridas o caprichosas, príncipes molestos, etc.
Si lo traemos a la actualidad ¿es factible?, ¿les resuena? En este caso sería un cuento realista, no maravilloso.

2.- Convocatoria: El rey llama para resolver esa situación inicial. El héroe o heroína se hace presente.
Podemos hacerlo actual: el presidente de institución política, religiosa o deportiva pide ayuda para encontrar soluciones y seguidores que lo apoyen.

3.- Viaje de ida: El héroe realiza el camino para encontrar la solución. Por supuesto tiene que volver.
En la realidad, a veces los “héroes” creen tener la solución y quieren quedarse allí y no retornar a su estado anterior.

4.- Muestra de generosidad y/o astucia para ayudar y socorrer a otro u otros. 
Aquí se me está complicando: ¿podemos hallar alguno de estos atributos hoy en alguna persona que esgrima poder y arrogancia?

5.- Entrega de un objeto mágico: Por haber sido bueno y generoso, el héroe recibe un objeto fantástico que soluciona todos sus problemas.
Bueno, bueno, ya sé lo que se están preguntando: si yo fui y soy tan buena, amable, dadivosa, ¿dónde me entregan un objeto maravilloso?
Tranquilas. Yo también me lo pregunto. Recuerden que hablamos de cuentos. En la realidad, este paso no va.
¡No lloren, por favor! Si no, no puedo seguir.

6.- Combate: El héroe y el agresor se enfrentan. Por supuesto, el protagonista siempre vence.
¡Otra vez llorando! Paren, paren…

7.- Las pruebas: El héroe o heroína pasa difíciles pruebas que supera gracias a la ayuda del objeto mágico.
¡Quiero unooooo! También ustedes, ya lo sé.

8.- Viaje de vuelta: ¡Uf! Al fin después de tantas idas y vueltas el héroe VENCE.
¡HURRA! Y vuelve.

9.- Reconocimiento del héroe.
¡No lloren más! Alguien seguramente las premió o premiará.

10.- Final: Él o la protagonista logra su propósito: casarse, comer un postre, bailar, cantar, hacerse famosa/o, etc.

Como conclusión, les diría que después de estas instrucciones (no muy sencillas, pero tampoco imposibles), nos dediquemos a escribir un cuento maravilloso que nos transporte a soñar, y dejemos que sigan escribiendo la realidad aquellos que ya la contaron y siguen escribiéndola en la actualidad. (Alicia G.)


 




domingo, 18 de julio de 2021

Frase final

 


Una familia ¿feliz?

Valeria suspiró y se sentó en el frío banco de cemento. El ocaso teñía de sangre las sucias aguas de la costanera. Agotada, repasó los últimos detalles de su plan. Todo tenía que parecer consecuencia de un robo violento. Era la única manera de que terminase la pesadilla.
El suave murmullo del río la retrotrajo a la alegre época cuando toda la familia se divertía recorriendo el lugar, tomando un helado, paseando. Estaban todos, el dichoso clan de los Martínez. Pero la muerte, envidiosa, se llevó a su madre en un accidente de tránsito provocado por un borracho. Su padre, devastado, con dos niños y un bebé, siguió adelante como pudo. Los años trajeron resignación y, aparentemente, una nueva oportunidad.
Ella estaba en el último año de la secundaria cuando su padre les presentó a Bárbara. La había conocido en un viaje de trabajo y habían simpatizado. Era una hermosa mujer y bastante más joven que él. Ese detalle no les gustaba ni a ella ni a su hermana Marina, pero la aceptaron porque lo veían feliz. El pequeño Agustín la sintió como una nueva mamá.
Pasaron un par de años. La familia parecía estar completa otra vez. Aunque ella notaba en Bárbara, actitudes que ponían en duda el cariño que pudiera sentir por su padre y por ellos. Con el hombre se mostraba dulce y afectuosa, pero, cuando él se ausentaba por negocios, los hijos eran desatendidos y tratados con indiferencia. Sin embargo, ante los demás eran una familia feliz.
La muerte volvió a ensañarse, esta vez bajo la forma de un cáncer que consumió lentamente a su querido papá. Durante ese tiempo aciago, mientras los hijos sufrían y asistían al enfermo, Bárbara mostraba un desapego creciente hacia su esposo y sus hijastros. Iba cada vez menos al hospital y ni siquiera llegó a tiempo para despedirlo en sus últimos momentos.
La larga enfermedad mermó (y mucho) las arcas familiares. Valeria pospuso sus estudios y empezó a trabajar. Sus hermanos, todavía menores, dejaron la escuela privada para seguir en la pública. Pero Bárbara no se resignaba a dejar de lado los lujos a los que se había acostumbrado a partir de su casamiento. Además de verse sin dinero, resentía estar a cargo de sus tres hijastros.
Las discusiones eran cada vez más seguidas y ásperas, Bárbara descargaba su malhumor con los hermanos y los trataba con crueldad. El que más sufría era Agustín, a tal punto que empezó a manifestar retrocesos en su maduración.
Ese día, Bárbara llegó furiosa; había intentado poner en venta la casa pero se había enterado de que la vivienda era herencia de los hijos por parte de su madre y ella no podía disponer de ese capital. Reprochó agriamente a Agustín por sus bajas notas en la escuela y llegó a pegarle una cachetada. Marina salió en defensa de su hermano y fue golpeada también. Su madrastra estaba fuera de sí y su violencia los asustó. Intentaron evitar sus golpes empujándola. Bárbara perdió pie y cayó; su cabeza golpeó en el borde de una mesa. Quedó inmóvil.
Valeria, que había oído los gritos llegó cuando la mujer se desplomaba, y al verla inmóvil comprobó que había muerto. En ese momento comprendió que era la única que podía proteger a sus hermanos. Ellos estaban en estado de shock y apenas atinaban a entender lo sucedido.
Los obligó a dejar la casa. Les ordenó que salieran por la parte trasera sin que nadie les viera, que fueran al parque como si estuvieran de paseo y que la esperaran allí. Ella se dedicó a desordenar la casa y a tomar dinero y objetos de valor que iba introduciendo en su mochila. Con renuencia se acercó al cadáver y lo despojó de sus alhajas. Luego salió por el mismo lugar que sus hermanos y dejó la puerta entreabierta, procurando no dejar huellas digitales.
Se alejó rápidamente y cuando estuvo a una buena distancia tomó un ómnibus que la llevó al puerto. Buscó un lugar solitario, que le permitiera consumar su plan. Luego se encontraría con sus hermanos y acordarían qué declarar a la policía.
Decidió que, si todo salía bien, los tres se irían muy lejos; ella se encargaría de mantenerlos a salvo. Respiró hondo y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila.
(Alicia M.)


Rencor

Pasados ya quince años de aquella terrible discusión con Greta, Soraya creyó que ya era tiempo de dejar a un lado los rencores y decidió enviarle un mensaje. Habían sido amigas durante la niñez, la adolescencia y parte de la juventud. Tiempos de lágrimas, risas, amores, desamores, recitales, nacimientos, cumpleaños, duelos… todo compartido.
Aquella inolvidable tarde de octubre, Facundo, hijo de Greta y ahijado de Soraya, cumplía cinco años. Habían llevado un auto a control remoto de regalo, tan lindo que Agustín, hijo de Soraya, no permitió que el cumpleañero lo estrenara y comenzó a jugar con él. Esto originó una pelea de niños tan intensa que, en un momento de nerviosismo, Greta dijo que el invitado era un niño malcriado. Una palabra, otra y otra. Un insulto, otro más. Un grito, otro. Un portazo. Lágrimas varias. Otros niños también lloraron del susto. En síntesis: cumpleaños arruinado, amistad destruida.
Ese día de 2018, cumpleaños número veinte de Facundo, apenas se levantó, la madrina le mandó un mensaje cariñoso como todos los años, que él respondió con un frío: Gracias, como hacía siempre. Pero ella dio un paso más. Le mandó un mensaje a Greta que decía: Hoy nuestra enemistad pasó a ser una niña bonita, tengo muchas ganas de conversar con vos, te espero a las 16:30 en la orilla del río, bajo el árbol de nuestro primer cigarrillo.
Pasaron las horas y Greta no respondía. De todas maneras, Soraya compró un chocolate blanco gigante (suponía que a pesar de los años aún era su vicio y sería un lindo detalle). Un rato antes de lo pautado, ya estaba allí ansiosa. Llegó la hora, pasaron veinte, treinta, cuarenta, sesenta, cien minutos. En el estéreo del auto la música de Divididos y Caballeros de la Quema, que habían sido el fondo de tantas confesiones, sonaban agotadas y tristes. Decidió no esperar ni un segundo más. Bajó del auto con furia, se acercó a la orilla y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila. (Fabiana)


Hombre lobo

Séptimo hijo varón de una familia humilde. Vivían en la periferia más pobre de una ciudad norteña, muy cerca del monte.
Nacido a comienzos de la década del 40 del siglo pasado. Siempre se sintió distinto a los demás chicos, así lo consideraban.
En las noches de luna llena sus padres lo encerraban en el galponcito. Tenían miedo de que se convirtiera en lobizón. Los hombres de la comarca lo miraban de reojo; las mujeres ocultaban a sus niños detrás de las faldas cuando lo veían pasar.
Su madre tan religiosa como supersticiosa lo bautizó Mariano, en homenaje a la Virgen para anular la maldición.
En cuanto la milicia lo llamó a sus filas se sintió aliviado. Nadie sabría sobre su maleficio. En una caja de zapatos cargó algunas fotos. En la valija de cartón, sus escasas prendas de vestir. Años después, los recuerdos fueron a una mochila.
Lo destinaron a la cocina del cuartel, en el sur del país. Mientras sus compañeros usaban las armas en alguna revolución -de esas que nunca faltaron-, él aprendía y perfeccionaba el oficio de cocinero.
Finalizada la instrucción militar escribió una carta sin remitente a sus familiares. Les decía que jamás volvería al lugar que lo hizo tan desdichado.
Sin tener en claro qué sería de su vida, subió a un tren que lo dejó en la provincia de Córdoba. Se estableció en un pueblito turístico rodeado de montañas. Consiguió trabajo en un comedor familiar. El sueldo alcanzaba para pagar un cuarto de pensión. La comida estaba asegurada.
A través de los años adquirió experiencia. Consiguió mejores empleos, hasta convertirse en gerente del restaurante del mejor hotel de la zona.
Conoció y se enamoró de la más linda. Se casaron, tuvieron dos hijos; soy el menor.
Nos contó que el día que nací, fue a caminar pensando con orgullo cuánto había progresado a fuerza de trabajo y perseverancia. Cerró viejas heridas y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila. (Alcira Elena)


Fin del viaje

Matilda embarcó en el ferry de las nueve de la mañana con destino a Colonia de Sacramento. Las llevaba en la mochila. Con “ellas” mantenía una relación complicada, pero no le podían faltar.
Cada vez que salía de su casa las guardaba en su cartera. Las necesitaba para enfrentarse al mundo exterior. Lentamente y sin tregua, las insignificantes se adueñaron de su vida.
Un médico conocido se las había recetado hacía más de veinte años luego de un episodio postraumático. Al principio, recurría a ellas ante circunstancias puntuales y cuando el estrés laboral la aplastaba como una pesada viga, podía llegar a ingerirlas hasta perder la cuenta.
Apoyada en la baranda de la cubierta del buque, comenzó a pensar en todo lo que podría hacer si finalmente tomaba una decisión. En ese instante, dimensionó los propios pensamientos. Algo en su interior se modificó y sintió alivio. Era una sensación nueva porque hasta ese momento nunca había asumido su adicción.
Visualizó la posibilidad de dar un vuelco en su vida. Imaginó entonces una vida distinta, una vida plena. Respiró hondo, miró hacia el cielo y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila. (Analía)


El agua es vida

Árboles, eso buscaba. Donde hay árboles hay agua y la sed lo estaba acosando.
El campamento soñado había resultado un fracaso. Los acampantes no eran solidarios. Uno de ellos se quedó con su novia, otro huyó con su auto mientras él dormía. El camping carecía de las comodidades mínimas y debía rezar para bañarse cuando el agua estuviera -al menos- tibia. Se cortaba la luz y el encargado brillaba por su mal carácter.
Cinco días necesitó para darse cuenta de que eso no era lo que necesitaba para descansar. Sonrió. Sabía que era lento para avivarse, pero esta vez se había pasado. Cinco días. Ya tenía una exnovia y un exauto, para qué seguir ahí.
Tomó su ropa y algunas provisiones y se lanzó a la aventura. "Mejor solo que mal acompañado", pensó.
De día caminaba, de noche dormía. El clima era cálido, al menos había elegido bien el periodo de vacaciones.
Vio hermosos paisajes, proyectó un nuevo futuro para la vuelta a su casa y a su trabajo.
La noche anterior había sido la más relajada de todas las vacaciones. Se durmió, casi sin darse cuenta, apoyado en el tronco de un sauce y soñó. Era un prestigioso arquitecto con una fortuna heredada, que le permitía viajar por el mundo. Mucha gente a su servicio le facilitaba las cosas. Vivía en una mansión, con pileta, con gimnasio, con una sala de juegos para reunirse con sus amigos. Los planetas estaban alineados para que fuera feliz.
El sol del amanecer lo despertó antes de concluir su sueño. Pensó: "No soy prestigioso, no soy arquitecto, pero si me lo propongo puedo viajar por el mundo".
El dulce murmullo de agua corriendo le dio aliento. Caminó guiado por el sonido, llegó a una ribera y arrojó al río lo que aún conservaba en la mochila. (Adela)


Maldito anillo

Aquella tarde se encontraba en el funeral de su propia madre. Inesperadamente sentía tristeza, no sabía por qué. A pesar de tantos años de maltrato y sufrimiento esperando el día que se termine, ahora estaba llorando su partida.
Sus hermanos se quedaron con todas sus cosas. Él solo tomó un anillo, un simple anillo, solo para conservar algo de ella, sin saber que le haría tanto mal. Lo guardó en su mochila, no le dio importancia.
El resto de los días pasaron de una manera extraña y a la misma vez tranquila; sin embargo, en el fondo había algo que le perturbaba. Cada vez que iba a buscar algo a la mochila, en cualquier situación, mientras escarbaba para encontrar lo que necesitaba, entre tantas cosas, terminaba viendo ¡ese maldito anillo!
Esto lo llevaba a rememorar cosas que había guardado en su mente, escondido para no volver a recordar nunca. Le causaba escalofríos. Todos esos pensamientos eran sobre ella y en su mayoría malos. La solución parecía muy fácil: sacarlo de su mochila y guardarlo en algún otro lugar, porque en ese momento no era una opción deshacerse de él. Eso hizo. Lo sacó de la mochila y lo guardó en un cofre antiguo con llave. Desde ahí se quedó tranquilo, pero no por mucho tiempo. Luego comenzó a verlo en distintos lugares de su casa, como si pudiese moverse; no obstante, cuando iba a revisar el cofre ¡estaba allí!
Decidió que no podía hacer nada y continuó con su vida. Cada vez estaba más paranoico; se sentía vigilado, perseguido. Pensó que, ahora sí, lo mejor sería deshacerse de él. Aunque fuese lo único que tuviese de su madre, todavía conservaría sus memorias por más que no siempre fueran agradables.
Lo guardó de nuevo en la mochila, se dirigió a la ribera más cercana y arrojó al río lo que aún conservaba en su mochila.
(Julieta)




domingo, 11 de julio de 2021

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Viaje corto

Madre Antonia amanece ansiosa. Su corazón late con amor de saber que está por cumplir su sueño: caminar por el playón del Vaticano a escasos metros de su Santidad. Desayuna con prisa. Se viste con la misma túnica blanca hasta la media pierna, zapatitos negros como los que usan los alumnos del colegio y la infaltable cofia, sujeta con dos invisibles muy visibles de color amarillo.
A los pocos minutos controla el pasaje, el documento, y el pasaporte. “Todo en orden”, piensa. Toma su bolsa y sale para el aeropuerto.
Al llegar vuelve a controlar: pasaje, documento y pasaporte. —¡Correcto! —grita de la emoción.
Se dirige por el pasillo hasta los mostradores y consulta por el vuelo 555 con destino a Roma. El hombre la mira con desconcierto sin comprender y continua su camino. Más adelante vuelve a preguntar a una señora con su bebe en un carrito:
—¿Cuánto falta para que salga el vuelo 555 con destino a Roma? —y de nuevo no recibe respuesta alguna. La señora hace un gesto de incomodidad y se apresura a distanciarse.
Ya cansada de esperar, Madre Antonia se sienta en uno de los bancos de madera. Se recuesta y su mirada se pierde en la copa de los árboles con el canto de las aves. El aroma a jazmines de los canteros le recuerda su infancia en la costa mediterránea.
—Dios te salve María, llena eres de gracia… —reza mientras escucha las turbinas de los aviones y piensa con anhelo en su inminente encuentro con el Papa.
La mañana transcurre rápido y ella tiene hambre. Con ilusión se acerca a la cafetería del centro comercial y pide un capuchino con canela y doble crema. En su codo, lleva colgada la bolsa de ratán que le dio Madre Superiora.
Sirenas fuertes la sorprenden. Mira hacia todos lados. A lo lejos, alcanza a distinguir al Papa que se acerca corriendo. Su sonrisa se dibuja y las mejillas con hoyuelos se pronuncian.
—¡Madre Antonia!, ¿qué hizo… por qué se escapó?, ¿qué hace en el parque Sarmiento? —le reclama Fabio, el enfermero del psiquiátrico.
(Silvia)


Un paseo por el humedal

Las linternas dibujan una línea en la noche cerrada. La temperatura es la ideal para disfrutar del paseo en Arroyo Pareja. Martita y Jimena se suman entusiasmadas a la propuesta de hacer un recorrido nocturno en absoluto silencio, agudizando los sentidos.
Mientras avanzan en fila con las linternas, observan cómo se agigantan las sombras de las espartillas que bordean el camino. Martita juega un poco con eso, y lo hace a propósito porque sabe lo que provoca en su hermana. Al mover el artefacto, la imaginación de Jimena comienza a volar.
—¿Alguien podrá esconderse detrás de las espartillas, detrás del palo azul o del matorro negro? —se pregunta Jimena. “Si así lo hiciera, nunca nos daríamos cuenta”, piensa. Los arbustos pinchudos y agrestes amplifican su ingenio. Su mente se sumerge en una historia de terror. Mira para el costado e imagina que, a lo lejos, en los salitrales, hay decenas de cuerpos enterrados y que sus almas ascienden en la oscuridad de la noche para observar con recelo a esos “vivos”, usurpadores de un territorio que les pertenece.
Una pequeña brisa acaricia los olivillos platinados y el sonido de las varas, apenas perceptible, atrae la atención de Jimena. Un escalofrío recorre todo su cuerpo al escuchar el ululato amenazante de una lechuza. Al girar la cabeza, la encuentra sobre un poste del tendido eléctrico, mirándola fijamente desde lo alto.
Las dos hermanas cruzan el puente siguiendo al resto. Los siete se desvían por el humedal con la intención de bordear la orilla izquierda de Arroyo Pareja. El terreno fangoso de la Isla Cantarelli los desestabiliza un poco. En ese momento, Martita y Jimena divisan un pequeño bulto entre sus pies. Lanzan un grito y las linternas vuelan por el aire. La mancha oscura desaparece súbitamente entre el pasto hilo y la paja vizcachera. —¡Son topos! —aclara el guía, un poco tarde.
Los últimos de la fila se resbalan e intentan aferrarse a los que caminan adelante. La línea se rompe y sobreviene el desastre cuando una señora y un señor, equipados con mochilas de exploradores, pierden el equilibrio. Al hundirse en el humedal arrastran a los demás y, en efecto dominó, hacen caer de culo en el barro perfumado con afluentes cloacales a todo el grupo. (Analía)


Anhelo

Viene de Salta, la linda, como otras mujeres provincianas casadas con los que trabajan acá.
Viven en un departamento cerca de un parque y le encanta caminar después del almuerzo.
El parque es hermoso, tiene senderos que la hacen extrañar menos a su familia y a su lugar de origen. Acá no hay cerros, pero las caras de muchos habitantes tienen el color de la suya.
Hoy decide cambiar el recorrido de vuelta a su casa y descubre, en una esquina, un monumento que la conmueve: una madre con su hijo en brazos. Recuerda una foto en un portarretrato que tiene su madre, sobre la cómoda. "¿Las madres siempre tienen a sus hijos en brazos?", piensa.
Sueña con embellecer el lugar. Ve a otras madres como la de la estatua haciendo artesanías mientras los niños juegan. Imagina un día de verano con mucha gente en el predio y puestos de comida representando a distintas culturas. Viaja mentalmente por la Argentina -que aún no conoce-, porque es mujer y las mujeres somos expertas en construir anhelos. Cuando el celular le indica que tiene un mensaje, la madre de la estatua es ella y el niño… el que tiene en su vientre. (Adela)


El monumento del reencuentro

Ana y Leo se conocen desde el secundario. Fueron algo así como inocentes noviecitos. Concluida esa etapa escolar cada uno siguió su camino. Iniciaron su vida personal y laboral en lugares muy distantes entre ellos. Sin saberlo desarrollaron similares existencias. Trabajo, casamiento, hijos. A lo largo de los años volvieron al terruño natal, pero nunca coincidieron.
Con la llegada de las redes sociales ambos tuvieron el mismo impulso: buscarse, algo había quedado inconcluso.
Fue así como entablaron una relación a distancia. Una cámara los unía y separaba a la vez.
El deseo de reencontrarse personalmente fue mutuo. Sólo necesitaban la excusa perfecta que los situara en la ciudad.
El casamiento de la prima de ella; un irrefrenable deseo de ver a sus padres por parte de él – surgido de repente y con suma urgencia-, y el plan se puso en marcha.
Acordaron verse en el monumento a las provincias; la casa de la abuela de Ana está cerca y desocupada.
Después del primer saludo, un tanto formal -dada la situación- para no llamar la atención de los ocasionales transeúntes, se abocaron a observar el lugar que no visitaban desde su época estudiantil.
Lo encuentran sin grandes cambios. Es un paseo soso, frío, casi abandonado, nada invita a quedarse mucho tiempo. Se lo ve como el día de la inauguración. A nadie se le ocurrió darle una pátina de belleza y modernidad.
De común acuerdo, caminan las pocas cuadras que los separan de la vivienda de la nonnina.
Llega la oportunidad de continuar la relación como adultos o, quizás, sea el comienzo del final. (Alcira Elena)


Fermín y el skate

Contempla la flamante pista de skate, inaugurada hace pocos días. Desde que la anunciaron ha estado pendiente de su construcción ya que vive enfrente del predio donde la levantaron. Marcos y Justino, entusiasmadísimos, renuevan sus equipos y preparan sus patinetas. Ellos practican skateboarding desde muy pequeños y son muy habilidosos con sus trucos y piruetas. Están ansiosos por practicar, ya que se dice que el Municipio organizará un campeonato local con el fin de elegir representantes para las competencias regionales. Y es que esta actividad se está volviendo muy popular.
Cada vez que insinúa que le gustaría practicarla, Marta pone el grito en el cielo. "Que cómo se le ocurre, que es peligroso, que no entiende cómo la madre de Justino y Marcos se los permite. Que en cualquier momento pueden lastimarse seriamente". Él la escucha mientras mira de reojo sus trofeos de campeonatos de patinaje. Bueno, tan mal no lo hacía, ¿verdad?
Por eso se prepara a hurtadillas, el equipo que usaba cuando competía en carreras de patines es más que adecuado para lo que se propone. Las rodilleras y las coderas están como nuevas, se ajusta el casco y toma el skate que compró a escondidas. Empezará por la parte más sencilla de la pista, para familiarizarse con ella.
Se desliza por la suave pendiente un poco inseguro; hace mucho que no realiza algo como eso, pero pronto se siente seguro para atreverse a más. Encara la pendiente pronunciada, por un momento disfruta el aire en su rostro pero, de pronto, el piso cubre el cielo y su cabeza choca con algo duro. El casco lo protege pero no impide que la pista se mueva a su alrededor.
—¡Abuelo, abuelo! —la voz de Justino le llega de lejos— ¡Marcos, llamá a la abuela!
—Pero, Fermín. ¿Cómo se te ocurre? Con vos no se gana para sustos—.El reproche de Marta se escucha tembloroso.
Entre los tres llevan al maltrecho Fermín hasta la casa, mientras Marta regaña a su esposo y le pide a los nietos que llamen al médico. (Alicia M.)


Soledad

Vuelve al lugar donde lo vio partir por última vez.
Recorre paso a paso el mismo sendero, cada sitio, cada espacio.
El aeropuerto es para ella símbolo de nostalgias, recuerdos, bienvenidas y despedidas.
Aquel día caminaron por ese sendero despacio hasta la puerta de entrada, divagando sobre la arquitectura y el paisaje del lugar, para no pensar en los próximos minutos.
Hoy, sola, contempla aquel sueño de cambios hecho realidad: en el exterior, nuevos árboles dan sombra sobre espaciosos bancos y canteros con flores de estación que alegran el lugar.
Adentro, pisos nuevos lucen en la confitería dónde los aromas a café perfuman el ambiente.
Cambios, transformaciones en el sitio como en su alma.
No salen ni llegan aviones. Silencio. Los empleados aguardan a los pasajeros. Ella espera un milagro.
Pasaron diez años desde aquel día. Nunca volvió a tener noticias de él.
Ahora, el aeropuerto cambiado despliega aromas y silencio. Ella, con sabor a tristeza, evoca recuerdos.
De regreso a su casa, se pregunta qué fue a buscar o a enterrar para siempre.
(Alicia G.)


El club de sus amores

Natalia se encuentra en la ciudad visitando a su hermano y deciden ir a ver las instalaciones de su amado club Rosario Puerto Belgrano.
Ella observa las nuevas plantas y carteles que lo dejan increíblemente lindo.
Mientras su hermano juega, ella se sienta en el banco de una de las gradas y toma muchas fotos.
El partido le resulta muy divertido y finalmente el equipo de su hermano gana. Cuando se van del club recordando viejos momentos de su infancia, Natalia encuentra a su mejor amiga de aquellos tiempos. Se sorprende de verla, y su amiga también. La saluda y charlan por un buen rato. No se hablaban desde que se mudó a otra ciudad por trabajo. Se pone al día con ella y luego parte del club muy contenta hasta la casa de su hermano Pablo.
Mientras cenan, ambos hermanos hacen una videollamada con su madre que no se encuentra allí, y aprovechan a contarle sobre los nuevos cambios de la cancha. La mamá también se alegra, pues es su amado Rosario.
(Julieta)


Tiritando

Vacaciones de invierno, tarde soleada en Pehuen-Có. Demasiado frío para ir a la playa; el bosque encantado es la opción. Árboles, senderos para caminar, sol, sombra, y más allá el mar. Ideal para una mateada con amigos y guitarras.
Todo está perfecto, hasta que al comenzar a ponerse el sol se termina el agua caliente. El frío avanza y decidimos regresar. Matías y Gimena en su moto. Jesús y Florencia en el cuatriciclo, Baltasar, Lorena y Fernanda en la camioneta, y yo en mi auto.
Cric, cric, brum… no arranca. Cric, cric, tampoco… Cric… Seguramente es la batería, los días de baja temperatura suele fallar. A mi alrededor ya no hay nadie. Toco bocina: no funciona. ¡Es la batería! Busco con la mirada y confirmo que no hay nadie.
Son las diecisiete, caminar hasta las viviendas más cercanas lleva dos horas por lo menos, y en esta época del año no hay muchas casas habitadas. Tendré que llegar hasta la mía que está en el centro. Por la playa es más cerca, pero tengo que apurarme, la luz natural comienza a mermar.
Bajo a la playa. Decido correr para ganar tiempo. Al minuto estoy agotada y con muchas ganas de hacer pis. Me escondo entre los tamariscos y me río sola. ¿Esconderme de quién? me siento más sola que el demonio en el día del amigo. Me invade la angustia. Lloro. Camino. Lloro. Corro. Me río. En el cielo ya no hay rastros del sol. Se acerca la noche y no veo luces ni a lo lejos. Me pregunto si estoy en la dirección correcta y se me acelera el corazón. Casi imperceptible, la luz del faro de Monte Hermoso me dice que sí. Respiro aliviada, aún falta mucho. Pienso en el auto: ¡que hoy duerma en el bosque!
En mi cabeza se cruza la letra de una vieja canción: Resistiré. Canto en voz alta y me siento mejor. Miro la marea que está subiendo; salvo en raras excepciones la costa no queda sin playa. Ruego que no suceda. El frío me pone mal. Sigo cantando. A lo lejos observo una construcción. Lloro, por la emoción y por el frío. Otra vez siento ganas de hacer pis. Esta vez no me escondo. Maldigo los mates.
A las veinte llego a casa. Sin pensar y sin dudar me ducho. Me hago un café fuerte. Caliento la bolsa con semillas y me acuesto. Siento calor y tirito; creo que tengo fiebre. ¿Por qué será?
(Fabiana)

domingo, 4 de julio de 2021

Abecegramas

 



Fabiana

Karen wedding planner

Aquel banquete colorido del egreso fracasó. Gastaron hasta ideas jocosas.
Karen, la más nerviosa, ñiquiñaque ordinaria, prepotente, que rogaba solidaridad tras una vitrina Windsor. ¡Xenofóbica y zorra! Atacaba bravucona cada desafío. ¡Energúmena! Fiesta grosera, ¡había insectos! ¡Jilgueros! ¿karaoke? ¡la… madre: no ordenó! …¿por qué, rata sudorosa, tuvimos una velada western?
                   Ximena y Zoila.


Analía

Así, buscando cada detalle en falsas gacetillas, hemos identificado juicios kilométricos. Los menos nocivos, ñoños o pacatos que repiten sin transmitir una verdad.
Wilson, xenófobo y zonzo, acusador bien cogotudo, decidió esos firmar.


Alcira Elena

Amigos

Alina, Bautista, Carlos, Dalila encuentran felicidad gozosa. Hacen interminables jineteadas. Kilómetros laberínticos. Más nunca ñandúes ocuparon pajas que rozaran sus talegas únicas, verdaderas.
Wilson xilografía ya zaparrastroso.
Además beben, cantan, desafinan entre felices grescas hasta intensificar jolgorios; karaokes lúcidos, menos narraciones ñañosas. Ocupados para que retornen saberes, tararean veleidosos.
Walter xerocopia, yuxtapone, zoncea.


Adela

Ayer Beba Caleaga despertó en Francia. Gangosa habló imprecando juramentos. Kimono loco, maravilloso naturalizaba ñusta. Objetó preguntas que Ramón, su tío, urdió. Vagabunda xilofoneó yacente, zalamera.


Alicia G.

Andaba bailando como doncella elegante, fabulosa, genial, habilidosa ignorando jovialmente kilos lamentables; magras nalgas ñiquiñaque ostentando. ¿Para qué? ¡Recórcholis! Salí trotando usando velo, walkman. Xecudo, yerbeé zumbando.


Alicia M.

Trampas y tramposos.

Ay, Benicio ¿cómo decís eso? Fortunato Gutiérrez había ideado jocosas, kilométricas láminas memorables. Norberto objetó para que Rosana Soto tuviera una ventaja. Willy, Xenia y Zulma, aviesos, botaron con descaro esas figuras grandiosas. Katia Lucero mantuvo numerosas objeciones para que Rosana, sinvergüenza, tambaleara unida víboras Wily, Xenia y Zulma.