Sobre el Taller Literario "Punto Seguido"

Este Taller Literario es coordinado por la escritora Leticia Marconi y tiene lugar en Punta Alta, Prov. de Buenos Aires, Argentina.

martes, 8 de junio de 2021

¿Qué historia habita en tus manos?


Mis manos, por Silvia

Las miro y me descubro
recordándote.
Tengo tus manos,
de un blanco lechoso y dedos delgados.
Tal como las tuyas
comenzaron a mostrar el paso del tiempo.
Pequeñas manchitas color oscuro
descubren la herencia familiar.
Son manos amorosas,
manos dedicadas, laboriosas.
Capaces de enseñar,
de crear con muy poco
y de amar.
Ellas te cuidaron y sostuvieron
en el ocaso de tu vida.
Y aunque no llegaron a despedirse
guardan el calor de tu esencia.
Hace un tiempo que sienten tu ausencia.
Hace un tiempo que te extrañan, papá. 


Mis manos, por Analía

Fuertes, compactas y medianas. Así son mis manos. Cuando las esquivan, acarician menos. Incondicionales, pacientes y dispuestas a esperar. Son inquietas y creativas. Juegan con hilos y disfrutan con libros y papeles cerca. Ante el dolor y la incomodidad se contraen. Se humedecen por la impaciencia y el miedo. Con las injusticias se cierran y, a veces, tiemblan. Mis manos sienten, contienen expresan y calman. Cuando aman se entregan y unidas cerca del pecho, agradecen. 


Las manos cuentan su historia, por Adela

Nos descuida. Ahora sale poco y extrañamos ese olor a crema de limón. Estamos ásperas. Cuando teje los hilitos nos lastiman.
Nos sentimos feas, viejas. Ya no nos adorna como lo hacía antes. Nos ponía un anillo en cada dedo y se pintaba las uñas de unos colores bellísimos.
¡Hum! ¡Parece que nos escucharon! Sí, así… ¡suavecito! Nos acaricia, nos masajea.
A veces, hay que protestar para que a uno le lleven el apunte. 


Qué útiles mis manos, por Susana

¡Hola! Miranos, acá estamos: tus manos. Somos muy inquietas y nos movemos en ademanes al compás de tus palabras.
¡Cuántas cosas hicimos juntas! Acariciamos, secamos lágrimas, bañamos a tus hijos y luego a tus nietos. Curamos raspones, vendamos heridas. Cambiamos pañales, preparamos biberones; desayunos, meriendas, infinitas cantidades de comidas. Encendimos velas en las tortas de cumpleaños.
Fuimos expertas costureras de ropa de bebé y luego guardapolvos, vestidos, pantalones. Y ni hablar de tantos sueños tejidos en forma de pañoletas, saquitos, camperas.
También rodeamos en abrazos para consolar penas.
Enseñamos a escribir a nuestros alumnos, y escribimos en nuestros ratos de ocio.
Antes éramos coquetas, con uñas pintadas de rojo, y anillos y pulseras. Hoy ya no lucimos así. El paso del tiempo dejó sus huellas. No hay crema que disimule este deterioro. A veces veo que mirás preocupada mis arrugas, las venas que sobresalen. Pero bueno, estamos contentas, con la felicidad de una ardua labor cumplida. 


Manos manicuradas, por Alcira Elena

Las manos suaves y armoniosas de aquel señor que conocí hace tanto tiempo parecían lo que solemos llamar “de pianista”; sin embargo, era un oficinista jerárquico. Le daba mucha importancia a sus cutículas cuidadas, uñas manicuradas, esmaltadas y recortadas con el largo justo.
Lucía un coqueto anillo que le agregaba elegancia y distinción. “Manos de manicura” le decíamos, con la irreverencia propia de nuestros jóvenes años. 


Mis manos, por Alicia G.

Mis manos trabajan sin parar. A veces, entre harinas y condimentos, amasan, hornean y fríen delicias para saborear y compartir.
En otras oportunidades, crochet, punto jersey y variadas lanas o hilos se entrelazan para diseñar un abrigo o una manta.
También escriben, pintan, y algunas veces (aunque ahora no tanto), interpretan al piano melodías que traen remembranzas y alegrías de otros tiempos.
Cuando se ponen mimosas, se deslizan suavemente y acarician demostrando su ternura. 


Ellas, por Fabiana

Mi historia habla a través de las manos.
¡Tanto para agradecerles!
¡Ellas han hecho tanto por mí!
Hoy son las que, con su artrosis y el dolor, me recuerdan que ya pasamos el medio siglo de vida.
Hago el esfuerzo por mantenerlas jóvenes, pero no es suficiente: ¡no hay maquillaje que tape la tristeza del payaso! 


¿Qué historia cuentan mis manos?, por Alicia M.

Otra vez se me quebró una uña. Siempre me gustaron las uñas largas, estuviera o no de moda. El único problema es que, con los quehaceres domésticos suelen astillarse y se enganchan en la ropa y terminan quebrándose. Así que, al final, las tengo que cortar y ¡a tener paciencia hasta que vuelvan a crecer!


domingo, 6 de junio de 2021

Frase entrometida


Dulce proyecto

Julieta se tapa los ojos con la mano al bajar del auto. Se lo pide Pedro y ella le sigue el juego. La venda de tela liviana y suave le permite hacer trampa, pero no quiere engañarlo. Al dar unos pasos, nota que la escarcha afilada y crujiente todavía cubre la vereda.
Pedro abre la puerta de vidrio doble y enciende la luz. Retrocede un poco, abraza a su mujer y le afloja la venda. Julieta retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta el fondo. Fascinada ante la vista e impulsada por la propia respiración acelerada, avanza con tres pasos largos y cuando llega justo al centro, gira sobre sí misma para captar cada detalle. Quiere decir un montón de cosas, sin embargo sólo exclama dos palabras: —¡Es hermoso!
El mostrador de madera pintado de blanco tiza genera en ella una atracción inmediata. Lo había imaginado en sueños. Desliza los dedos sobre el frente del mueble hasta abrazarlo, y curva un poco su cuerpo para observar bien de cerca las cuatro bandejas de vidrio antiguo labrado. Son todas diferentes pero encantadoras. Sobre ellas, hay una variedad de bombones de chocolate y macarrones, la especialidad de Julieta. La transparencia de las bandejas y la neutralidad del mueble resaltan el color pastel de los dulces. Dos lámparas con caireles enmarcan los bordes de la mesa. Una vitrina y una estantería colgada sobre la pared del fondo completan el ambiente. Julieta ahora tenía su pastelería propia y está exquisitamente decorada.
Dominada por las emociones, Julieta tiene ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Rodea con los brazos a Pedro y le susurra en el oído: —Yo también tengo una sorpresa para vos…
Y lo besa largamente, mientras suelta un brazo para apoyar la mano justo debajo de su ombligo. (Analía)


Compras

La mañana se presenta tranquila. José se coloca el abrigo y sale en busca de su chata, una Dodge del año 78. “Las fiestas se acercan y los regalos navideños no se compran solos”, piensa. Su destino final: el centro comercial.
Al llegar, el playón está atestado de vehículos y niños que corren entre los autos. El mal humor sube por su cuerpo descargando adrenalina y siente los piquetes en las puntas de los pies. No está cómodo haciendo estos quehaceres; a pesar de que sus nietos lo atormentan con mensajes y recordatorios en ese aparato que le dejaron para el día del padre. Su Antonia era experta para ello, sabía qué comprarle a cada uno. ¡Y nunca se equivocaba! Ese fugaz recuerdo le dibuja una sonrisa, tan breve como el recorrido hasta el interior del local.
Un sonido a chicharra estridente lo sorprende y el guardia de seguridad se le acerca apresurado con el scanner en mano.
—Disculpe, señor, no avance más.
Lentamente, José levanta los brazos como en las películas sin entender por qué. La sirena del lugar comienza a sonar y más guardias se aproximan desde todos los ángulos. A su lado, un niño pequeño retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta su mamá. Se había bajado de sus brazos hacía apenas unos minutos.
De pronto el bullicio y las sirenas se apagan. Escucha por el altavoz que anuncian un desperfecto en el sistema de seguridad. Piden las disculpas pertinentes y por fin ¡José baja los brazos!
Contrariado aun, comienza con la búsqueda. En la perfumería resuelve los obsequios de los adultos, gracias a una empleada muy servicial. Aunque el mayor problema son los pequeños, las cartitas de Papa Noel son muy específicas. De camino a la juguetería, escucha:
—¡Arriba las manos! ¡Esto es un asalto!
Siente un escalofrío recorrer su cuerpo. Está parado justo en la puerta de la joyería. Nuevamente, su corazón se acelera; pero ahora son escopetas y pistolas lo que ve. Una balacera se desata y él, en medio de ella. Corridas, gritos, y niños llorando es lo último que recuerda.
El pitido constante de máquinas, el olor a sanitizante y el silencio tranquilizador le confirman que ya no está en el centro comercial.
Abre los ojos y se descubre en el sanatorio. Un dolor muy intenso en la cabeza y un corazón convaleciente son el resultado del paro cardíaco que sufrió por el gran susto, y el golpe que se dio al desplomarse.
—Navidad… Navidad… —murmulla —¡hoy no tendría que haberme levantado, siquiera! — y bufa. (Silvia)


Distancia

El tren llega a la estación con dos horas de retraso. En el andén, muchos ojos cansados de esperarlo pestañean cuando se detiene.
El primero en bajar es el guarda. Una señora con un abrigo haciendo juego con los guantes baja las escaleras con desconfianza. Mira hacia ambos lados, suspira y arrastra con desgano una maleta color rojo.
Una pareja desciende con tres niños pequeños. El padre no alcanza a contenerlos para que no corran entre los pasajeros.
El último en dejar el transporte es un joven alto, con una gorra y una bufanda escocesa. No trae equipaje, sólo un maletín. Camina hacia el lugar que hace las veces de confitería y se detiene ante una de las ventanas. Se saca la gorra, la guarda en el bolsillo y entra con tranquilidad.
Las mesas están ocupadas por los que van a partir y cuando una se desocupa, se sienta sin esperar que la limpien. Su mirada muestra cansancio, masajea su cara para relajarse y cuando el mozo viene para ver qué se va a servir, retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta la puerta que está detrás del mostrador. Pide un café con dos medialunas. Con la mirada perdida saca cuentas, mide, multiplica.
El mozo trae el café y eso lo distrae por un momento. Las medialunas están calentitas. La infusión despide un aroma embriagador. Abre el maletín, saca un papel y una birome.
Las mesas vuelven a poblarse; la de él es la única que espera el recambio. Parece que la inspiración está adormecida y, hasta que no despierte, nadie va a retirar la taza, el plato, la cuchara.
El ruido de la cafetera hace el milagro. La birome comienza a caminar sobre el papel y las letras empiezan a bailar dibujando prolijas líneas. Dobla el papel, escribe algo, lo deja sobre la mesa y se va.
Una mesera levanta el dinero y la propina. Ve el papel y lee: “El tren llegó tarde, calculé la distancia hasta tu corazón y me resulta imposible llegar hasta él. Lo siento”. (Adela)


El valor de la amistad

Se criaron juntos en el mismo barrio, cuando éste se levantó en el predio lindante al Club Rosario. En aquel tiempo lo llamábamos ATE. Sus casas eran cercanas. El primero que se levantaba iba corriendo a buscar a su amigo, y así pasaron su infancia. Nacho y Francisco, inseparables.
Por las mañanas armaban partidos con los demás chicos del barrio. A la tarde salían con sus bicicletas por esas calles internas, tan seguras.
La escuela 22 afianzó esa amistad. Era una dupla inseparable entre todo el grupo.
Llegó la adolescencia y los asaltos. Las primeras citas con chicas del colegio, ya secundario.
Francisco fue el primero en establecer una relación con Silvina, una compañera del curso. Rubia, pecosa, con ojos claros que se reían cuando hablaba.
Todas las tardes iba a buscarla y juntos paseaban por el centro. Mientras, Nacho se sentía relegado. Así se fue enfriando esa amistad que tanto tiempo los unió.
Francisco ingresó a la Marina. Al año le dieron pase al sur. Decidió postergar su noviazgo, situación que no gustó a Silvina.
Nacho terminó su profesorado y comenzó a dar clase en varios colegios. En uno de ellos se cruzó con Silvina, que también ejercía la docencia. Ese reencuentro fue como un flechazo. Pronto hicieron pareja y se mudaron a una casa que alquilaron en Ciudad Atlántida.
Cuando Francisco regresó y se enteró, su enojo fue tan grande como injusto. También lo fueron los insultos que profirió a la pareja. Así, nunca más se hablaron.
El tiempo pasa, la vida continúa. Las relaciones cambian, hoy nada es “para siempre”. Cada uno continúa su vida a su manera. El resto son recuerdos.
Es sábado, Nacho está haciendo sus compras en la Cooperativa de la cancha de Sporting. Hace rato que vive solo.
Con sorpresa ve pasar a su viejo amigo. No tiene intenciones de cruzarse con él.
Se acaricia la frente, retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta la caja.
Está en la cola para pagar, cuando siente una mano en su espalda. Al voltear la cabeza ve a Francisco. Sus miradas se cruzan. Inesperadamente, el abrazo cálido retenido durante tanto tiempo. Una caricia para el alma.
De pronto, los dos están sentados en la mesa de la cantina. Un café ayuda a entibiar el clima. Juntos conversan y se cuentan sus historias. ¡Tantas cosas han cambiado!
Tienen todo el futuro para ponerse al día y retomar algo que empezó allá lejos y hace tiempo. (Susana)


Alfombras engañosas

Una de mis mejores amigas compró su primera vivienda hace algunas semanas. Un amplio "loft" construido a partir de un espacio recuperado y restaurado, que fue una pequeña fábrica de plásticos.
Cuando lo visitó por primera vez se enamoró del lugar. A pesar de que el propietario actual lo había colmado de adornos y alfombras de mal gusto, sus amplios ventanales con vista al parque cercano la convencieron de adquirirlo.
Días después sufrió un accidente automovilístico que le dejó un brazo enyesado.
Hoy debe comenzar la mudanza. Sin dudarlo, le ofrezco mi ayuda.
Me dice que, según el vendedor, el edificio está impecable; listo para ser habitado. En un balde coloco envases de diversos elementos de higiene, con la intensión de asear los lugares más sensibles -cuarto de baño, cocina-.
Juntas abrimos la puerta de entrada con la expectativa de encontrar un sitio pulcro, digno de recibir a su nueva moradora. Nuestra sorpresa es mayúscula. Nos miramos desconcertadas. Sus ojos oscuros, centelleantes, cargados de lágrimas; su tez roja de furia; su cuerpo tembloroso ante la imposibilidad de hacerse cargo del trabajo que debía emprender. Agacha la cabeza tapándose la cara con su única mano útil. Desorientada, inquieta, piensa que los muebles pueden llegar en cualquier momento. Retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta el otro extremo.
Toda la superficie está cubierta con una gruesa capa de tierra que se asemeja más a un establo abandonado que a una vivienda preparada para ser ocupada; al instante comprendemos el porqué de tantas alfombras. La tranquilizo, calmo su angustia, le pido que se ocupe del camión de mudanzas que está al llegar que yo me ocupo de todo.
Con rapidez comienzo el operativo de limpieza; además de lo previsto, con sendos baldazos de abundante agua y desinfectantes logro concluir el improvisado aseo, apenas unos minutos antes de la llegada de la afligida moradora con el transporte de carga.
Su mirada luminosa y su sonrisa de alivio son mi mayor satisfacción. (Alcira Elena)


Fue sin querer

Gladys, once años; Rulo, doce. Se encuentran a mitad de camino entre la plaza y el quiosco de “Cholo”.
—Qué suerte que te encuentro, Rulo. Iba pa’tu casa. Te quiero invitá al supermercado.
—Pará, Glady. Yo vivo en la villa, pero no soy chorro —responde Rulo.
Las intenciones de ella son otras. Sin embargo, Rulo la conoce bastante y sabe que cada vez que lo empuja hasta el super es para “llevarse algún recuerdo”, y cómo él dispara rápido sin que lo atrapen…
—Pero, Rulo, yo no te digo que vayamo’a afaná. Te voy a proponé un juego.
—Sí, seguro que es un juego… y despué terminamo re mal. Vo y tu brillante idea.
Rulo desconfía, y tiene motivos. Una vez, con Gladys, entraron corriendo al mercadito de la esquina de Don Ramón y se llevaron algunos chocolates y otras golosinas.
Ella se justificó diciendo que tenía ganas de comer algo rico y “no había mosca” en su casa. Y Rulo completaba la historia, contando que su mamá está sola y “la guita” apenas alcanza para los fideos y el mate cocido.
Don Ramón les explicó, en esa ocasión, que no se debe robar y que si quieren algo rico se lo pidan y él tratará de dárselos.
A partir de allí, Rulo se hizo amigo del almacenero. Ahora escucha sus consejos y nunca más extrae aquello que no le pertenece. Es un poco como un papá, ese que le falta desde siempre.
En esta oportunidad, Gladys propone algo distinto. Había visto un juego en la tele de lo más divertido y está entusiasmada con jugarlo.
—Dale, Rulo, yo te explico. Es un juego relindo.
—¿Y pa’qué? —dice Rulo, que muchas ganas de jugar no tiene.
—Es pa’jugar nomá y ademá, demostrarte que la mujere somo má inteligente que lo hombre. Está de onda eso de la mujere ponderosa, o pondera, o portera, o… ¿cómo es?
—Mirá que so bruta, Glady. La mujere no son ponderosa, son hermosa.
—Eso ya lo sé. Pero bueno, vamo al juego. Entramo en el Super. Nos tapamo lo ojo con una mano y con la otra vamo adivinando qué es. ¿Te gusta?
Rulo acepta, pero antes le pide a su amiga que no haga trampa, porque ya la conoce.
Una vez adentro, caminan por los pasillos y comienzan a jugar. Una mano en los ojos y con la otra, mientras tantean, mencionan cada alimento, “aquí harina, allí azúcar, en el estante de abajo arroz, fideos…”
Van empatados y nadie percibe que están solos y toqueteando mercadería.
Ahora es el turno de las botellas. Con las de plástico todo bien: gaseosas, agua mineral, jugos… pero al comenzar a palpar las de vidrio, la cosa se complica.
—Esta la conozco —dice Gladys—, es de vino, como el que toma mi papá.
La diferencia es que su padre compra uno que cuesta cien pesos y esta, quinientos; pero es una botella de vino, para el caso es lo mismo.
—¡Uy, esta qué forma rara tiene! —continúa— ¿Es un licor?
—¡Sí! Bien, Glady. Otra má y despué me toca a mí —le responde Rulo.
Gladys toca, vuelve a tocar.
—Esta me cuesta, Ruli. A ver… esperá que la levanto.
—¡Nooo! ¡Se te puede caer!
—No seá pájaro’e mal agüero, ché.
Gladys vuelve a palpar. Llega hasta la punta. La recorre de arriba abajo y de abajo hacia arriba…
—Qué grandota, aquí hace una curva —continúa.
Cuando la levanta por la tapa, en un descuido se le resbala. Su pequeña mano no alcanza a abarajarla en el aire y cae estrepitosamente al suelo.
—¡Qué hiciste, Glady! Mirá, dice: güisqui yoni gualker… quince mil peso. ¡Dio mío!
Gladys tiembla. Retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hacia la puerta de salida.
Rulo intenta levantar del suelo la botella. Imposible. Está hecha añicos. Vidrios y líquido desparramados por estantes, piso y un fuerte olor se esparce en el lugar.
Ven acercarse al encargado.
Gladys vuelve a recorrer con su vista la distancia que hay hasta la salida, y grita:
—Dale, Rulo, corré, ¡corré que vo podé! (Alicia G.)


Sueño cumplido

Amelia y Carlota viven a solo una cuadra una de la otra. Son inseparables. Se quieren muchísimo y son súper amigas.
Carlota tiene un sueño: abrir su propia tienda de moda, ropa y diseño, pero nunca tuvo la oportunidad de llevarlo a cabo. Se han propuesto realizarlo juntas. Ambas trabajan en un supermercado cerca de sus casas. En sus tiempos libres, ven revistas sobre las nuevas tendencias e ideas innovadoras. A Amelia no se le da muy bien crear e imaginar nuevos modelos, pero a Carlota, sí; se la pasa comprando telas de colores para producir originales vestidos y conjuntos.
Se acerca el cumpleaños de Carlota. Amelia ha estado ahorrando por meses para darle un regalo a lo grande. Le va a regalar un local vacío para iniciar el lugar de ensueños de Carlota.
Ya está todo hecho, tiene el inmueble, es suyo. Solo que Carlota todavía no lo sabe.
Llega el día del cumpleaños. Ya le había comentado que la iba a llevar a un sitio especial, así que a la tarde pasa a buscarla. Se dirigen hasta el centro de la ciudad (que no queda muy lejos) y cuando se están acercando a la dirección, le tapa los ojos y caminan unos pasos más. En ese momento, retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta el cartel de la entrada. Carlota está confundida. “Está vacío”, piensa. Amelia le da a entender que ese es ¡su lugar!
¡No lo puede creer! Sorprendida, comienza a imaginarse cómo será y espera ansiosa la hora de estrenarlo. Se siente muy agradecida. Amelia se da cuenta al instante que le gusta mucho su regalo y se alegra también.
Lo que Amelia no sabe, es que Carlota también ha estado ahorrando desde hace tiempo para un salón, pero ahora ya lo tiene.
Así empiezan rápidamente con el proyecto; compran muebles, estanterías, percheros, colocan la iluminación, etc.
Poco a poco, el espacio va mejorando, creciendo, y en tan solo unos meses pueden abrir la tienda. Están muy felices. ¡Lo han logrado!
La tienda crece año tras año. Muchas experiencias y aprendizajes se cruzan en sus caminos y todo lo afrontan juntas. (Julieta)


¿Azar o destino?

Hace un alto en la ruta, estaciona en la banquina y baja del auto para estirar su largo cuerpo y desentumecer sus piernas. Ha estado manejando desde la mañana, con solo una breve parada para un almuerzo rápido, y su cuerpo le reclama atención.
Camina unos metros mientras siente las protestas de su cintura; prácticamente no hay tránsito y los escasos autos pasan como bólidos a su lado. Se toma un tiempo para admirar el paisaje cordobés; una multitud de tonos de verde, apenas salpicados por añosos árboles, que asemejan soldados vigilando la inmensidad. El sol, todavía alto, calienta su cuerpo y deslumbra sus ojos. Todavía le falta mucho para llegar a su destino pero él viaja sin apuro.
No lamenta en absoluto lo que dejó atrás. Actuó según sus convicciones, sin importarle las consecuencias. Y vaya que las tuvo. Perdió trabajo y prometida.
Se recibió de abogado con todos los honores, y no tardó en ser requerido por uno de los más importantes estudios de Buenos Aires. Sus clientes eran lo más granado de la sociedad, personajes de la farándula y grandes empresas. Se volvió un rostro conocido en los medios, sin embargo una sensación de hartazgo empezó a ganarlo. Era natural que pusieran todo su esfuerzo para defender a sus clientes, aunque no siempre se jugaba limpio. Usar los intersticios que ofrecían las leyes, muchas veces en desmedro de verdaderos damnificados, no era lo que pensaba cuando era un estudiante idealista que soñaba con hacer prevalecer la justicia.
El punto de inflexión fue el caso de un famoso sanatorio privado en el que se había administrado un medicamento compuesto por penicilina a un paciente, a pesar de que este había informado que era alérgico. Nadie lo había anotado en su historia clínica. El enfermo estuvo al borde de la muerte y quedó con serias secuelas. Las autoridades de la clínica negaban que se hubiera dado la información y todo apuntaba a que ganarían el juicio que los parientes de la víctima les habían iniciado. Pero, por azar o por destino, encontró traspapelada en unos documentos la hoja de la historia clínica donde figuraba claramente que el paciente era alérgico a la penicilina.
Se negó a ocultar evidencias y renunció. Hubo un gran escándalo y él terminó en la lista negra de los grandes estudios. Su nombre pasó a ser mala palabra en el ambiente judicial y muchos le dieron la espalda; entre ellos, su prometida. Se habían conocido cuando él estaba terminando la universidad, ella pertenecía a una prominente familia porteña. Eran una pareja dorada, seguida por los medios; él un prometedor abogado, ella, una hermosa millonaria. La relación se resintió cuando él cayó en desgracia y ella rompió el compromiso al ver que el promisorio futuro que esperaba se disolvía en la nada. Dolido pero no destrozado, quiso cambiar de horizontes y se dedicó a recorrer el país.
Después de dos años, ya se siente preparado para retomar su vida y volver a su profesión.
Ahora está en medio de una ruta cordobesa decidiendo si continúa manejando hasta llegar a la ciudad, o busca un lugar para descansar y pasar la noche. Según el GPS hay un hospedaje a pocos kilómetros. De hecho, puede atisbar en el horizonte una edificación. Retira la mano de sus ojos y calcula con la mirada la distancia hasta el lugar.
El hotel es pequeño, una construcción acogedora, flanqueada por una estación de servicio y un restaurante; uno de los tantos paradores que hay en las rutas argentinas para el viajero cansado. Mas el cansancio desaparece por completo cuando se acerca al mostrador para registrarse.
La joven que le dirige una amplia sonrisa de bienvenida es muy hermosa, de luminosos ojos claros. Traga con dificultad, la voz se le atasca en la garganta y apenas puede responder a su alegre saludo. Es verdad eso que dicen, que el corazón puede pegar saltos. Si es así, el suyo está para los Juegos Olímpicos. Recibe la llave de su mano (que no tiene anillo) como si estuviera en una nube, la sigue hasta la habitación admirando su contorneo vivaz y escuchando su alegre cháchara al describir los beneficios del lugar.
¡Quién lo diría! ¿Por azar o por destino? en ese cálido y acogedor hotel ha encontrado el lugar para echar raíces y rehacer su vida. (Alicia M.)


Esperanza

“¡Hoy puede ser un gran día y mañana también!”, canta Serrat desde el pendrive en el auto. Marcelo grita: ¡NOOO! no puede ser… ¡VA A SER! mientras sus padres y su novia lo aplauden. Él está a punto de ser el dueño de un haz de luz y eso lo hace muy feliz.
Ingresa al hospital. El brazo izquierdo abraza el derecho de su madre. Desde hace veinticinco años que esa es su posición cuando están fuera de casa. El derecho sostiene el bastón blanco, como siempre, como hasta ahora.
El médico está decepcionado. Las cosas no están todo lo bien que deberían. Existe la posibilidad de una nueva intervención, pero hay que esperar por lo menos un par de años más.
Le sacan las vendas y se encienden lentamente las luces; primero un pequeño velador, luego una lámpara de pie. En penumbras, Marcelo retira la mano de sus ojos, recorre con la mirada el local y calcula la distancia hasta su familia. Corre y los abraza tan torpemente que casi los tira al piso. Sólo distingue bultos, luces y sombras. Muy poco para el médico, muchísimo para él.
Es sólo el primer paso, algo les dice que habrá muchos más. (Fabiana)


domingo, 30 de mayo de 2021

Sucedió un 25 de mayo


No tenía que ser

Yo tenía 10 y él 12, pero eran los de antes. Ese día, él tenía puesta una camiseta celeste y blanca de la Academia. Su familia era fanática de Racing.
Nos conocimos en el jardín de infantes “La Mona Glotona”. Resultó ser el hermano mayor de mi nueva compañera. Más tarde descubrí que también éramos vecinos.
—¡Al fin la casona se ha ocupado! —le había escuchado decir a mamá. Que alguien se mudara a la casona de dos pisos le alegraba un montón, ya que las hojas que se juntaban en otoño la volvían loca. Era lo único que le interesaba. Ahora, la flamante dueña se ocuparía de los frondosos árboles del patio.
Y es allí justamente, en el patio, en esos árboles, donde todo sucedió.
La casita del árbol fue una creación de varios de los papás. Estaba equipada con los trastos necesarios e incluso nos habían prestado una conservadora para el verano. Recuerdo haberle robado una pollera larga a la abuela, para armar las cortinas. Algunos se rieron del color amarillo patito, pero festejaron cuando no entraron más los rayos del sol.
Se suponía que nos veríamos todos los chicos del barrio luego de almorzar. Era viernes 25 de mayo y se había suspendido el desfile por mal tiempo.
Espiaba por la ventana de la cocina cuando los vi: Diego y Ana ya habían llegado. Me apresuré a ponerme el tapado y salí. Mis cachetes se enrojecían, y mi corazón salía al galope cada vez que lo miraba o lo tenía cerca. No existía momento más lindo del día que ese, cuando nos encontrábamos. Aquella tarde, Pedro no pudo llevar el juego de la copa. Luego se lo agradecería con creces. Enseguida los varones improvisaron el juego de la botella. Lo conocen, ¿no?
Primer tiro… frenó lejos. Pensé: “¡Buenísimo!”
Segundo tiro… ¡No puede ser! Como una flecha la botella nos indicaba a nosotros dos. Los colores subieron a mi rostro como por arte de magia, el corazón se volvió loco en mi garganta y los orificios de la nariz aleteaban sin parar.
Diego se acercó como una pantera sin quitarme los ojos de encima. ¿Y yo? Tiesa. Intenté recordar qué hacían las mujeres de las novelas que miraba mi mamá todos los días. ¡Lo único que me salió fue cerrar los ojos y abrir la boca mostrando los dientes! Diego, en ese momento se acercó y ¡zas!, se los clave en la nariz.
Ese, señores, fue el intento de mi primer beso. Es el día de hoy, que el 25 de mayo se tiñe de vergüenza al recordar aquel ridículo episodio. (Silvia)


Cita patria

Soy profesora de historia y amante de mi Argentina. Esto sucedió hace muchos años, pero cada 25 de mayo lo recuerdo. No sólo porque él se llamaba Cornelio, como Saavedra, sino porque quiso conquistarme desde el patriotismo. Nos conocimos por las redes sociales; las fotos lo mostraban muy buen mozo y sus charlas eran entretenidas. Cuando decidimos vernos, insistió en pasar a buscarme por casa para salir a cenar. Me comentó que había alquilado un auto especial para la ocasión, pero yo no me detuve en el detalle.
Me preparé mucho para ese encuentro, los dos mostrábamos mucho interés. Me compré un vestido corto, con un lindo escote y breteles finos dorado, zapatos clásicos y abrigo negro; me sentía cómoda y sexy.
A la hora acordada, tocaron insistentemente la bocina. Por la ventana distinguí un Dodge 1500 celeste, de hace 40 años. Me acerqué y lo vi íntegramente vestido con camisa, pantalón y hasta creí ver los zapatos… ¡todo blanco! En vez de buenas noches, me dijo: “¿Qué te parece esta escarapela para el 25 de mayo? ¡No conseguí otro auto celeste!”
Sorprendida y tentada de risa, buscaba en mi cabeza algo para decirle y sólo se me ocurría: RIDICULO. Frente a mi silencio, y al ver mi vestido que asomaba desde mi abrigo desprendido, agregó: “¡Pareces el sol de mi bandera!”
Me dolía la panza de contener la risa. Fingí una descompostura por el locro del mediodía y pospuse la cita para un día no festivo, en la cafetería de la otra cuadra. (Fabiana)


Sabor a locro

El aroma empezaba a sentirlo el 24, cuando Enriqueta me lo regalaba al cocinar la carne, la panceta y el chorizo porque el remedio para que saliera rico y sano era desgrasarlo.
Mi amiga era costurera, pero las manos que hacían maravillas con las telas también realizaban milagros cuando las imponía en la cocina.
El 25 comíamos el locro con gusto a zapallo, con maíz y porotos a punto, con huesitos sabrosos. Los platos hondos gozaban cuando las cucharas los acariciaban pescando una porción de la tradicional comida.
El celeste y blanco en el mantel daba aires de fiesta patria, y a ninguno nos importaba si en 1810 existían los paraguas o si el pueblo quería saber de qué se trataba, porque cuando comemos lo que nos gusta no hay nada más importante.
La recuerdo jugando al tutti fruti con los chicos, convirtiendo retazos de tela en pantalones o polleritas para las nenas del barrio.
La evoco pintando flores en telas, con paciencia y ternura. Sonrío cuando pienso en sus reuniones con amigas.
Los 25 de mayo siguieron existiendo; ella nos dejó. Seguimos comiendo locro, pero ese sabor… ese sabor ¡ya no es el mismo! (Adela)


Inolvidable día

Esa mañana amaneció con sol y temperatura cálida. Hermoso día otoñal.
Betiana, a pesar de su vientre pesado, se levantó temprano para preparar todo. Era un día especial: “25 de mayo “, y, como todos los años, se reuniría a la tarde con sus amigas.
En esta oportunidad, debido a su avanzado embarazo, decidieron que fuera en su casa.
Dudó entre arreglar primero el comedor o empezar con la masa de los tan esperados pastelitos con dulce de membrillo.
Decidió dejar lista la mesa. Buscó el mantel celeste que le habían regalado hace tiempo y nunca había usado, pero hoy, ameritaba lucirlo. Lo acompañaría con servilletas blancas, en honor al día patrio: celeste y blanco serían los colores que distinguirían el lugar de reunión. Mientras lo desplegaba, meditaba sobre el bebé tan ansiado. La ilusionaba la idea de tener una nena, ya que era mamá de dos varones. Con Juan, su esposo, habían decidido que este sería el último hijo. Pudieron haber conocido el sexo del bebé, pero prefirieron que fuera sorpresa. Lo importante era ese nuevo hijo y que todo llegara bien. Sin embargo, si era una nena… A Betiana se le erizaba la piel al pensarlo. ¿Y a Juan? A Juan se le notaba la emoción en los ojos y en todo su ser.
Entre pensamientos y sentimientos amorosos, finalizó con la organización de la mesa: mantel, servilletas y arreglos florales.
Se dirigió a la cocina. Acomodó el delantal en su cintura, que apenas prendía, y empezó con los pasteles. Por supuesto, la masa casera, bien casera, como le había enseñado su abuela Tita.
Preparó los ingredientes. Mezcló, unió y puso a descansar en la heladera.
Aprovechó para sentarse y reponer fuerzas.
Los brazos le dolieron al preparar la mezcla. Las piernas le pesaban cada vez más. Se movía con dificultad. Se sentía muy cansada; ella, que siempre esparcía energía por doquier.
Se sonrió al reconocer que era normal. Ya estaba en fecha de parto. Faltaban apenas unos días. ¿Días u horas? Acarició su vientre con ternura, se preguntó: “¿No se le ocurrirá llegar hoy?” Volvió a sonreír al pensar en esa feliz posibilidad.
Se levantó de la silla. Prendió la hornalla de la cocina y puso a derretir la grasa.
Sacó la masa de la heladera y empezó a estirarla con el palo de amasar de madera, el heredado de su querida abuela.
Los brazos se movían al compás de un arrullo de cuna, mientras su voz lo tarareaba suavemente.
Estiró y estiró con pesado esfuerzo. De pronto, sintió que algo caía al suelo.
—¡Rompí bolsa! —exclamó. Llamó a Juan, que estaba arreglando el jardín, y allí partieron rumbo al sanatorio.
Esa tarde no hubo pastelitos, tampoco encuentro con amigas; pero, en brazos de Betiana, un amor envuelto en caricias y ternuras anunciaba su primer llanto reclamando atención. Juan, a su lado, completaba la escena.
Afuera, el sol del otoño comenzaba a declinar. Adentro de esa habitación, corazones iluminados por la tibieza de esa niña.
En la casa había quedado el delantal sobre una silla. La grasa derretida volvía a unirse en un compacto bloque, y la masa estirada sobre la mesa esperaba ser terminada; no sería en esa ocasión. Ese día, no hubo pastelitos con dulce de membrillo, ni reunión con amigas, sino un encuentro entre mamá, papá y una dulce niña que se llamaría María Celeste, en homenaje a ese 25 de mayo inolvidable. (Alicia G.)


Entrañable señora Bela

Fiesta Patria; para mí, sinónimo de chocolate con leche, quemado. Me es inevitable no enlazar estos dos hechos con mi niñez pueblerina.
La Madre Naturaleza nos regalaba los colores patrios pincelados en el cielo. No recuerdo un 25 de mayo o 9 de julio con mal tiempo. Siempre mucho frío o poca ropa, según la situación familiar.
Fiesta en la escuela: escenario donde se lucían el farolero, las vendedoras de pastelitos, las jóvenes patricias…
Los infaltables bailes folclóricos danzados por niñas vestidas con faldas de colores; los varones con bombachas batarazas, todos con camisas blancas almidonadas y pañuelos celestes. Se escuchaba el pericón –nuestro hermoso baile nacional-, el minué, el carnavalito, la chacarera….
La asistencia de los orgullosos padres y autoridades cívicas –sacando pecho- lucían sus mejores prendas.
Los abanderados se elegían entre los alumnos mejor vestidos para honrar a los símbolos argentinos. Todos contentos, festejando con amor a la Patria.
Luego de tanto despliegue de color, alegría y patriotismo llegaba el momento que menos nos gustaba; pero, a pesar de ello, lo disfrutábamos.
Una mamá voluntariosa, integrante de la asociación cooperadora, donaba y hervía -en una gran olla- el chocolate con leche que, invariablemente, le resultaba quemado; sin embargo, lo tomábamos.
¿Por qué lo bebíamos? Porque era preparado con mucho amor por una mujer rústica, de pueblo, que lo servía con un amoroso sentimiento que, aún los más chicos percibíamos.
La entrañable señora Bela. (Alcira Elena)


Inspiración

Esa mañana del 25 de mayo desperté totalmente inspirada. Decidí pintar un cuadro. Hacía mucho tiempo que no pintaba a causa de la falta de inspiración y voluntad; presentí que ese era el día. Entonces, comencé a preparar las cosas necesarias: el lienzo, la paleta, pinturas, pinceles, etc. Tenía en mente hacer un paisaje muy colorido, con personas, como si fuera un lugar turístico donde gran cantidad de gente concurriera a observar la variedad de naturaleza y plantas de diferentes tamaños, formas y colores. Pero hubo un problema: olvidé que ya se habían acabado casi todos los colores, solo quedaba un poco de amarillo y los envases llenos de celeste y blanco. Me sentí desanimada, mi idea no iba a poder ser llevada a cabo. Sin embargo, no me iba a echar atrás. Improvisé un paisaje de invierno con aves, montañas, hielo y nieve, pero también con un sol resplandeciente que iluminaba la escena. El resultado me pareció ¡espectacular! No podía creer que improvisando, y con solo tres colores, pudiera hacer una ilustración tan bonita. (Julieta)


Olvido

25 de mayo. Aprovechando el feriado, fuimos al parque a disfrutar un picnic al aire libre de esa tarde soleada con un límpido cielo celeste.
Al llegar, con mis dos amigas buscamos un lugar disponible y sobre la mesa de cemento tendí el mantel blanco (aclaro que de plástico, para simplificar el lavado).
Alicia llevó sándwiches de miga; Marta, facturas y yo una torta. Termo, mate, jugo, para los distintos gustos.
Cuando decidimos disfrutar de la merienda, nos dimos cuenta -con estupor- que nos olvidamos los vasos y las bombillas. O sea, ni mate ni jugo.
Miramos alrededor buscando una ayuda salvadora. Caminamos por allí y conseguimos que una señora nos prestara unos vasos descartables.
¡Grande fue la sorpresa al volver! Unos chicos se habían sentado en nuestro lugar. No necesitaron cuchillo para la torta, ni vasos. Sólo migas, un termo, un mate sin usar y dos botellas de jugo vacías. 
Los pillos se fueron corriendo a las risotadas.
Juntamos todo y… ¡a volver a casa! Por lo menos, alguien disfrutó la tarde. (Susana)


El sol del veinticinco...

"La reina del despiste", así me llaman todos: mi familia, mis amigos, los vecinos... en fin. Tengo que reconocer que no están muy desencaminados, mi vida está llena de percances de todo tipo cuyo origen es mi inveterada desorientación. Si no me creen, basta este botón de muestra.
Una mañana desperté sobresaltada, era jueves y había prometido a mi madre que retiraría unos estudios que se había hecho en una clínica de Bahía Blanca. Los jueves eran los días en que los entregaban. Me levanté rápido, tenía que llegar antes del mediodía y ya eran las nueve. Una ducha a las apuradas y un café como desayuno terminaron de despejarme.
Me vestí con lo primero que encontré a mano, un jean celeste y una camisa blanca. Completé mi indumentaria con un bléiser de un celeste un poco más intenso que el pantalón. Cuando me vi en el espejo me di cuenta de que parecía una bandera, pero ya no tenía tiempo para cambiarme.
Saqué mi auto del garaje y partí rauda. Concentrada como estaba en llegar a tiempo a la clínica, no noté el poco tránsito en la ruta; sí fue una agradable sorpresa que el centro de Bahía no estuviera abarrotado de autos como era lo usual.
Recién en el momento en que llegué a mi destino, me di cuenta de que algo no estaba bien. El lugar estaba cerrado y todavía faltaba como media hora para las once. Mientras volvía a mi auto, pensando qué podría haber pasado, vi que los negocios también estaban cerrados y varios balcones con banderas colgando. Un grupo de chicos con guardapolvo y escarapelas pasó a mi lado, la mujer que los acompañaba llevaba una enseña con su mástil. En ese momento recordé que ese jueves era 25 de mayo. Bueno, por lo menos, estaba vestida de patria.
Como verán, el apodo familiar es más que acertado. (Alicia M.)



domingo, 23 de mayo de 2021

Frase inicial... y un plus


Desencanto

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron a su compañera de estudios. Habían compartido cinco años mientras cursaban en la universidad. Era aplicada y le gustaba cocinar. Se habían dividido las tareas: una, cocinaba; otra, limpiaba. La armonía iluminaba el ambiente común.
Salían y volvían juntas. En los ratos libres, algún café o un espectáculo las entretenía.
La carrera elegida las había unido. Se conocieron por un amigo en común, cuando buscaban departamento. La amistad duró hasta que un hombre se les cruzó en el camino.
El tener los mismos gustos de los amigos, esta vez no fue positivo. Enamorarse de la misma persona no es beneficioso para mantener una amistad… y si el enamorado especula, lo romántico se transforma en trágico.
Ninguna cedió, él no las ayudó. La historia fraterna entre las jóvenes, la que les dio felicidad y complicidad, se volvió opaca.
Cuando los hombres de la mudanza sacaron el último mueble del departamento, ella colocó la llave en la cerradura y apagó la luz. (Adela)


¿Cuánto más?

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron que estaba sola. Esa mañana se había dormido y el resto del grupo se encontraba ya en las colinas. A diario, como soldaditos de teflón, partían en fila india en busca de alimento para acopiar.
Tenía que idear alguna estrategia. El mandato de la colonia era trabajar, trabajar, trabajar, pero reconocía que en sus fibras más profundas la holgazanería le ganaba. Algo distrajo su atención. Se detuvo un segundo y quedó sorprendida. ¡Desde allí podía ver el mundo! A lo lejos, la silueta de la Torre Eiffel parecía enana.
Primero intentó montar la punta de la tostada, medio quemada, sobre su pequeña espalda. Pero la mantequilla pomada, a causa de los 32° a la sombra de las 11 de la mañana, hizo que resbalara. Con dificultad se limpió y continuó intentando la complicada faena. Al cabo de un rato, sus patas se acalambraron y su cuerpo se entumeció por la fuerza que demandó la tarea. En la mesa contigua, una taza de café con leche sobrante era levantada por el mozo.
De repente, se escuchó: — ¡Cuidado, Lucca! 
Un monopatín a la deriva golpeó la mesa de hierro y ella voló por el aire sin destino certero. Terminó dentro del café aún tibio. Todo sucedió muy rápido; enseguida se encontró en un piletón de lata lleno de trastos sucios. Un cabo de apio flotaba a su lado e intentó sujetarse de él. Pero el agua arremolinada la succionó y terminó en una tubería fría y mohosa, avanzando a la velocidad de la luz. Al fin la locura se detuvo y se descubrió en un mar de aceite, o eso parecía. Daba bocanadas de aire para reponerse del susto y dejar de temblar.
—¿Y ahora?, ¿dónde estoy? —se preguntó totalmente desconcertada. Por más que miraba y miraba no reconocía el lugar. Como pudo, con sus diminutas patitas negras, logró ascender por la pared de piedra del túnel oscuro donde había terminado. Arriba, la última frontera: una tapa de hierro fundido con agujeritos.
—¡Al fin! —gritó cuando su cuerpo recibió los cálidos rayos del sol de la siesta parisina. Rodó como una gran acróbata hasta el cantero de la vereda de enfrente, esquivando autos y transeúntes. Los lirios, jacintos, begonias y prímulas inundaban el aire con sus aromas, recordándole que estaba viva.
Una perla colorada la hipnotizó y sus antenas del tamaño de un cabello la percibieron. Se sintió atraída y comprendió que era su destino. Un caramelo gomita cubierto por cristales de azúcar sería su aporte. Fácil fue la empresa de colocar la golosina sobre el lomo y empezar a caminar buscando a sus amigas. Su cuerpo liberó feromonas para comunicarse con ellas. ¡Había sido un día de locos! El alboroto se escuchó cerca. Pronto las vio y se sumó, sin perder tiempo, al ejército de hormigas que marchaban alegremente bajo el sol. (Silvia)


Raíces

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron que faltaban pocas horas para el esperado encuentro. ¿Esperado? Para ella, sí ¡sin duda! Y para su invitada, ¿también lo era?
El mes próximo se cumplirán veinte años de búsqueda. El día que cumplió quince, decidió que su propio regalo sería encontrar a su madre biológica y lo logró.
Muchas dudas, intrigas… no sabía si tenía cosas para reprocharle. ¿Y su papá?, ¿podría llegar a él a través de ella? Había mucho por saber y su cabeza y su corazón parecían estallar.
Faltaban tres horas para las diecisiete. Calentó agua para un té. Ese sería su almuerzo. Así tendría más tiempo para prepararse. Estaba decidido, su primera pregunta sería: ¿por qué? (Fabiana)


¡Vaya recuerdo!

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron un día especial durante el viaje a España con su amiga Juliana.
Una sonrisa esbozó Mary al rememorar ese momento: Paseaban por Granada. Después de recorrer la costa tropical, donde la fresca brisa del mar suavizaba las altas temperaturas de ese verano, y visitar las ruinas de un castillo árabe, comenzaron a sentir deseos de comer algunas especialidades del lugar. Y casi al unísono gritaron: “¡Nos vamos de tapas!”
Las opciones que veían anunciadas en los distintos bodegones eran tentadoras: carteles donde brillaban en letras gigantes nombres de bocados con calamares, ostras, langostinos, tortillas, gambas al ajillo, baguettes con jamón ibérico de bellota. Comían con los ojos y no decidían.
En un momento, Juliana dijo:
—Entramos en este, Mary. No recorramos más.
—Dale, Juli.
“EL BURLADERO DE MANOLO” anunciaba el cartel en letras coloridas que titilaban, y una mano invitaba a entrar.
Les causó gracia el nombre y se preguntaban cómo sería Manolo.
Riendo, y con ganas de devorar sabrosos bocados, pidieron para comenzar una baguette con queso manchego de oveja y truchas negras, jamón serrano y, coronando ese delicioso pan, un huevo estrellado.
El mozo, atento. El pedido llegó rápido.
El problema se presentó cuando quisieron cortar la baguette: ¡IMPOSIBLE! El huevo saltó al piso haciendo honor a su título de “huevo estrellado”. El jamón estiró sus fibras y el queso se desparramó, con trufas incluidas, sobre el mantel.
A todo esto, el pan seguía tieso, rígido, inflexible, sin mover miga alguna.
Enojadas, pidieron explicación.
El mozo, algo ruborizado, terminó confesando que el pan había quedado del desayuno del día anterior. Inconvenientes con el panadero... y otras excusas. Terminó su explicación con una frase contundente: “Pues, niñas, no está pa’desperdiciá las harinas, con el precio que tienen, ¡que va!”
Ofreció traer un gazpacho para mojar allí la baguette y ablandarla.
Furiosas, Juliana y Mary volvieron a gritar juntas: ¿GAS- PA- CHO? ¿Sopa de tomates fría y con ajo? NOS ESTÁN CACHANDO.
El mozo no entendió que significaba esa palabra y sonrió. Pensaba que el grito y la euforia eran de alegría ante tan brillante idea.
—Ahora entiendo por qué se llama EL BURLADERO; eso hacen, se burlan de los turistas.
—Sí, tal cual. Yo quisiera que ese tal Manolo diera la cara.
El mozo, atendiendo el pedido, corrió a buscarlo para complacerlas.
Juliana y Mary se incorporaron muy enojadas y con sus barrigas chirriando, no precisamente de emoción, se dirigieron a la salida. Antes de retirarse del lugar, giraron su cabeza; un llamado del supuesto Manolo las invitaba a acercarse.
Ellas, nuevamente unidas en pensamiento y acción, mostraron el pulgar hacia abajo y lo despidieron con un fuerte “¡OLÉ!”. (Alicia G.)


Tiranía familiar

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron su lejana mesa familiar cargada de migas. La familia era tan grande que siempre alguien dejaba de merendar o estaba por hacerlo.
Mesa de madera, larga, antigua, de campo. Siempre ocupada por la numerosa prole: hijos, tíos, primos, hermanos. Un lugar habitual y bullicioso para discutir diversos temas que concernían a unos o a otros. Quién había perdido su trabajo; qué haría a continuación; otro que compró o vendió un bien; voces, gritos que se mezclaban con la compostura de los más chicos que sabían que era el momento de los adultos. Los niños callaban y escuchaban. De tan silenciosos que estaban nadie advertía sus presencias. Así se enteraban de los secretos familiares, a veces no muy agradables; de los “misterios” - para ellos- de la vida y de la muerte.
Una mujer era la voz dominante, la que daba las órdenes que nadie discutía.
Autoritaria, inquieta, caprichosa, independiente. Apegada a pocas personas. La mayoría no contaba con su simpatía, mucho menos con su amor. Le permitían –por temor- que fuera la dueña de sus vidas y resoluciones.
Nadie tomaba una iniciativa sin contar con su aprobación. Tal poder perjudicó a varios de ellos.
Obligó a su hija mayor a abandonar a su enamorado, condenándola a la soltería. Se decía en el pueblo, que había llegado a asesinar a una de las muchachas por desobedecerla. Otra fue forzada a vivir en la calle por involucrarse con un hombre que, de acuerdo a lo impuesto, no le convenía.
Esta mujer era la ley en su pequeño reino. Vivió bajo sus propias normas. Una aventurera adelantada a la época que nadie pudo doblegar.
Los hombres llegaban a su vida, dejaban hijos y seguían su rumbo. Ella se quedaba criando hijos propios y ajenos.
Hubo gente que la amó más de lo que merecía; otros, no tanto. A todos les cambió la vida, para bien o para mal, con sus determinaciones desmesuradas y antojadizas.
Dejó huellas indelebles en la existencia del gran núcleo familiar. Sobretodo en la de su nieto mayor, que observaba las migajas sobre la mesa.
Las quejas y críticas aparecieron cuando ella dejó este mundo, cuando los temores se disiparon. 
Todavía la recuerdan con contenida ira. (Alcira Elena)


Vida descarriada

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron la última vez que estuvieron juntos. Eufóricos y triunfantes, después de una noche de sexo exultante, compartieron café con tostadas y su mermelada de frambuesas favorita. El golpe había resultado tal y como lo habían planeado. El botín descansaba debajo de la cama. Solo tenían que esperar un tiempo prudencial para disfrutarlo.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Una semana apenas? Ahora estaba sola, huyendo por su vida. Se ubicó en una mesa junto a la ventana. Las gotas de lluvia se deslizaban por el vidrio dejando líquidos surcos que se cruzaban y entrecruzaban. "Como la vida", pensó.
Tres años atrás era una estudiante universitaria corriendo apurada porque llegaba tarde a su clase; al doblar una esquina se dio de bruces contra un joven, quien la sostuvo antes de que cayera sentada. Sus papeles volaron llevados por una fuerte brisa. Él, galante, la ayudó. La chispa surgió de inmediato. Olvidada de su clase, aceptó la invitación a un café.
Repasó el tiempo que estuvieron juntos. Él era ambicioso, siempre tras el negocio fácil. Vivía en un submundo que ella jamás había imaginado que existiera. Y, poco a poco, fue sumergiéndose en él hasta dejar de lado por completo su vida anterior.
No dudó cuando él le contó su plan. Tenía dos cómplices con los que asaltaría un búnker narco en una villa del Conurbano. Les había llegado la noticia de que una gran cantidad de dinero, producto de la droga, estaba escondida ahí y que pronto la trasladarían. El atraco salió perfecto. Antes de separarse se repartieron el botín, con el acuerdo de esperar a que todo se calmara para gastarlo.
Planeaban viajar a Córdoba, recorrerían las sierras, ¿quién sospecharía de una pareja de mochileros? Pero algo salió mal. Uno de los cómplices se fue de boca. Alardeó frente a quien no debía y tuvieron que huir inmediatamente. Decidieron viajar por separado, se reunirían en ese hotel, camino a las sierras. Ella llevaría el dinero; despertaría menos sospechas.
Controló la hora, él ya llevaba mucho retraso. Decidió pedir un sándwich, solo por hacer tiempo. A duras penas pudo comer la mitad; los nervios le anudaban el estómago. En eso sonó el celular, cuando leyó el texto, palideció.
No perdió el tiempo, fue a buscar su equipaje y se dirigió hacia la terminal de ómnibus. Sacaría un pasaje a donde fuera, esa sería su vida desde ahora: correr. Las palabras del mensaje repercutían en su cerebro: "Estoy acorralado. Huye. Te amo". (Alicia M.)


Recuerdo ahumado

Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las tostadas que habían servido para otro desayuno le recordaron aquella mañana fría y escalofriante: 
Eran las diez de la mañana, estaba en su departamento lavando los platos de la cena, cuando comenzó a sentir un intenso aroma a tostadas. De repente, oyó un fuerte estruendo. Se sorprendió, pero lo dejó pasar. Al instante, el aroma se transformó en un horrible olor a quemado que invadió la habitación. Como no provenía de su departamento, no se preocupó; sin embargo, el aroma se volvía cada vez más fuerte. Pensó en la posibilidad de que se esté incendiando el edificio. Tenía una sensación de malas vibras. Por eso, abrió la puerta de entrada y se encontró en aquel pasillo con la puerta del departamento de enfrente entreabierta. La tocó y preguntó si había alguien. Pero nadie respondió. Se animó a entrar y se encontró con lo peor: su vecino, un médico de más o menos 50 años a quien apreciaba mucho, tirado en el suelo. Ella sabía que tenía dos hijos ya mayores de edad y que era viudo. Observó que una bala había atravesado su pecho. Dentro de la habitación, la gran cantidad de humo le recordó el olor a quemado que la había llevado hasta allí. Se dirigió a la cocina y ahí estaban las tostadas al fuego. Lo apagó de inmediato. Llamó a la policía. Mientras esperaba que llegaran, encontró una carta sobre la mesa. Decidió leerla: “¡Por favor, ayúdenme! Hice cosas malas en el pasado y ahora me están buscando por eso. ¡Tengo que salir del país o me asesinarán! Ellos son muy poderosos”.
No decía más, no tenía destinatario y se notaba que estaba escrita rápidamente. Se guardó la carta; no sabía por qué, pero lo hizo.
El caso nunca fue resuelto. Cada mañana, las tostadas le recordaban ese día. (Julieta)




sábado, 22 de mayo de 2021

Reconocimiento a "Testigo casual"

En la tarde del 21 de mayo, bajo estricto protocolo por la pandemia, se hizo entrega del Decreto por el cual el libro TESTIGO CASUAL es declarado de Interés Legislativo por el Honorable Concejo Deliberante de Coronel Rosales.



Integrantes del Taller Literario Punto Seguido asistieron al acto para recibir la distinción de manos de quienes impulsaron el proyecto.


Un reconocimiento que, sin dudas, reconforta e invita a continuar por el camino que comenzamos a transitar hace más de 12 años.


¡Muchas gracias!







domingo, 16 de mayo de 2021

¡Qué dilema!

Después de haber leído ¿La dama o el tigre?, de Frank R. Stockton, imaginamos varios posibles finales.



Alicia M. 👇

La bárbara y ardiente princesa no podía concebir que su voluntad se viera doblegada. Sin importar la puerta elegida, sería la mayor perdedora. Quería a su amante con ella, vivo y feliz en sus brazos, no en los de otra. Y menos que esa otra lograra, con el tiempo, adueñarse de lo que era suyo. Antes que permitirlo, el tigre se saciaría con su presa. Ella misma, feroz, haría el trabajo de la bestia.
El odio hacia esa joven inocente y ruborosa que esperaba tras la puerta, la envolvió en un paroxismo de rabia. ¿Por qué no era ella quien aguardaba, lista para arrojarse a los brazos de su amor? ¿Por qué no podía ella ser quien recitara los votos matrimoniales en medio de las campanadas y el clamor? Era hija de su padre, su voluntad era tan poderosa como la suya y ¿debía contentarse con ser una mera espectadora?
La puerta de la derecha se abrió, la multitud expectante fijó su mirada en el hueco oscuro. Suspiros (algunos gozosos, otros decepcionados) llenaron el anfiteatro. La figura de una hermosa joven atravesó el umbral. Erguida, su paso gatuno y seguro emanaba tal autoridad que la multitud permaneció en respetuoso silencio mientras se acercaba al joven quien, fascinado, cayó de rodillas. En ese momento sonaron las campanas y el público estalló en vítores de celebración.
Ella elevó sus ojos hacia el palco real. El soberano ya se retiraba, seguido por una princesa, ruborosa, con paso tembloroso, vacilante.



Alcira Elena 👇

Los asistentes al evento se mantenían expectantes, algunos deleitando de antemano un desenlace sangriento. Otros, más sentimentales, deseosos de ver una boda que contará con el beneplácito del soberano. Unos pocos rogaban por el improbable casamiento de la joven infanta y el hermoso vasallo.
Desde el palco real, la princesa le señaló a su amor –con evidente disimulo- hacia la derecha.
Hasta allí se dirigió el muchacho confiando en la señal de su amada. Corrió el cerrojo, abrió con cautela. Salió el tigre que, con pereza, dio unos pasos. Contempló al gentío con indiferencia y se echó al sol a dormir una siesta reparadora.
La princesa alborozada festejó desde su asiento real. El campesino había cumplido a la perfección su orden: regalarle a la fiera la más gorda y apetitosa de sus vacas.
“Será recompensado”, pensó para sí la joven.



Alicia G. 👇

Ella conocía el secreto de las puertas. Logró que el encargado de preparar al tigre se lo dijera. Estaba en sus manos salvar al hombre que amaba. ¿Pero lo salvaría o lo entregaría en brazos de esa mujer hermosa que ella tanto odiaba?
¿Era preferible verlo destruido y devorado por la fiera, como destruido y devorado por los celos estaba su corazón?
Estas reflexiones daban vueltas en su cabeza y decidió que ninguna de las dos opciones la convencían.
Y así como logró saber en qué puerta esconderían al feroz animal, también pudo convencer a la persona que lo ubicaría en su lugar para que le inyectara una anestesia. Calcularon el tiempo justo para que hiciera el efecto deseado al abrirse la puerta.
Cuando llegó el tan ansiado instante, la princesa hizo el gesto adecuado para que el hombre al que amaba abriera la puerta indicada.
El joven miró a su amada. Vio la indicación en su mano extendida hacia la puerta derecha, pero en sus ojos creyó descubrir una mirada de venganza y celos inoportunos. Desconfiaba, desconfiaba… y abrió la puerta contraria a la indicada.
La dama salió majestuosa, hermosa, sonriente y en un abrazo intenso, le susurró al oído: “La suerte está de mi lado”.
Mientras, allá, sentada al lado de su padre, la princesa cayó desvanecida al suelo.



Fabiana 👇

La puerta izquierda se abrió y, tras ella, la hermosa doncella dejó ver su brillante sonrisa. A metros de ahí, la princesa con su cabeza gacha, tapándose los ojos y los oídos con las manos, esperaba oír los gritos desesperados de su amado entre los rugidos.
Pocos minutos después, hermosas melodías, risas y aplausos la confundieron. Abrió lentamente los ojos mientras su conciencia le mostraba un casamiento. Su mente no creía lo que sus ojos veían, hasta que observó la puerta izquierda abierta. ¿Cómo podía ser? ¡Ella le había indicado la derecha! ¡Tenía que salir el tigre! El sufrimiento de ella por no tenerlo iba durar toda una vida, ¡el de él sólo un rato!
Con el rostro empapado de lágrimas salió del anfiteatro y corrió varios kilómetros. Cuando el cansancio la obligó a detenerse, se sentó debajo de la sombra de un árbol y quiso ordenar sus ideas: su gran amor había cometido el error de abrir la puerta equivocada. ¡Y que error! ¡Un error que cambiaba el destino de los dos para siempre! Él, que la amaba y la conocía tanto ¡no había entendido la seña!
Un instante, un suspiro y la certeza de que no había tal error. Sabiéndola tan parecida a su padre, tan autoritaria y fantástica, él intuyó que ella lo preferiría muerto y no casado con otra mujer.



Julieta 👇

Salió la dama. El hombre comenzó a llorar; hubiera preferido morir antes que desposar a otra mujer que no fuera la princesa. 
La hija del rey, también llorando, se fue corriendo para no ver la ceremonia. Fue muy difícil la decisión para ella, pero finalmente supo que no hubiera podido superar su muerte, ni tampoco la culpa que hubiera sentido. Priorizó que su amado viviera y que intentara ser feliz con otra persona, y no con ella.



Adela 👇

La espera llegaba a su fin. El pueblo ansioso se preparaba para el horror o la alegría.
El ritual no le agradaba, pero ser súbdito de un rey semibárbaro no lo dejaba elegir sus distracciones.
Al griterío de los que se ubicaban para ver el espectáculo siguió un profundo silencio. Los ojos pendulaban de la puerta izquierda a la derecha, de la derecha a la izquierda.
Un crujido y un rugido anticiparon el final. La puerta siniestra se abrió y un enfurecido tigre salió con los ojos inyectados de sangre, con la rabia provocada por días de hambre, con la impotencia de no entender por qué los humanos eran tan sanguinarios.
El enamorado no tuvo tiempo de reaccionar, no alcanzó a pensar en la traición de su amada. Un zarpazo y la arena se tiñó de rojo. El silencio volvió al escenario.



Susana 👇

El público miraba la escena con un morboso silencio.
¿Quién podría adivinar el deseo individual de cada uno de ellos?
Cuando el joven apareció en el ruedo, una exclamación surcó el aire.
Al darse vuelta y mirar a la princesa buscando una señal salvadora, ella sintió palpitar su corazón con todas sus fuerzas. Ese joven despertaba en su ser las más ardientes sensaciones mezcladas, la pasión contenida, el deseo latente. A la vez, una ternura hacia su fragilidad por tan improbable destino.
Con su mano, la princesa hizo un leve movimiento hacia la derecha y cerró sus ojos.
Él avanzó decidido y confiado, y de un brusco empujón la abrió. Todas las miradas estaban depositadas en esa puerta derecha.
Al cabo de un momento de suspenso e incertidumbre, de las sombras de su interior avanzó suavemente una etérea figura femenina engalanada con un fino atuendo de gasas y joyas brillantes. Una corona de flores multicolores adornaba sus cabellos dorados. A su paso, un delicioso aroma quedaba flotando.
Allá, sentada al lado de su padre soberano, la princesa observaba con la vista nublada por las lágrimas que corrían por su bello rostro. Su corazón palpitaba debatiéndose entre el dolor de perder a su amado y la paz que le daba saber que el amor vencía al egoísmo.
“Cuántas veces la vida nos pone entre dos alternativas. A veces se pierde, otras se gana”, pensó.
En este caso, alguien ganó… y alguien perdió.



Silvia 👇

En una milésima de segundos la puerta se abrió de par en par y el auditorio se impregnó de silencio mortuorio. Pero fue solo un momento. Dos perlas color miel brillaron en la semioscuridad de la habitación, y el gentío comenzó a balbucear y a gritar con terror. La bestia, con su magnificencia, avanzó lentamente sin quitarle la mirada al joven apuesto. Es de no creer tal belleza, aquel pelaje lustroso hacía al animal salido de un cuento. Las rayas negras que envolvían su cuerpo dorado se acentuaban bajo los rayos de sol. La tensión se palpitaba en el anfiteatro. El joven y el tigre se enfrentaron como gladiadores comiéndose con las miradas. El rey no podía entender por qué aún no había sangre y colgajos por todas partes. En el centro de la arena, ambas figuras se desvanecían detrás de un haz de luz intenso; los colores del tigre se descomponían y abrazaban al joven de melena dorada y se hacían uno. Un estruendo hizo temblar la tierra. Nuevamente, el silencio se apoderó del lugar. ¡El muchacho había desaparecido!, y era el tigre quien ahora llevaba puesto el collar de ónix que la princesa le había regalado a su amado.
Como era de esperarse, con ese carácter autoritario y su espíritu apasionado -digna hija de su padre, el rey semibárbaro-, jamás permitiría no poseer a la criatura más bella de aquel lugar lejano. 
La noche anterior, bajo la luna nueva, en un paraje alejado, había sucumbido a la hechicera del reino por amor. Jamás sería madre, pero por la eternidad tendría a su amado a su lado, acompañándola cual fiel cuidador.
Y… ¿entonces? El rey, que era un hombre de fantasía exuberante, no pudo decir nada. No le quedó más que sonreír mientras observaba con amor semibárbaro, cómo su hija adorada se alejaba con su amado.